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20 de febrero de 2017

Duelo de borrachos, una gran resaca y mucho que averiguar

Nota introductoria: Aunque el microrrelato inicial de este texto ya fue publicado en este blog junto a otro (que nada más y nada menos contaba los orígenes de Windor), formó parte de una colaboración literaria que hice con otra bloguera, cuyo pseudónimo era "Madame Santal". 

El objetivo, a medio camino entre la colaboración, el experimento y el juego, era enviarle una consulta a esta bloguera, y ella respondería las preguntas que se le hicieran. Y aquí os comparto el resultado de las dos consultas que le hizo el protagonista del microrrelato.


Duelo de borrachos

Estaba siendo una noche memorable en la “Taberna resacosa”. No era para menos, se estaba desarrollando un épico duelo de borrachos en la mesa central. Y el público, para no ser menos, y al tiempo que iba haciendo sus apuestas, bebía jarras de cerveza con tal rapidez, que el tabernero no tenía ni tiempo de paladear las considerables ganancias, porque no dejaba de bajar y subir de la bodega con barriles del preciado líquido.

El público era de lo más variado que se pudiera imaginar: trolls, duendes, enanos, brujas, gólems, campesinos, caballeros, árboles parlantes… Incluso había lechuzas posadas en el techo, y que bebían licor de lagarto usando enormes pajitas. 

Aunque lo mejor eran los borrachos competidores de aquella noche. Se trataba de un mago con un sombrero cuya punta estaba tan doblada como su portador, y de un dragón que daba furiosos lametones a su cuenco. El mago no atinaba ya con su copa, ni siquiera usando su varita como pajita, pues no dejaba de ser un elemento para otros usos. Ganó el dragón, pero la reputación de la taberna seguiría intacta, nadie de los presentes escapó de una bien merecida resaca. Ni siquiera el dragón.


Inicio de la correspondencia

Carta de “Un mago resacoso”

A la atención de Madame Santal del Rayo Dorado,

Me llamo…bueno no, mejor ocultaré mi identidad por temor a que se rían de mi por recurrir a este…servicio. Soy un mago, y le pido discreción. Se preguntará por qué una persona que se gana la vida viviendo de la magia, recurre a preguntar sus inquietudes por este método, en lugar de aprovechar sus poderes para ello. La verdad es que…bueno, los magos tenemos…cierta tendencia al alcoholismo, es decir, no bebemos cada día alcohol, sino ocasionalmente, pero… ¡qué ocasiones!

¿Qué tienen que ver aquí mis hábitos del bebercio? Pues mucho, anoche estuve batiéndome en duelo de alcohol con un dragón. Y la verdad, hoy tengo una resaca considerable. Ya contaba con amanecer así, pues la taberna donde bebí tiene una intachable reputación de generar resacas a todo cliente. Pero hoy al despertar he echado en falta dos cosas importantes, y sin las cuales no puedo volver a la universidad a dar clase…así que… ¿dónde están mi varita y mi sombrero? Volví a la taberna pero allí no estaban, y temo que se las llevara otra persona, planta, pájaro o criatura allí presente. 

Un saludo de parte de…un mago sin nombre.


Respuesta para Mago Resacoso

Mi atentísimo Mago Resacoso, colega en estas artes atávicas, le recibo entre oleadas de incienso y esencias de salvia divinorum, ya que además de beneficioso produce un alivio a la hora del "despertar la mona" y ayudarla a que siga su viaje astral en otra dimensión más liviana de llevar a cuestas. Prometo serle una tumba donde enterrar sus cuitas y donde nadie sabrá de su consulta, aunque se trate de magos o hechiceros cotillas ¡no se preocupe!  

Ya adiviné sin tirar las cartas, ni mirar en mi bola de cristal, que usted suele echarse al gaznate unos buenos litros de alcohol. Se ha ganado con creces el honorífico título de saber empinar bien el codo, de modo que como verá ¡lo sé todo de usted! Supe también de su duelo con el dragón Bebercio, que le ha dejado más seco que el mar Muerto y más perdido que un langostino en el desierto.

Después de una tirada de cartas, me han salido el Hierofante y la Torre como lugares donde buscar dichos objetos: varita y sombrero. El Hierofante está representando al alcalde de su ciudad encantada, que anda mal de la vista y se ha confundido de objeto, creyendo que su varita es el bastón de mando, de modo que hágaselo saber con mucha diplomacia, ya conoce su mal genio.

Y la Torre, no es ni más ni menos que su propia casa, mire debajo de la cama porque su mujer es muy bromista y le gusta darle sustos de vez en cuando para que se acuerde de ella. 

¡Saludos bendecidos y mucha suerte!


Nueva carta de “Un mago resacoso”

A la atención de Madame Santal del Rayo Dorado,

Hola de nuevo. Tras seguir sus consejos para encontrar mi varita y mi sombrero, he de darle las gracias, ya que he encontrado ambas cosas. Claro que…la empresa no fue fácil.

Quizás lo más sencillo lo supuso el hecho de recuperar la varita, que ciertamente tenía el alcalde de mi ciudad. Le comenté de forma discreta que se había llevado por error mi herramienta mágica, y él admitió que así era, pero también dijo que si quería recuperarla no iba a ser gratis. Así que…como bien adivinaba usted, andaba mal de la vista, pero en cuanto saqué unas monedas de mi túnica, de sus labios caía abundante saliva, y pronto me arrebató las monedas para darme luego la varita. Ya se sabe que los políticos del mundo mágico son como en otras dimensiones, les encantan las ofrendas dinerarias.

Y sobre el sombrero…verá, usted dijo que me lo había escondido mi mujer, pero no estoy casado…Así que fui a ver a la mujer del decano de la universidad, con la que me acuesto de vez en cuando…y efectivamente, había escondido mi sombrero porque fui a verla tras salir de la taberna, y no le gustó el zarrapastroso aspecto que yo tenía, ni le dio ningún placer el poco sexo que fui capaz de darle en tan nefastas condiciones. Ya se lo dije, quien entra en la “Taberna Resacosa”, ya sabe de antemano cómo de mal acabará la velada.

Mi pregunta ahora es… ¿por qué he encontrado hoy en mi túnica unas bragas que no eran de la mujer del decano? ¿Es de alguna mujer de la taberna?

Gracias por todo, el mago resacoso y corneador.


Respuesta para Mago Resacoso

Mi estimado colega en tantas artes esotéricas y poderes extraordinarios, un placer recibirle nuevamente después de este periplo temporal donde le perdí un poco la pista. 

¡Por supuesto, los políticos del mundo mágico están cortados por el mismo patrón que los del resto interdimensional! Según los suelo ver en mi bola de cristal se mueven como cucarachas en pos de los usureros que manejan el tinglado comiéndose el mejor bocado y bailándoles el cha-cha-chá por delante y por detrás. ¡Bochornoso, amigo mío, estos cucaracheros! La próxima vez, hágame caso y ate con un hilo invisible sus ofrendas crematísticas, luego cuando el bribón de turno agache el lomo para "picar el anzuelo"... tire, tire, tírele de las orejas también, no sea que se guarde allí las sobras, porque un día de estos terminarán cagando billetes "de bin laden" (ya sabe, esos que dicen que existen, pero no se sabe dónde están).

