15 de mayo de 2020

Cuando ser asesina es una profesión de riesgo

Nota introductoria: Aunque este texto puede leerse de manera independiente, la anterior aparición de Windor, en la que cuento cómo vuelve de un paseo por el bosque cercano al castillo, así como el primer encontronazo de Windor con Tribonia la asesina, contratada por Letrinus para matar al rey Berinio, tiene lugar en "Un peligro llamado Letrinus" (para leerlo, clickad en el título).

Este texto que podéis leer a continuación, retoma la historia de Windor tras ese encontronazo con la asesina, así como nos muestra las posibles dificultades que tendrá esta mujer para llevar a buen término su encargo.


Cuando ser asesina es una profesión de riesgo

Para cuando Windor pudo soltarse al fin de la correa del perro, estaba tirado boca abajo en el suelo y había arramblado con la mitad de la decoración del pasillo principal de entrada del castillo. Era fácil ver tiradas por el suelo partes de armaduras, algunos candelabros (que por suerte estaban apagados), y otros objetos que ahora convertían el suelo en una pista de obstáculos. No obstante, la persecución del perro al gato debía seguir activa, porque Windor escuchó gritos y golpes procedentes de la sala de audiencias. Si el rey Berinio estaba en aquel momento allí, era mejor no adentrarse en la estancia. Por si se daban cuenta de que el culpable de todo ese jaleo era el pobre Windor.

Cuando el mago logró reincorporarse un poco, vio con espanto que su barba postiza se había despegado por completo, quedando tirada junto al yelmo de una de las armaduras desmontadas. Después de hacerse con ella, comprobó que todavía servía el adhesivo de gran parte de la misma. No obstante, la pregunta que afloró a la cabeza de Windor era el aspecto que tendría en aquel momento su cara, ya que desde que llegó a Trascania, no se había quitado la barba excepto para asearse, y llevar tanto tiempo algo pegado con adhesivo no era muy saludable. Así que su curiosidad le pudo y, tras acariciarse una de las mejillas con la mano, notó irritada la piel por el escozor que acababa de sentir. De todas formas, se volvió a poner la barba postiza en la cara, pero se juró a sí mismo que ese día sería el último que la llevara. Si un mago era más digno de confianza por tener barba, él no volvería a afeitarse nunca, aunque no le saliera más que pelusilla.

Aunque tardó un poco en acordarse de la chica a la que había derribado en la entrada del castillo, Windor salió al exterior en cuanto se colocó la barba. Los vendedores ambulantes comentaban entre ellos lo que había pasado, y la paloma seguía posada en la roca y contando su dinero. Dos de los guardias reales estaban atendiendo a Tribonia en aquel momento, que seguía tumbada en el suelo, pero empezaba a abrir los ojos. Cuando Windor se acercó a ese lugar, observó algunos objetos que había tirados alrededor de la mujer: cuchillos de distintos tamaños, frascos con líquidos de colores variados, una cerbatana y varios pequeños dardos, y algunos saquitos de tela, de esos en los que el cocinero real solía guardar las especias y otros condimentos.

Sin duda aquella mujer debía tener una profesión peculiar para llevar aquello encima. Letrinus observaba toda la escena desde la ventana de sus aposentos. Estaba bastante inquieto por si descubrían la profesión de Tribonia y su razón para estar allí, habida cuenta de que su material de trabajo estaba esturreado al lado de ella. Windor iba a llegar a una acertada conclusión a ese respecto cuando Tribonia habló, rompiendo su concentración:

