2 de enero de 2016

Ensalada de palabras

El informe médico no podía ser más claro, el paciente presentaba un caso claro de ensalada de palabras. Prueba de ello eran las innumerables frases incoherentes que el paciente había expresado durante todas las pruebas que el doctor le había practicado. De hecho, algunas incoherencias habían sido tan graciosas, que el doctor había tenido que poner constantemente una cara seria, cuando en su interior se estaba riendo a carcajadas.

Cuando Arturo, el paciente, abandonó la consulta del médico para irse al trabajo, a pesar de las reticencias del doctor, lo hizo pensando en un juicio que tenía esa mañana, y al que llegaba con el tiempo justo. Se trataba de un caso en el que se había producido un robo en plena calle a punta de pistola, y donde una testigo había visto todo mientras paseaba a su perro. Arturo había dedicado toda la tarde anterior a memorizar lo que tenía que decir para demostrar la culpabilidad del acusado, y se sentía bien preparado para ayudar a su cliente, un anciano que había sido la víctima del robo.

Sin embargo, y aunque antes de entrar a la sala repasó mentalmente su programa de actuación, se olvidó de algo, de un detalle insignificante dentro del mundo de las ironías: su ensalada de palabras. Arturo había estado tan agobiado por llegar a tiempo al juzgado que, olvidando por completo lo que le ocurría, se había puesto la toga para entrar a la sala una vez que le llamaron.

Por eso, cuando en mitad del juicio Arturo empezó a hablar de la necesidad de ayudar a que el sector del pan y las comunidades de perros y gatos, empezaran a ir a una academia de tenis y elaboraran planes de flautas y tomates, se sorprendió de ver al resto de personas en la sala riendo a carcajadas. El mismo efecto se produjo cuando interrogó a la única testigo para el juicio. Durante el interrogatorio, Arturo llamó a la testigo la señorita lavanda, y le preguntó si no era menos cierto que el día de autos, ella había paseado a su tomatera por la calle, y había visto cómo un pato armado con una pértiga de salchichón había atracado a un anciano. Arturo se sorprendió al ver que hasta el propio acusado del robo, que estaba en la sala, se tapaba la boca para no dejar escapar sus carcajadas. Incluso el anciano al que habían atracado, que también estaba allí, tenía un amago de sonrisa.

Antes de que llegara el turno de las conclusiones, Arturo al fin comprendió por qué todo el mundo estaba tan sonriente, incluidas las partes enfrentadas: su ensalada de palabras. Sin embargo, tenía que concluir su labor en aquel juicio, ya que era la parte final antes de terminar y que quedara visto para sentencia. Haciendo de tripas corazón, y con mucho esfuerzo, Arturo concluyó que el acusado había amarrado la guirnalda del anciano, y que la señorita lavanda lo había visto todo mientras paseaba a su tomatera. 

Cuando el juicio terminó, Arturo le pidió disculpas a su cliente, y deseó que aquel día se lo tragara la tierra.