Si, ya veo que le gustan las mujeres, le gusta el vino y si tiene que olvidarlas, bebe más vino.... Porque ama la vida y ama el amor, como un rufián, como un señor bohemio y soñador... que diría mi querido Julito de las Iglesias sin campanario ni monaguillos.

Menuda marcha que lleva de alterne y ligoteo, desde que entró en la taberna aquella noche del duelo. Está alcanzando cuotas insospechadas de criaturas enamoradas que se entregan sin ton ni son... En fin, que están loquitas perdidas y ¡claro ahora me pone en un aprieto, porque algunas de esas jovencitas son también mis clientas y me piden discreción! Más si me vuelvo imparcial, perdería personal y no es mi caso, de modo que voy a dar un paso y que me asista la suerte.

Según me indica mi lectura de runas, debe mantener los pies sobre la tierra y alejarse de cualquier pelandusca que se le acerque. ¡Ojo con esa chica de la taberna que no le pierde de vista! porque cuando le pilla de borrachera se le enreda la tal camarera, olvidándose de las bragas entre tanto revolcón.

Este es el mejor momento para dar el paso a cualquier proyecto de futuro, asi que olvídese de esa taberna tan cutre y asista a las fiestas de las chicas de universidad, donde encontrará variedad sofisticada, culta y enamorada para descubrir quien será la afortunada.

¡Saludos bendecidos y mucha suerte!

27 de abril de 2016

Proyecto Fobia: Capítulo 6

Para poneros en situación antes de comenzar la lectura del texto, os recuerdo que la narración de esta historia, se hace entre el pasado y el presente del doctor August Remprelt. Los capítulos impares son del pasado, y los pares son del presente.

Para leer lo inmediatamente anterior a este capítulo, clickad aquí.

Capítulo 6: Una visita guiada por el Clarkson

Noviembre de 1988

Mientras Stan y Dean dormían plácidamente en sus casas, Remprelt se despertó bruscamente en mitad de la madrugada. Había vuelto a pasar la noche en el Clarkson. Realmente lo consideraba más hogar que su propia casa, a pesar del dinero que había invertido en ella para que quedara a su gusto. Sin embargo…cuando el trabajo de uno es su pasión, o en algunos casos su única meta en la vida, un simple hábito como el de dormir se termina amoldando a lo práctico, y trabajar en un psiquiátrico donde había camas para el personal, constituía una ventaja y un buen ejemplo de que no hace falta llevarse el trabajo a casa si uno se puede llevar su casa al trabajo. Remprelt había estado soñando con su mejor amigo de la infancia, Clay Truman Jr.

Qué gran apoyo había sido Clay, que a veces se colaba en los sueños del Augie ya adulto, para recordarle que en la infancia sí tuvo algunas dosis de felicidad. Una felicidad muy reducida, pero fomentada por aquel chico tan entusiasta, cuya única y saludable ambición, era trabajar como mimo. Ojalá la vida pudiera reducirse a los sueños que uno tiene cuando aún no ha madurado, cuando su bondad aún sigue incorrupta y su visión del mundo, por oscura que pueda ser, no está desprovista de retazos de luz e ilusión que la contrarresten.

Sin embargo, los sueños donde aparecía Clay no siempre terminaban bien. Aquella noche, tras aparecer en el subconsciente de Remprelt haciendo una actuación como mimo, había ido difuminándose su imagen, dando lugar a un fundido en negro, como si se tratase de una miniserie televisiva.

Fue en ese momento cuando un grito estremecedor acabó con el sueño, provocando que Remprelt se despertara sobresaltado. Su respiración estaba muy acelerada, su cuerpo sudoroso, y una sensación de terror se había expandido en su interior, hasta dejarle paralizado en la misma posición durante unos minutos. Una vez que logró moverse, se sentó en el borde de la cama, donde ordenó sus pensamientos. Para ayudarse a pensar con más claridad, se palpó uno de los bolsillos del pantalón, donde estaba el péndulo que usaba en las sesiones de hipnosis. Siempre lo llevaba encima, ya fuera colgado del cuello, o guardado en alguno de sus bolsillos. Volver a sentir su tacto suponía una sinergia positiva de energía para Remprelt, que recordaba que aunque el infierno pueda existir en la tierra, hay formas de salir victorioso de sus entrañas. Ya lo había hecho en el pasado, así que sabía que era posible.

En cualquier caso, su péndulo, que llevaba siendo una extensión de su ser desde hace muchos años, le permitía recordar que el juego continuaba, y que él podía marcar las pautas a seguir. Es por eso que tras acariciarlo un rato por encima de la tela del pantalón, se sintió menos aturdido por su violento despertar. Seguía pensando en su gran amigo Clay, pero ya no era lo único que había en su mente, pues intentaba volver a la rutina de su trabajo. Y recordando las cosas que tenía que hacer algunas horas después, cuando el psiquiátrico retomara su intensa actividad diurna, remarcó mentalmente la importancia de la visita guiada que le haría a Stan, el hombre que le había desconcertado en los últimos días. Remprelt se volvió a tumbar en la cama, y tras pensar en el recorrido que haría con Stan, decidió que no le mostraría el sótano. Aún no, no hasta saber la idoneidad del tipo para servir al Proyecto Fobia. Pocos minutos después de tomar esa decisión, Remprelt volvió a dormirse, esta vez sin tener sueños que le inquietaran al despertar.


Una vez que el sol dio inicio a una nueva mañana, Dean regresó a la oficina del sheriff. Como siempre era el primero en llegar, no se encontró a nadie mientras se dirigía a su despacho. Sin descuidar su ritual diario, se preparó una taza de café, la segunda que tomaría esa mañana tras haber desayunado en casa. Después de bebérsela, se sentó tras su escritorio, y se quedó un rato con una mano apoyada en el teléfono. Antes de llamar a Remprelt había que tener pensado el mensaje que se quería decir, por simple que fuera. Pero claro, Dean no tenía muy definido lo que iba a decir, sobre todo porque se sentía contrariado. A grandes rasgos, no había encontrado nada sospechoso tras indagar un poco sobre Stanley Farrell. Aunque no llevaba más que un par de años residiendo en el condado, no tenía antecedentes penales, ni había sido nunca objeto de investigación alguna por parte de las autoridades.

Dean había hecho valer su amistad con distintos cargos policiales para obtener esta información, pero cualquier cosa que Remprelt pidiera, había que hacerla lo mejor posible. La única nota discordante que Dean había encontrado en sus pesquisas, era el hecho de que Stan sólo llevara unos años residiendo en el condado, siendo todo un misterio saber qué había sido de él hasta entonces. Aunque a su nombre no constaran antecedentes penales, esa información solo evidenciaba que en su tiempo como residente del condado, se había comportado cívicamente. Todo lo que hubiera sucedido antes de eso…era un misterio. Y eso era lo que tenía dudoso a Dean, que era consciente de que Remprelt tenía dudas, y le había pedido ayuda a él para aclarárselas, no para alimentarlas. Pero…no podía decir que todo estaba bien si había algún cabo suelto, así que se sentía obligado a hablar de ello.