- ¿Qué ha pasado? Lo último que recuerdo es que alguien me tiró al suelo- y al ver a Windor entre los guardias lo señaló-. Fuiste tú.
- Le pido mil disculpas señorita- los pensamientos de Windor ahora no eran sobre la profesión de la mujer, sino sobre su culpa para dejarla inconsciente-, pero no fue culpa mía- como si quisiera echar balones fuera, un fogonazo exculpador acudió a su cabeza-. Fue… ¡el perro del castillo!
- ¿El perro? - inquirió uno de los guardias-. Esto es culpa suya consejero, nadie en su sano juicio le ha puesto una correa a ese diablo con patas, y usted tuvo la osadía de hacerlo. Sin olvidarnos de que vino acompañado de un gato.
- Sí, eso sin duda provocó todo este desastre- secundó el otro guardia-. No solo vino con un gato, sino que intentó detener al perro cuando empezó su persecución. ¿A quién se le ocurre?
- Yo no quise ponerle la correa al maldito perro- Windor supo que no iba a hacerse ningún favor si se defendía con la premisa de su hechizo fallido hacia el perro, y optó por desviar el tema-. Pero da igual, lo importante es que ella está bien- Windor dirigió su atención a Tribonia-. ¿No es así, señorita…?
- Mirta Pascal- Tribonia respondió automáticamente dando su nombre falso para las misiones-.
- Muy bien señorita Pascal, yo soy Windor, mago y consejero del rey Berinio, y lamento este incidente. Iba usted hacia el interior del castillo, ¿verdad?
- Sí, así es- y Tribonia recordó que ese era el nombre tachado en el pergamino que le dio Letrinus-. Hasta que usted tuvo la indecencia de darme un recibimiento tan accidentado.
- Sí, ¿qué clase de consejero trata así a las visitas? – como si lo hubieran ensayado previamente, los dos guardias hablaron al unísono-.
- Ya me he disculpado- y a la mente de Windor acudieron los objetos esparcidos alrededor-. Pero me preocupa otra cosa ahora, ¿a qué se dedica usted señorita Pascal? Esos instrumentos no me parecen nada inofensivos para entrar al castillo.
- ¿Cómo? – Tribonia no se había dado cuenta hasta ahora de que parte de su arsenal de asesina estaba a la vista de todos, y tuvo que reaccionar rápido con un buen ataque-. ¿Me tira y encima me interroga por mi oficio?
- Tiene razón consejero, no me parece una pregunta muy pertinente- la respaldó uno de los guardias-.
- ¿No lo es? ¿No debería saber un guardia real a qué se dedica una persona que entra en el castillo? – otra intuición acudió al rescate de Windor, que señaló los objetos a su alrededor-. ¿Y si ha venido a matar a alguien? ¿No ven peligrosos estos cuchillos, o esa cerbatana?


En aquel momento, Letrinus, que estaba escuchando perfectamente la conversación, tenía la sensación de que le faltaba el aire. El maldito Windor estaba cerca de desenmascarar a Tribonia. Si eso ocurría, ella no podría matar el rey, y Letrinus no conseguiría humillar a Windor expulsándole del castillo y de Trascania. Su malvada mente se puso a funcionar a toda máquina y decidió salir corriendo de sus aposentos. Iba a ir a la entrada del castillo y sacarle las castañas del fuego a la asesina. Y pensaba pedirle que le devolviera parte del dinero que él le había pagado por el encargo. Era una compensación justa si le salvaba el pellejo a ella. Mientras Letrinus recorría el castillo se felicitaba por lo inteligente que era, sabiendo sacar beneficio de las situaciones más adversas. De no ser porque se encontró algunos guardias y sirvientes en su camino, se habría vuelto a aplaudir a sí mismo por su astucia.

Mientras tanto, en el exterior del castillo continuaba la charla:

- No soy ninguna asesina- se defendió Tribonia, poniéndose lentamente en pie con la ayuda de los guardias-. ¿Cree usted que entraría al castillo por la puerta principal si quisiera matar a alguien? - realmente había sido su intención cuando inspeccionaba el entorno y vio lo fácil que era acceder al castillo-.
- Bueno, visto así… - Windor no sabía cómo contraatacar a esa respuesta-. Pero sigo pensando que esos objetos no pueden tener un buen uso.

Letrinus estaba a punto de hacer su entrada triunfal cuando Tribonia salió del aprieto, dejándole petrificado. Se ocultó tras una columna, pero tenía buena visión del grupo de personas, y podía oír bien lo que decían. Al final no volvería a recuperar parte del dinero que le había dado a la asesina para matar al rey. Al menos no en esa ocasión. Maldita su estampa.