Tras tomar un poco de aire, Dean marcó el número de contacto Remprelt, y se sintió algo nervioso
mientras esperaba que cogieran la llamada. La recepcionista que le atendió le dijo que estaba ocupado visitando a sus pacientes, pero que le avisaría de su llamada a la mayor brevedad. Media hora después, el teléfono de Dean empezó a sonar. Era Remprelt, y fue directo al grano:

- Buenos días Dean. ¿Qué has averiguado sobre el señor Farrell?
- Hola August, lleva residiendo en el condado poco más de dos años, y está limpio…hasta esa fecha.
- Por ahora no te puedo decir más datos. Pero sé que no te gustan los cabos sueltos, y voy a seguir investigando. Quiero averiguar qué vida tenía antes de venir a vivir aquí.
- Pon toda tu atención en ello Dean, va a estar a prueba una semana, y hoy le haré una visita guiada por el Clarkson. Sigue generándome sensaciones dispares y muy intensas, y quiero saber cuál es la más cercana a la realidad.
- De acuerdo August, así se hará, no te fallaré.
- Más te vale Dean, nos jugamos mucho si apostamos por el tipo equivocado, y más aún si optando por no hacerle partícipe del Proyecto, resulta que esconde algo que sea perjudicial para nosotros.
- Llámame en cuanto tengas más novedades.

Tras despedirse, Dean colgó con sensación de derrota, porque no había podido servir a Remprelt tan bien como siempre. Pero eso iba a convertir su investigación en algo más importante y personal, porque redoblaría sus esfuerzos a la hora de averiguar más información sobre Stan.  No era fácil encontrar nuevos adeptos para el Proyecto Fobia, y al margen de eso, ni Dean ni Remprelt se podían permitir que una persona pudiera desmontar su gran obra a la sociedad en caso de descubrir lo que hacían.

Mientras Dean pensaba en los siguientes pasos para su investigación, Stan iba camino del Clarkson. En la radio de su Plymouth Fury se escuchaba “Shoot to thrill” de “AC/DC”. Era uno de los grupos favoritos de Stan, y eso contribuyó a que su viaje al psiquiátrico fuera mucho más ameno y rápido. Su faceta de actor volvería a salir a flote en cuanto estuviera cerca de Remprelt, y ello justificaría cada hora de práctica frente al espejo de su casa, siempre que saliera triunfante.

Tras colgar el teléfono, Remprelt había continuado con su ronda de visitas a los pacientes. No es que quitara importancia a las dudas que Dean le había comentado en su llamada, pero necesitaba tener la mente centrada para evaluar bien a los internos que debía examinar durante el resto de la mañana. Poco después de terminar la ronda, y cuando se dirigía a su despacho, se encontró con Stan, que atravesaba la puerta de entrada. Había llegado el momento de mostrarle las entrañas del psiquiátrico. Al menos la mayor parte de ellas. Remprelt se acercó hasta él para darle un apretón de manos y saludarle:

- Buenos días Stan, tal como te comenté, haremos una pequeña visita por el edificio, y te iré explicando las distintas cosas que has de hacer en tu semana de prueba.
- Genial doctor Remprelt, estoy deseando conocer mi posible lugar de trabajo.
- Así es Stan, has mencionado la palabra importante, posible. Durante la semana que estarás de prueba, tus méritos serán evaluados minuciosamente por mí y el resto del personal que haga el turno de noche. Si te desenvuelves bien, el puesto será tuyo, tienes mi palabra al respecto. ¿Alguna pregunta?
- No doctor Remprelt, ninguna.
- Bien, sígueme, empezaremos el recorrido por la planta más alta e iremos bajando.

Una vez terminada la conversación, Remprelt y Stan se subieron en el elevador, que ascendió hasta la novena y última planta, donde estaban internados los pacientes más peligrosos. Desde que la visita comenzó, Stan se sintió algo perdido por la gran cantidad de estancias que había en todo el edificio. Sabía que tendría que hacer un esfuerzo titánico para lograr conocer cada rincón del psiquiátrico, y a cada planta que visitaba esa sensación era aún mayor. Era increíble la de personas que trabajaban en el lugar, y la de pacientes que había allí ingresados.

Cuando llegaron a la segunda planta, que sería aquella en la que Stan haría principalmente su labor, Remprelt dijo algo que le pilló desprevenido:

- Y bien Stan, como puedes observar, este edificio es enorme, por lo que si te ves en apuros en algún momento de tus rondas, puedes pedir ayuda a alguno de los otros vigilantes. Encontrarás uno en la planta principal, otro en la quinta, y uno más en la novena. De todas formas, los pacientes que vigilarás no son los más peligrosos, pero ello no implica que debas rebajar tu atención.
- Así que- Stan se sintió desanimado al comprobar que habría tres vigilantes más en el turno de noche- si necesito algo…puedo acudir a ellos.
- Exacto, esta noche te los presentaré antes de que empiece tu turno. Y en el peor de los casos, puedes acudir al personal sanitario de guardia, o bien buscarme en mi despacho o en alguna de las habitaciones de descanso del personal, paso mucho tiempo aquí. De hecho el Clarkson es…

Por un momento, a Stan se le vino el plan abajo, y dejó de escuchar a Remprelt. Aunque contaba con el hecho de que en el turno nocturno habría personal sanitario de guardia, e incluso que Remprelt trasnocharía en el lugar, no había reparado en la posibilidad de que hubiera más guardias. Y eso suponía un fallo de análisis previo, ya que en un edificio de nueve plantas y a saber cuántos niveles subterráneos, era una quimera pensar en que sólo hubiera una persona al cargo de la vigilancia. Había sido un grave error de cálculo. No era algo que imposibilitara su verdadera intención investigadora, pero tendría que encontrar una buena manera de solventar aquello. De todas formas, por el momento su cometido era superar la semana de prueba, y ya se las apañaría una vez que le contrataran. No debía desanimarse. Entonces Stan se recompuso, hablándole de nuevo a Remprelt:

- Perdón, ¿decía usted?
- Bueno, comentaba que el Clarkson es como mi segundo hogar.
- Ah, sí, disculpe que no escuchara esa última parte. Sin duda se nota que usted es feliz en este lugar.
- Digamos que siento que mi trabajo aquí es muy importante, para la sociedad, para los pacientes, para la ciencia…
- ¿Y para ayudar a que los criminales que creen haber vencido a la ley al ser internados aquí, se arrepientan de haber venido?
- Bueno Stan, no lo diría con esas palabras…pero me gusta pensar que si un condenado penal no está realmente loco, y ha logrado engañar al sistema, al menos yo podré hacer que no disfrute tanto de su engaño, porque me encargaré de recordarle que las leyes son para cumplirlas, y que la mente humana no ha de tomarse como un fin para librarse de un castigo mayor.
- No podría estar más de acuerdo con usted.

Tras dejar ahí la charla, Remprelt continuó enseñándole a Stan el resto de la segunda planta,
explicándole todas y cada una de las cosas que debía hacer como vigilante, lo cual incluía impedir que cualquier paciente saliera de su habitación pasada la medianoche, hacer varias rondas de vigilancia en esa planta y la superior, y socorrer a algún sanitario en caso de encontrarlo en apuros. No era frecuente que sucediera esto último con los pacientes de esa planta, y además los celadores del turno de noche estaban precisamente para evitar esas situaciones. Pero toda precaución era poca.

Una vez que regresaron a la planta principal y Remprelt le enseñó casi todo, incluyendo una amplia cafetería, Stan señaló hacia la puerta que daba al sótano, que era lo único de lo que no le había hablado Remprelt. Entonces su curiosidad se hizo patente:

- ¿Adónde conduce esa puerta doctor Remprelt?
- Lleva al sótano, pero no hay nada de interés ahí abajo, principalmente material antiguo y cosas que ya no sirven, y ya se encarga el vigilante de esta planta de controlar que nadie acceda a él.
- Perfecto entonces- mentalmente Stan se dijo que ahí había más de lo que Remprelt había dicho-.
- ¿Queda algo más por ver?
- No, todo lo importante ya lo has visto. Ahora he de dejarte, pero vuelve esta noche y empezará tu prueba. Recuerda venir una hora antes del inicio de tu turno, para presentarte al personal de la noche y entregarte un uniforme y accesorios de trabajo.
- Bien doctor, hasta esta noche.

Tras darse un apretón de manos y despedirse, Stan se dirigió a su vehículo. Una vez en el interior, repasó sus sensaciones. El sótano, aquel lugar debía ocultar algún importante secreto, a pesar de la normalidad que Remprelt había querido mostrar ante Stan. Tarde o temprano tendría que encontrar el modo de acceder a él y averiguar lo que se cocía allí. Hasta entonces, Stan se repetía que habría de comportarse bien durante su semana de prueba, y al menos sus obligaciones le permitirían curiosear en dos de las plantas del psiquiátrico. No estaba nada mal para empezar.

Por su parte, y tras observar cómo Stan subía a su vehículo, Remprelt se dirigió hacia la puerta del sótano, sacó de uno de sus bolsillos la llave para abrirla, y una vez al otro lado, volvió a cerrarla. Le esperaba una nueva sesión de hipnosis con un paciente que tenía fobia a los payasos. Una hora después, si alguna persona hubiera escuchado los gritos que procedían del sótano, se habría asustado considerablemente, aunque no tanto como el hipnotizado paciente, que se desgañitaba gritando al creer que una familia de payasos hambrientos le cocinaba en un enorme caldero…

Continuará...

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22 de enero de 2016

Proyecto Fobia: Capítulo 4

Para poneros en situación antes de comenzar la lectura del texto, os recuerdo que la narración de esta historia, se hace entre el pasado y el presente del doctor August Remprelt. Los capítulos impares son del pasado, y los pares son del presente.

Para leer lo inmediatamente anterior a este capítulo, clickad aquí.

Capítulo 4: La ley de Remprelt

Noviembre de 1988

Una vez que Remprelt colgó el teléfono, situado encima del escritorio de su despacho, se quedó pensativo en la silla giratoria. La noche anterior había sopesado y mucho si darle o no una oportunidad a Stan. En condiciones normales, y desde su etapa universitaria, tenía una intuición estupenda para juzgar la valía de una persona, y su posible peligrosidad hacia sus intereses. Pero Stan se había colado en el grupo al que pertenecían las excepciones. Se había mostrado como un estupendo candidato para el puesto vacante, y había mencionado cosas que a Remprelt le hicieron ver en él un posible nuevo devoto para su proyecto. La entrevista del día anterior había ido bien, hasta que Stan mencionó aquella frase sobre el demonio y su merecimiento de saber la verdad. ¿Quién había dicho aquella frase en el pasado?

Sin embargo, y al margen de esa duda, Remprelt había sacado conclusiones positivas del resto de la charla. Quizás se alarmó por nada con aquella frase, habida cuenta de la gran cantidad de personas que habían pasado por su vida, y que podrían haberla dicho. De ahí la oportunidad que iba a darle a Stan de ser el nuevo vigilante nocturno, siempre que su semana de prueba resultara satisfactoria. No obstante, y como nunca estaba de más ser precavido, Remprelt descolgó el teléfono para hacer otra llamada antes de volver a su rutina.

Dean Petrinelli estaba de pie, tomándose una taza de café, y disfrutando de las vistas que se apreciaban desde la ventana de su despacho. Era uno de sus rituales matutinos, y uno de esos momentos de tranquilidad que tanto se agradece conservar con el paso del tiempo. En aquellas primeras horas de la mañana, los alrededores estaban tranquilos. Generalmente era así. A medida que fueron filtrándose los primeros rayos de sol por la ventana, éstos se reflejaron en la estrella que Dean portaba en su uniforme y que revelaba la importancia de su labor. Él era el sheriff del condado, un trabajo que llevaba ejerciendo de manera impecable durante dos décadas, desde que cumplió los 31 años. Claro que la etiqueta de “impecable” se la había auto impuesto él mismo desde hacía algunos años, a raíz de su amistad con August Remprelt, el director del psiquiátrico Clarkson. Aunque analizada de un modo estricto, más que una amistad, se trataba de una relación de conveniencia, aderezada con respeto mutuo por la labor que cada uno ejercía. Dean conocía el “Proyecto Fobia”, y era un gran defensor del mismo.

Todo había comenzado con el asesinato de su hija Francesca 4 años atrás, en 1984. Una noche, cuando Francesca volvía a casa tras visitar a una de sus amigas, había sido abordada en plena calle por uno de sus antiguos profesores de instituto. Esto se supo con facilidad porque una testigo les vio charlando cerca de su casa. Aquel tipo, llamado Preston, se aprovechó de la confianza que le inspiraba a Francesca para lograr sus fines, ya que la deseaba desde que le impartió clase. Lejos de contentarse con haberla violado, la estranguló hasta matarla. Posteriormente la dejó tirada en un callejón, donde fue encontrada al día siguiente con las primeras luces del alba.

Para llegar a esta reconstrucción de los hechos, Dean tuvo que remover cielo y tierra, y no lo habría logrado sin Remprelt. Claro que antes de entrar en contacto con él, había derramado lágrimas de impotencia junto a su esposa Carla, cuando Preston alegó locura transitoria en el juicio, y el juez, lejos de condenarle a pasar el resto de su vida en la cárcel, ordenó su ingreso en el Clarkson. El día de aquel veredicto, Dean se sintió traicionado por el sistema que tanto se esforzaba en hacer valer a través de su trabajo como agente de la ley. A Carla le bastó saber que aquel violador no estaría en libertad y no haría más daño a nadie durante una temporada, pero a Dean no le produjo ninguna satisfacción. Había pruebas irrefutables de la autoría del crimen (semen y todo tipo de rastro genético de Preston), y aunque alguien con la suficiente sangre fría no habría dejado semejante rastro para que le cazaran, Preston nunca había estado loco. No tenía familia que corroborara que estaba cuerdo, pero era un miembro bien valorado por el resto de profesores de instituto, y nadie se había quejado jamás de su conducta. Dean siempre tuvo la sensación de que el juicio había sido una farsa, y que de poco había valido su profesión para que le ayudaran a obtener venganza por medio de una condena a prisión. Jamás olvidaría la risa que flotaba en el rostro de Preston cuando escuchó el veredicto, sintiéndose ganador en aquel asalto frente a la ley. Por suerte, el tiempo pone a cada uno en su sitio, y de eso se ocupó Remprelt.

A pesar de que ya hacía casi 4 años del primer encuentro, Dean tenía bien fresco en la memoria el día que conoció a Remprelt. Estaba en su despacho, llorando sobre una foto de Francesca. Aunque la puerta estaba cerrada, Dean se esforzaba tanto en recordar a su hija, que no se había percatado de la intrusión. La voz de Remprelt funcionó como un enorme salvavidas emocional, preguntándole algo que cerró repentinamente el grifo de sus lágrimas: ¿quiere impartir la justicia que las autoridades le negaron?