- Supongo que el buen o mal uso depende de quien lo ponga en tela de juicio- Tribonia se señaló con el dedo pulgar-, soy taxidermista. Quería entrar en el castillo para ver si podía ofrecer mis servicios al rey.
- Eso me cuadra- añadió uno de los guardias-. Alguien que se encargue de disecar animales usaría esos artilugios.
- Sí, sin duda parece una respuesta sincera- convino el otro guardia-, si fuera una asesina la habríamos detectado- y queriendo darse importancia, irguió el pecho-, porque… ¡somos los guardias del castillo, primera línea de defensa del rey Berinio!
- Ya… no niego su importancia soldados- en aquel momento Windor se sentía demasiado hastiado para seguir discutiendo el oficio de Tribonia, pues lo que dijo tenía cierto sentido-. Lo mejor será que me vaya, así cada uno podrá continuar con sus ocupaciones.
- Muy bien- y Tribonia empezó a recoger sus objetos del suelo-.
- Que tengan todos un buen día- dijo Windor antes de poner rumbo al interior del castillo, observando que los comerciantes seguían con sus cuchicheos-.

Letrinus lo vio acercarse y se marchó casi a la carrera, para no ser visto por el mago. No obstante, antes de llegar a la puerta de sus aposentos, un gato se cruzó en el camino de Letrinus, haciéndole perder el equilibrio, el cual quedó roto por completo cuando el perro del castillo, que seguía su persecución, se lo llevó por delante. La mala suerte hizo que el extremo de la correa que ondeaba alrededor del cuello del perro se enganchara en un pie del asesor laboral, siendo éste arrastrado por el animal en su persecución del felino. Todo aquello había sido culpa de Windor, así que cada centímetro del pasillo que Letrinus recorría enganchado al animal era una oportunidad para odiar más y más al mago. Y así estuvo, potenciando su odio durante varios pasillos del castillo, hasta que un guardia pudo cortar la correa con su espada y el perro siguió su persecución. Todo era culpa de Windor, el maldito mago y consejero. Letrinus ansiaba su momento de venganza.

Una vez que Tribonia hubo recogido todas sus cosas y los guardias del castillo estaban nuevamente en sus puestos de vigilancia, la asesina decidió que tenía dos opciones: intentar nuevamente entrar en el castillo, o dejar aquello para otro momento posterior. Pero era una asesina, y no fue instruida para posponer cosas tan simples como un reconocimiento. Además, su curiosidad iba en aumento respecto al consejero real. Como Letrinus había anotado su nombre en el pergamino que le entregó, estaba claro que, pese a tachar posteriormente tal nombre para poner el del rey, Windor debía ser una auténtica molestia para Letrinus. Y Tribonia comenzaba a preguntarse el por qué. El incidente con el perro le podía pasar a cualquiera, aunque Windor no estaba exento de pericia mental, habida cuenta de las conclusiones a las que parecía llegar sobre los objetos de Tribonia que vio en el suelo. No obstante, esa inteligencia era inversamente proporcional a la de los guardias reales, que no habían sospechado nada. Esta última reflexión fue el impulso definitivo para que la asesina se dirigiese a la puerta del castillo, accediendo sin oposición de los guardias. ¿Sería Windor un obstáculo, por pequeño que fuese, para asesinar al rey?

Cuando Windor era pequeño, su madre le dijo una vez que si alguien estaba pensando en él, podía sentir un picor en la oreja. La intensidad del picor iba en función de si eran pensamientos buenos o malos. Y aunque siempre lo había considerado una tontería, Windor pensó que en aquel momento alguien debía de estar lanzando juramentos en arameo contra él, porque su oreja izquierda le picaba una barbaridad. Y la derecha le picaba un poco, así que otra persona debía tenerle en su cabeza, con una finalidad aun sin definir. El mago se rascó ambas orejas con sumo placer, y se adentró en el salón del trono. Por suerte las consecuencias de la persecución animal estaban ya minimizadas, porque todos los sirvientes y empleados del castillo allí presentes estaban ordenando todo. Una mirada al trono le bastó para saber que Berinio no estaba allí, así que eso le tranquilizaba.