Dean no respondió nada en ese momento, pero le indicó a Remprelt que se sentara frente a él, y escuchó con creciente empatía lo que su visitante le expuso. Le había contado el proyecto que se traía entre manos, la finalidad de aplicar una ley que fuera efectiva allá donde la justicia había fracasado o había mirado hacia otro lado. Remprelt se había ido ganando la devoción de Dean en aquel primer día, como el predicador que da el discurso que muchos oyentes desean oír, y que les convierte en auténticos devotos de una causa, por disparatada que sea. Le había dicho cuanto necesitaba escuchar, y le había invitado a comprobar en persona el trato que iba a dispensarle a Preston, que estaba bajo su supervisión en el Clarkson. Y Dean, lejos de haber arrestado a aquel doctor por las cosas tan alejadas de la legalidad que pretendía hacer, concertó un encuentro para presenciar el trato a Preston. Aquella había sido una de las mejores decisiones de su vida. Cumpliendo su palabra y vestido de paisano, acudió al Clarkson, donde Remprelt le condujo al sótano, el terreno donde imperaba “la ley de Remprelt” como Dean la bautizó mentalmente con el paso del tiempo.

El placer que Dean experimentó al ver a Preston en una sesión de hipnosis, fue tan sublime que empezó a ver consumada parte de su sed de venganza. Observar la labor de Remprelt con su péndulo fue algo inolvidable. Primero le había sacado a Preston la confesión de todo lo ocurrido la noche que Francesca murió, y posteriormente había averiguado que Preston tenía fobia a las abejas. Así que Remprelt había sacado provecho de la apifobia de Preston, haciéndole creer que su cuerpo estaba lleno de abejas, algunas de las cuales se introducían por cada orificio de su cuerpo. Dean escuchó con satisfacción cada grito cargado de terror que salía de la garganta de Preston, deseando que aquel condenado despojo sobreviviera a esa tortura para recibirla eternamente. No sin cierta malicia, Dean pensó que al igual que Preston había violado a Francesca, Remprelt estaba violando cada rincón de la mente de Preston. Esa cadena de pensamientos hizo aflorar en el rostro de Dean una sonrisa casi idéntica a la que Preston mostró tras el veredicto del juez. La ley de Remprelt.

Y desde entonces, Dean se convirtió en todo un protector legal para los experimentos de Remprelt, intercediendo para que muchos delincuentes acabaran ingresados en el Clarkson. También le ayudaba cuando alguna de las sesiones se le iba de las manos al bueno del doctor y el paciente moría. A fin de cuentas, había que aparentar legalmente que esas muertes fueran por distintas causas a la verdadera. Y ahí Dean se tenía que arremangar para salvar la situación, preparando escenarios para guardar las apariencias, y haciendo valer la autoridad que le confería su puesto como sheriff del condado. De todas formas, desde que empezó a ayudar a Remprelt dormía de un tirón, y tenía la sensación de estar cumpliendo todas las leyes posibles, justas o no. Jamás le había contado a Carla nada de lo concerniente al doctor y el psiquiátrico, no hacía falta. Él se encargaba de hacer más segura la vida de muchas personas, incluida su mujer, y no todo el mundo tenía que saber los métodos usados para lograr esa seguridad. Los tipos como Dean y Remprelt hacían un trabajo oscuro que muy pocas personas podrían entender y apoyar, y por eso el proyecto y su complejidad quedaba salvaguardado por un reducido grupo de personas.

El teléfono empezó a sonar en el despacho, y sacó a Dean de sus pensamientos. Una vez que se acercó a su escritorio y lo descolgó, escuchó esa voz tan influyente y familiar. La voz de Remprelt:

- Buenos días Dean, quiero que hagas algunas averiguaciones por mí.
- Buenos días August, ¿de qué se trata?
- De un posible empleado para el psiquiátrico, ayer le entrevisté, y aunque parece una opción muy válida, algo me genera dudas.
- ¿Quieres que investigue si tiene antecedentes o algún trapo sucio?
- Te lo agradecería, si no hay nada sospechoso en él, podría ser un miembro muy válido para nuestra causa.
- Vaya, en cuanto colguemos me pondré manos a la obra, a ver qué averiguo- y Dean cogió un papel y un bolígrafo para anotar el nombre-. ¿Cómo se llama?
- Stanley Farrell. Seguramente no haya nada raro, pero si le contrato será el vigilante nocturno, y necesito saber hasta qué punto puedo confiar en él.
- Te entiendo perfectamente August. ¿Algo más que quieras saber sobre Stanley?
- No- un profundo suspiro al otro lado de la línea le indicó a Dean que Remprelt estaba indeciso-, o bueno, sí. ¿Te resulta familiar la frase “hasta el demonio merece que le cuenten la verdad”?
- Pues no, no la había escuchado jamás. ¿Por qué lo preguntabas?
- Nada, simple- y Remprelt arrastró un poco la última letra- curiosidad. En cuanto tengas algo llámame. Da igual la hora que sea.
- De acuerdo August, así lo haré. Dame un día y te contactaré.

Y ambos colgaron el teléfono. Remprelt abrió el armario de su despacho en el que guardaba algo de ropa, y se puso una de sus batas blancas. Cogió el estetoscopio que reposaba encima del escritorio, y tras cerrar el armario salió del despacho, cerrando con llave la puerta. Por su parte, Dean terminó su café, cogió su abrigo y su sombrero Stetson, y salió del despacho. En condiciones normales le habría encargado aquella tarea a alguno de sus subordinados. Pero si se trataba de un candidato para el proyecto, eso requería la mejor atención posible, y él se encargaría personalmente de realizar las indagaciones necesarias para averiguar más sobre aquel tipo.

Aquella mañana pasó muy rápido para Stan, que la dedicó en exclusiva al repaso de toda la información que había recopilado sobre Remprelt y el Clarkson. Sabía que no era necesario repasar lo que tenía, porque la verdadera información que necesitaba, tendría que obtenerla desde dentro. Pero el primer paso había sido exitoso, y recibir la llamada del doctor le había puesto de muy buen humor. Claro que a ello contribuía el hecho de no haber revisado esa mañana una carpeta específica, cuyo contenido siempre sacaba a relucir lo peor de su carácter. Él la llamaba “la carpeta de los horrores”, porque, a pesar de contener un puñado de papeles oficiales y algunas fotos, simbolizaba una de las peores noticias que había recibido en los últimos años. Su necesidad de trabajar en el Clarkson y de ganarse a su director, habían nacido desde que aquella carpeta llegó a su poder. Sabía que tarde o temprano volvería a mirarla antes de acabar el día. El horror que contenía aquella carpeta, era una de las razones de que hubiese dedicado dos años de su vida a crearse una identidad falsa que fuese su tapadera.

Poco después de comer, Stan se dirigió a su habitación, donde tenía un espejo de cuerpo entero, y empezó a hablarle a su reflejo. No se trataba del acto de alguien que está perdiendo la sesera, sino de una práctica que venía realizando semanas atrás, y que le hacía parecer un actor ensayando un papel para representar. Stan se dedicaba en primer lugar a hablar consigo mismo, y posteriormente practicaba distintas miradas frente al espejo, tratando de discernir con cuál de ellas podría ocultar mejor sus pensamientos. No olvidaba que Remprelt era un reputado doctor, especializado en el campo de la mente humana, y no deseaba que se descubrieran sus verdaderas intenciones para querer el puesto nocturno. Para introducirse un poco en el papel de guardia, cogió una porra invisible, y la elevó en el aire, acompañándola de una mirada cargada de odio, simulando a un verdadero guardia que tuviera que amenazar a alguien para mantener el orden. Y toda la tarde se le fue practicando frente al espejo. 

Llegada la noche, Stan se dio una ducha, se preparó la cena, y puso al lado de su plato la “carpeta de los horrores”. La abrió con la mano que tenía libre, y fue pasando las páginas, una a una, hasta llegar a las fotografías que tanto dolor le hacían sentir. Nunca quería verlas, pero la parte más retorcida de su interior tomaba las riendas en ese caso, y actuaba por libre. No pudo evitarlo, y terminó llorando. Conocía bien esas lágrimas, eran las que precedían a su ira. Entonces, al tiempo que sus ojos dejaban de llorar, cerró la carpeta y la tiró al suelo. Su pulso se aceleró, los labios empezaron a temblarle, y su rostro adoptó una mueca propia de un perro rabioso. Segundos después dio un puñetazo tan fuerte sobre la mesa, que tiró un vaso lleno de agua y volcó el plato con lo que quedaba de su cena. La mano del golpe le dolería durante toda la noche, pero agradeció haber descargado su ira en la privacidad de su casa, donde nadie podía verlo. Al día siguiente volvería a representar su papel ante el doctor, y se abstendría de mirar la carpeta durante una temporada, salvo que fuera extremadamente necesario. Una semana de guardar apariencias, y con suerte podría empezar a investigar lo que le pasó a ella, la mujer de las fotos que tantas emociones contrapuestas le despertaba.

Continuará...

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21 de noviembre de 2015

Proyecto fobia: Capítulo 2

Para poneros en situación antes de comenzar la lectura del texto, os recuerdo que la narración de esta historia, se hace entre el pasado y el presente del doctor August Remprelt. Los capítulos impares son del pasado, y los pares son del presente.

Para leer lo inmediatamente anterior a este capítulo, clickad aquí.

Capítulo 2: El nuevo empleado


Noviembre de 1988

August Remprelt se encontraba en su despacho principal, sentado en una silla giratoria situada tras un imponente escritorio de madera de caoba. De forma repetida, acariciaba un péndulo que colgaba de su cuello. El gesto le traía recuerdos de su niñez, una época en la que su visión del mundo se había tornado tan negra como un pozo de alquitrán. Y todo había empezado a ocurrir por culpa de ese objeto que ahora acariciaba con sus dedos, y que Remprelt había convertido en su talismán para las sesiones de hipnosis.

El despacho principal de Remprelt era todo un templo dedicado al estudio de la mente humana. Había varios estantes de madera repletos de libros sobre el ser humano y sus funciones cerebrales, estudios sobre la psique, la interpretación de los sueños, el subconsciente y la hipnosis, biografías de los mejores profesionales en el campo de la psiquiatría, e innumerables libros de medicina y anatomía. Pero la cosa no se quedaba ahí, pues sobre el escritorio había un par de reproducciones a tamaño real del cerebro humano, y en un enorme armario acristalado situado en un extremo del despacho, había una inmensa colección de cintas de casete y vhs sobre reportajes, documentales e investigaciones del cerebro humano y sus diferentes funciones. Remprelt tenía un televisor con reproductor de vhs en el despacho, y disfrutaba en ocasiones viendo algo de su colección. Del mismo modo, en uno de los cajones de su escritorio guardaba un walkman para escuchar los casetes en cualquier parte. Sin embargo, no era momento para el ocio, pues Remprelt estaba esperando una visita, y tras escuchar unos golpes en su puerta, dio orden de que pasara la persona a la que esperaba.

Con una mirada de ojos azules llena de ambición, y una sonrisa que irradiaba autoconfianza, el visitante se presentó como Stanley Farrell. A Remprelt le gustó el firme apretón de manos que le dio. Una vez sentados, el doctor empezó a interrogar a su visitante:

- Así que le interesa el puesto de vigilante nocturno, ¿verdad señor Farrell?
- Por favor, llámeme Stan. Y ya puestos puede tutearme. ¿Quién no querría trabajar en un centro tan prestigioso como el Clarkson?
- Ya, eso dice todo el mundo Stan- sonrió con malicia Remprelt-, pero claro, tu labor no va a ser la de doctor, enfermero o celador, así que… ¿por qué tanto interés en ser vigilante nocturno en este centro? Según la ficha que dejaste en recursos humanos días atrás, ni siquiera tienes experiencia previa para el puesto.
- Verá doctor Remprelt, sé que toda la experiencia laboral que tengo no sirve ni de lejos para trabajar aquí, pero… ¿puedo serle franco?
- Adelante Stan, soy todo oídos.
- Pues la razón es simple. Verá, sé por los periódicos que en este centro internan cada vez a más personas condenadas por la justicia, y tengo el deseo de vigilar que esa basura no se escape de aquí. Suena un tanto extraño, pero esas personas le han fallado a la sociedad, y disfrutaré viendo cómo pasan una larga temporada en este edificio.
- Ya veo, así que esa es su verdadera motivación para el puesto- y el doctor, que se quitó las gafas para limpiarlas con el faldón de la camisa, sintió un creciente interés por aquel tipo-. Es peligroso hacer ese tipo de comentarios en una entrevista de trabajo.
- Lo siento doctor Remprelt, sólo he sido sincero con usted. Como decía una antigua novia que tuve- y Stan esbozó una enorme sonrisa-, hasta el demonio merece que le cuenten la verdad.

Tras escuchar aquella frase, a Remprelt se le secó la boca. Había escuchado eso mismo en boca de alguien años atrás. Pero ese alguien no le venía a la cabeza, y Remprelt era del tipo de personas que creen que hay cosas que tarde o temprano, afloran en la mente de quien sabe esperar pacientemente su llegada. Así que, tras buscar en uno de los cajones del escritorio, encontró una botella de agua, le dio un trago, y continuó la conversación:

- Agradezco tu sinceridad Stan. ¿Cómo sé que tu deseo de vigilar a los pacientes no lleva oculto otro deseo aún mayor de hacerles la vida imposible? Porque el vigilante nocturno únicamente debe procurar que nadie salga de su habitación una vez se apaguen las luces, y que todo esté en orden. La violencia física es lo último que quiero como director de este centro.
- No se preocupe por ello doctor Remprelt, no voy a negarle que la tentación de putear a esta gente es demasiado grande, pero no es lo que deseo. Solamente quiero evitar cualquier posible fuga de quien realmente fingiera estar loco para no ir a la cárcel.
- ¿Controlarás cualquier impulso negativo hacia los pacientes?
- Desde luego, puede confiar en mí. Si le parece bien- y Stan pasó a la última fase de su plan de ataque-, puedo estar una semana a prueba, sin que usted me contrate. Si se siente satisfecho una vez pase ese tiempo, podrá ofrecerme un contrato que estime adecuado, no pondré pegas al tiempo o salario.
- Es una propuesta interesante Stan- a Remprelt le empezaba a inspirar confianza el tipo-, me parece muy bien tu ofrecimiento. Como en la ficha tengo tu teléfono de contacto, mañana te llamaré para darte una respuesta.
- De acuerdo, estaré expectante.