Se marchó de allí para dirigirse a la biblioteca. Quería saber cómo le iban las cosas a Sarperit, la bibliotecaria octogenaria que habían contratado para administrar el lugar. Cuando Windor llegó al mostrador de la entrada no vio ni rastro de la mujer. Así que decidió darse un paseo por las distintas secciones de libros, por si la encontraba. Y la vio limpiando con un trapo una de las estanterías. Windor se preguntó cuánto tardaría en adecentar la biblioteca, habida cuenta de que el ritmo de trabajo de aquella mujer era muy parsimonioso. Impulsado por su incansable deseo de ayudar a la gente y facilitarle la vida mediante el uso de la magia, Windor volvió a la entrada de la biblioteca, sacó su varita, y pronunció un hechizo mientras agitaba su herramienta de trabajo. Si las cosas hubieran salido del modo que debían, en medio de la estancia habría aparecido un pequeño remolino de viento que solo atraería a su interior el polvo. Al menos era la idea. Windor lo habría jurado ante cualquiera.

Pero en lugar de eso, apareció una especie de agujero negro, del cual comenzaron a salir conejos blancos, que no tardaron en brincar de una estantería a otra, levantando todo el polvo posible. Eso sin contar los que se escapaban del lugar para dirigirse a otros lugares del castillo. En cuestión de segundos, y mientras seguían surgiendo más conejos del interior del agujero, la biblioteca estaba llena de nubes de polvo. Windor oyó a Sarperit estornudar una y otra vez. Y pensó en lo triste que había sido querer ayudarla en la limpieza y provocar que las cosas empeorasen. Ya no se trataba de limpiar polvo, sino de atrapar también conejos, que seguramente defecarían en las estanterías en cualquier momento. Una catástrofe. Así que Windor hizo acopio de toda su concentración, y con otro meneo de su varita pudo lograr que el agujero succionara a todos y cada uno de los conejos que había alrededor, cerrándose posteriormente. Sarperit seguía estornudando, pero el sonido cada vez era más cercano, así que Windor se agarró la parte baja de la túnica, y salió corriendo de allí. Sabía que no todos los conejos habrían desaparecido, pero al menos sacó una importante reflexión de aquella experiencia: ya sabía hacer aparecer a esos animales de la nada, y le sería útil cuando quisiera hacerlos salir de su sombrero en algún espectáculo mágico.

En todo el mundo, solo había una cosa a la que Tribonia fuese alérgica: los conejos. Es por eso que, cuando la asesina estaba recorriendo diferentes zonas del castillo para ubicar los aposentos del rey, vio un par de conejos brincar en su dirección. En el gremio de asesinos enseñan muchas cosas, pero justamente una de ellas no es hacer frente a todo aquello a lo que una persona es alérgica, así que Tribonia, tras estornudar un par de veces, no tardó ni un instante en salir corriendo de allí. Ella no sabía que esos conejos habían aparecido por culpa de Windor. Ni tampoco pudo adivinar en ese momento de huida que ser asesina iba a ser una profesión de riesgo en el reino de Trascania. Pero no tardaría mucho en ser consciente de ello. Había podido adentrarse un poco en el castillo, y no le preocupaba mucho la dificultad de atentar contra el rey, ya que, si su guardia era igual de ineficaz que los hombres de la entrada, la cosa sería sencilla. Pero en ese momento era imposible que pudiera saber que quien más problemas le daría, sería Windor. Por desgracia para ella. Pronto lo sabría.

Continuará...

16 de abril de 2020

En brazos del Ave Fénix

Saludos, aunque hace un tiempo de mi última entrada en este blog, os comparto mi último relato hasta la fecha, escrito para un concurso cuya temática era el "Ave Fénix", y que tenía un límite en cuanto a la extensión del texto. Espero que os guste.

En brazos del Ave Fénix

La noche iba a ser muy larga, y Mateo se aseguró de llevar sus pastillas en un bolsillo interior de su chaqueta. Ya le estaban esperando sus amigos frente al portal del edificio, así que tras darse los saludos de rigor, se encaminaron hacia la discoteca del barrio. No tardaron en encontrarse con el grupo de chicas con las que salían habitualmente. Entre ellas estaba Marina, la novia de Mateo.

Una vez que los dos grupos se juntaron y se pusieron a hacer cola para entrar en el recinto, Mateo se situó a la espalda de Marina y la rodeó con los brazos. Le susurró algo al oído y ella esbozó una perversa sonrisa en su rostro. Mateo no pudo verla, pero la intuía y eso le excitaba, como pronto pudo notar ella por el creciente bulto en los pantalones de él. Cuando sus amigos desaparecieron y les llegó el momento de entrar en la discoteca tras ellos, Mateo pagó las entradas de los dos, y accedieron a la sala de baile. De momento estaba tranquila, pero por experiencia propia ambos sabían que no tardaría en llenarse.