Tras despedirse con un apretón de manos, Stan cerró la puerta del despacho, y Remprelt volvió a sentarse en la silla giratoria. Aquel tipo le despertaba sensaciones opuestas. Por un lado, había captado su interés al revelar que su deseo de trabajar en el Clarkson, era para controlar que la “basura” que los jueces enviaban allí, no escapara. También mencionó algo que a Remprelt le pareció importante: esas personas le han fallado a la sociedad. Ésa era una de las razones que motivaban la práctica del proyecto fobia en los pacientes ingresados por vía judicial. Quizás, sólo quizás, Stan podía ser con el tiempo un miembro más al servicio del proyecto. Sin embargo, el instinto de Remprelt le decía que, si bien Stan podía ser en el futuro un leal sirviente a su causa, también podía ser peligroso. La mención de aquella frase sobre la verdad y el demonio había activado una alarma interior, aunque su sonido apenas fuera audible. Al día siguiente llamaría a Stan, y le daría una respuesta. Aún quedaba una larga jornada por delante, y otras cosas que hacer.

Al mismo tiempo, Stan recorría los pasillos para regresar al vestíbulo principal. Una vez que salió del Clarkson, se dirigió al aparcamiento y subió a su Plymouth Fury del 58 color crema. Ya en el interior, arrancó el motor y puso una emisora de música rock. Había seguido el plan ideado el día anterior, y le había contado a Remprelt alguna de las cosas que sabía que podían interesarle. Realmente no le importaba ninguna de las personas que había allí internadas, por lo que no pensaba hacerles nada. Pero tenía que conseguir aquel trabajo, era la única forma de poder investigar lo que se cocía en el interior de aquel psiquiátrico. Había empleado los dos últimos años de su vida en recabar toda la información posible sobre Remprelt y el Clarkson, pero eso no le había dado la respuesta que buscaba a sus dudas, ya que había obtenido esa información desde fuera. Necesitaba trabajar en aquel lugar para investigar más, y para acceder al círculo de confianza del doctor. Sabía que no sería una tarea fácil, pero Stan era una persona paciente. No le quedaba más remedio que esperar la llamada prometida al día siguiente. Así que puso en marcha el Plymouth, y cogió la carretera de servicio para regresar a su casa.

Mientras tanto, en el Clarkson, el resto de la jornada fue agotadora para Remprelt. Había tenido que atender a más pacientes de la cuenta, debido a la baja de uno de los médicos de planta. Ya entrada la noche, y tras comer algo en la cafetería del psiquiátrico, Remprelt se dirigió a una de las habitaciones de descanso para el personal. Una vez allí, se metió en una de las camas. Antes de quedarse dormido, y tras sopesarlo varias veces, tomó una decisión respecto a Stan.

Al día siguiente, el teléfono sonó en casa de Stan, y cuando éste lo descolgó, escuchó lo que tanto anhelaba oír:

- Stan, soy el doctor Remprelt. Te concedo una semana de prueba, y si lo haces bien, serás el nuevo empleado para el turno de noche. Ven mañana por la mañana y te enseñaré las instalaciones.
- Será un placer. Hasta mañana.

Tras colgar el teléfono, le invadió una sensación de triunfo. Había sorteado el primer obstáculo hacia la verdad, y ahora debía seguir con su actuación. Aprovecharía la semana de prueba para hacer bien las cosas y ganarse la confianza de todo el mundo, y una vez lograra el puesto, empezaría a investigar cada pasillo y habitación del psiquiátrico. 


Continuará...

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2 de noviembre de 2015

Breaking Vamp

¡Hola a tod@s! Me encuentro inmerso en otro proyecto de grupo con la comunidad de "Relatos Extraordinarios". En este proyecto, y al igual que ocurría con "La mansión Crow Mirror", también estamos escribiendo otra novela entre varias personas. El nombre de dicha novela es "Breaking Vamp", y pertenece al género de vampiros.

Clickando aquí podéis acceder a la novela desde el principio. La sinopsis de la misma es la siguiente:

"Los vampiros están presentes entre los humanos como ha pasado desde tiempos inmemoriales, pero en nuestra época, y debido a los avances en las técnicas de investigación criminológica, no puede actuar como antaño, cazando libremente, y dejando cadáveres humanos en los oscuros callejones. Necesita permanecer en el anonimato, por lo que los métodos de alimentación han cambiado. Ahora consumen sucedáneos de diseño creados en laboratorio, cuya base principal continua siendo la sangre humana. 

Donald Black es un vampiro de cuatrocientos años de edad, que ha contraído una infección mortal para su raza. Trabajando en su laboratorio, ha descubierto una droga sintética que representaría la cura a esa enfermedad, pero clanes vampíricos lucharán por controlar la producción.

Donald Black y su joven ayudante Jimmy Redman, intentarán producir en secreto esa droga, y distribuirla al margen de los clanes.

Miles de vampiros y algunos humanos que conocerán el caso, se convertirán en sus enemigos mortales".


Por otra parte, me he tomado la libertad de hacer un crossover con uno de mis relatos, y en el viaje al desierto que os encontraréis casi al final del texto, Donald verá una escena perteneciente a "Un disparo en el desierto".

Ahora os dejo con mi aportación a la novela, el Capítulo II. Espero que os guste a pesar de su extensión.



Capítulo II: Todo vampiro tiene un pasado

Tras la charla con Jimmy, Donald Black se puso manos a la obra para telefonear a todos sus contactos en la policía. Uno a uno les fue ordenando que nadie parara en las carreteras al vehículo cuya descripción facilitó, y que era el que conducía Jimmy. Después de realizar la última de las llamadas, Black accionó el botón que bajaba automáticamente todas las persianas de su loft. Un nuevo día estaba a punto de surgir, y el sol seguía siendo el gran enemigo de los vampiros, aunque no el único. La aparición del virus, había extinguido la exclusividad que ostentaba el sol como el mayor causante de muerte entre los vampiros.

Una vez sumido en la más completa oscuridad, Black, habituado a moverse como pez en el agua ante la ausencia total de luz, tomó asiento en el enorme sofá ubicado en el centro del loft. Cogió el mando del televisor y el del dvd, y encendió ambos aparatos. La luz del televisor contrarrestó un poco la oscuridad reinante. Black no tenía sueño, ya habría tiempo a lo largo del día para dormir. Le apetecía disfrutar de un rato de ocio. A fin de cuentas, pese a ser un vampiro con más de 400 años de edad, no se privaba de algunos adelantos tecnológicos, y era un amante del cine. Accionando nuevamente el mando de su dvd, puso en marcha la reproducción de una de sus películas favoritas: “Vampiros de John Carpenter”. Se la sabía de memoria, pero sentía aprecio por el protagonista, el cazavampiros Jack Crow, y por Valek, el antagonista y vampiro de la función. Ambos personajes perseguían intereses contrapuestos, pero ello no restaba valía a su empeño y dedicación por acabar el uno con el otro.

Aunque nunca lo reconocería abiertamente ante los suyos, Black no olvidaba la parte humana que un día tuvo, y por ello no sentía odio por las personas normales. Incluso había tenido fuertes vínculos de amistad con un detective privado que conoció décadas atrás. Sin embargo, consciente de lo que era su ser en la actualidad, era esa pertenencia a ambas razas lo que le hacía disfrutar con cada revisión de la película. Se emocionaba cuando Valek perseguía el sueño de todo vampiro: caminar bajo el sol sin quemarse. Black soñaba con lograr eso mismo algún día. Sin embargo, erradicar el virus que amenazaba con exterminar a su raza, constituía en la actualidad su principal preocupación. Con el deseo de no pensar en ello durante un rato, pulsó el botón “play” del dvd.
Lejos de lograr su objetivo, y pasados algunos minutos, Black recordó una etapa de su pasado, pocos años después de su conversión…


Subterráneos de la Alhambra, Granada, octubre de 1620

Era una noche lluviosa, y Black estaba dormitando aún en una de las mazmorras de la Alcazaba. Le había cogido el gusto a dormir durante el día en aquel lugar tan perdido, al que sólo se accedía a través de un agujero situado a varios metros de altura en el techo, y que estaba cerrado por una pesada reja circular de hierro. Para él, que hacía 8 años que se había convertido en un vampiro, entrar y salir de aquel lugar era fácil gracias a sus habilidades físicas. Una persona normal no habría podido salir sin una cuerda o escalera que cayera por el agujero, y aún con esas facilidades no habría podido abrir la reja.

El potente rugido de un trueno despertó totalmente a Black, que empezaba a tener sed. Se colocó bajo el agujero del techo, y entonces dio un enorme salto hacia arriba. Se enganchó a la reja, e impulsándose con los pies en un hueco del techo, la levantó sin gran esfuerzo. Una vez en el exterior, y volviendo a saltar enérgicamente de un lado a otro, dedicó unos minutos en llegar a los bosques de la Alhambra.

Aquel era un lugar donde conseguía sustento de vez en cuando. Y aunque la noche era tan tormentosa que nadie en su sano juicio habría estado paseando por allí, encontró una posible víctima. Era una figura encapuchada que intentaba sin éxito hacer una hoguera. Black pensó que esa persona no podía ser más estúpida si pretendía hacer fuego en una noche así, pero pensó que esa distracción facilitaría las cosas. Se acercó con silencio hacia su inminente víctima, y cuando estaba a punto de clavarle los colmillos, ésta se dio la vuelta y le propinó un puñetazo tan fuerte en el rostro, que le hizo volar varios metros hacia atrás. Intentando asimilar lo que había pasado, Black lo comprendió todo cuando la figura se acercó hacia él bajando su capucha. Era Íñigo Vázquez, el vampiro que le había convertido. Y su mentor. Le ofreció la mano para levantarse del suelo, y le habló con seriedad:

- Donald, eres un incauto. Te has acercado con la despreocupación de quien no evalúa lo suficiente una situación. Espero que ese puñetazo te sirva de escarmiento. Aún tienes mucho que aprender.
- Sí maestro- respondió Black con sumisión-.
- Esta noche te haré compañía y te quedarás sin beber, será una forma de estimular tu cautela en futuras cacerías.
- Pero estoy muy sediento maestro- la sumisión se tornaba en ansiedad para Black-, no sé si podré aguantar una noche entera sin alimentarme.
- Donald, todo está en tu cabeza, alimentarse es necesario, pero ya sabes que debes aprender a controlar tus instintos, por si quieres alimentarte algún día de sangre animal para variar un poco el menú.
- ¿Y cómo puedo controlar mis instintos maestro?
- Disfrutando de algunos pequeños placeres, como pasear en una noche lluviosa. Sígueme, te llevaré a un lugar donde disfrutarás de algo maravilloso.

Ambos vampiros, maestro y aprendiz, caminaron durante un rato bajo el aguacero, y una hora después, admiraban la Alhambra desde un mirador situado frente a ella. Los relámpagos que fueron apareciendo en la noche, iluminaron de forma fantasmagórica aquella magnífica construcción arquitectónica. Íñigo le palmeó la espalda a Black, y le insistió en la idea anterior, sobre la cual profundizó:

- Disfrutar los pequeños placeres Donald, nunca lo olvides. Los musulmanes construyeron esta maravilla, y los cristianos la reconquistaron. Yo formé parte del ejército que reconquistó Granada, y aunque los musulmanes eran nuestros enemigos, gracias a ellos podemos sentirnos privilegiados al observar la Alhambra y otros edificios. No olvides jamás que un día fuiste humano, y piensa que si siempre te alimentas de ellos y actúas como los demás vampiros que existen, algún día se acabará el suministro. ¿Me entiendes?
- Sí maestro, entiendo que hemos de respetar el equilibrio de vida, para poder seguir disfrutando de la vida eterna.
- Exacto, es la clave. Has de aprender a manejar con responsabilidad tu nuevo status, y espero que esta noche te haya servido de aprendizaje.
- Sin duda maestro, incluso he perdido el apetito con el paseo y la vista.


Ambos se rieron a carcajadas, y se quedaron nuevamente observando la Alhambra, sin importarles que siguiera lloviendo y estuvieran totalmente empapados.


Vuelta al loft de Black

Sin duda, Íñigo había sido un gran mentor para Black. Fue un duro golpe cuando décadas atrás, supo que habían acabado con él. Se habría sentido orgulloso de Black, que había elaborado los primeros sucedáneos de diseño, y de cuyas versiones mejoradas se alimentaban actualmente la mayor parte de vampiros del mundo.

El recuerdo que había florecido en la mente de Black, le había tenido absorto un buen rato, ya que la película se encontraba bien avanzada, y Valek llevaba una cuantiosa lista de muertes a su favor. La aparición de un paisaje desértico en plena noche, hizo que Black evocara un segundo recuerdo, algunos siglos después del primero, y que explicaba el origen de sus conocimientos científicos…


En un polvoriento desierto del oeste, abril de 1886

Black, que había viajado por gran parte del mundo, llevaba un par de años vagando de un poblado a otro del oeste, buscando a Thomas Payton, otro vampiro como él. Había oído el rumor de que era médico, y dedicaba su tiempo a buscar un sistema alternativo de alimentación. Y Black, tras haber aprendido bien las enseñanzas de su maestro, deseaba ansiosamente encontrar nuevas fuentes de alimentación. Por ello necesitaba encontrar a Payton.

En el último poblado que había visitado, le habían facilitado una posible pista sobre el paradero de Payton, y Black llevaba cabalgando durante varias horas de la noche. En las afueras del próximo lugar al que se dirigía, se topó con una escena curiosa. Había dos esqueletos en una porción de arena. Uno estaba enteramente visible, y del otro solamente asomaban la calavera y una mano. ¿Qué habría pasado? ¿Una venganza mutua? Black decidió seguir adelante, pronto iba a salir el sol, y necesitaba encontrar un escondrijo para ocultarse. Encontrar a Payton se le antojaba primordial, y algo en su interior le decía que pronto se iban a conocer.


De nuevo en el loft de Black

La película había terminado, y cuando Black se dio cuenta de ello, sonó el teléfono. En la pantalla apareció el nombre: Thomas Payton. Cuando Black descolgó, su interlocutor no dio lugar a saludarse:

- Tenemos que vernos con urgencia Black, te espero en el lugar donde me conociste. No importa lo que tardes en llegar, te esperaré. Estoy en peligro.
- Demonios, llegaré lo antes posible. Avisaré a Jimmy para que se reúna con nosotros.