Marina se dirigió a la barra para pedir las primeras consumiciones, mientras que Mateo metía una mano en el interior de su chaqueta y cogía dos pastillas. Una vez en su mano, y a pesar de la estridente luz de los neones del techo, pudo distinguir la figura en miniatura tallada en cada pastilla. Aunque estando a oscuras habría sabido cómo era, pues llevaba medio año consumiendo pastillas “Ave Fénix” y conocía de memoria el diseño del ave. Cuando Marina regresó, le dio su copa y ambos se dieron un buen beso. Mateo le pasó una de las pastillas, y ambos se la tragaron con ayuda del alcohol. Muy pronto sintieron los primeros efectos, que daban la sensación de que uno estuviese ardiendo por dentro. No era algo doloroso, pero sí muy vívido. Cuando cesó paulatinamente el efecto, los dos se pusieron a bailar, dejándose llevar por la música.


Un par de horas después, y con bastantes copas encima, la pareja se metió en uno de los baños, dando rienda suelta al calentón que llevaban y que querían desfogar. No era la primera vez que tenían sexo en aquel lugar. No era el más ideal, ni permitía gran movilidad, pero tenía su punto morboso, a pesar de que también era algo sórdido. Cuando terminaron de echar un polvo, Marina propuso algo que Mateo no podía rechazar. Ambos no solo se marcharon del baño sino que, tras despedirse de sus amistades, también lo hicieron de la discoteca.

Al rato llegaron al edificio en el que vivía Mateo con su familia. Accedieron al portal y subieron a la azotea, de la que Mateo tenía llave. Sabiendo que el efecto de las pastillas que habían tomado al principio de la noche todavía era válido, Marina cogió de la mano a Mateo y se acercaron a uno de los bordillos de la azotea. Era hipnótico contemplar el suelo, que estaba a más de 10 pisos de altura. Ocasionalmente se podía ver algún coche atravesando la calle, pero poco más. Las estrellas brillaban y Marina volvía a sentirse excitada, pues la cercanía con lo que quería hacer llevaba un tiempo despertando su lado más salvaje. Mateo era consciente de la lujuria que embargaba a su novia, pues él mismo la sentía en carne propia. Era notoria la erección que tenía, y no dudó en besar con pasión a Marina. Mateo sacó las llaves del edificio del pantalón y las tiró a la calle, fijándose en qué parte caían. Hecho aquello, volvió a besar a su chica.

Algunos minutos después, comprendiendo con una mirada que había llegado el momento, dejaron todas sus pertenencias en una esquina de la azotea, se cogieron de la mano, se subieron al bordillo, y saltaron al vacío. Mientras caían hacia el asfalto, no se soltaron las manos. Marina tuvo todo el tiempo los ojos abiertos, pero Mateo se sintió obligado a cerrarlos un par de metros antes de estrellarse contra el suelo. Lo primero que notó fue la sensación de combustión interna similar a la de la ingesta de la pastilla, pero aumentada en muchos sentidos. No estaba muerto, porque con el “Ave Fénix” en el organismo, el cerebro, la vista y el olfato seguían funcionando hasta el momento final de desconexión antes de la resurrección.

Así que Mateo pudo aspirar el repugnante aroma a barbacoa humana y pelo chamuscado mientras su cuerpo empezaba a arder para ser consumido por completo antes regenerarse de sus cenizas. Algunos minutos después, Marina y él se encontraban sentados en el portal de Mateo, impolutos, como si no hubiera pasado nada antes. Ni siquiera conservaban la borrachera. Con la combustión, Mateo había perdido las pastillas que le quedaban. Fue un fallo no dejarlas junto al resto de sus objetos personales. No sería difícil conseguir más, pero por aquella noche se había acabado la diversión. Por delante quedaban muchas otras noches y maneras de jugar con su mortalidad.

Desde que el “Ave Fénix” había aparecido, el índice de “suicidios” era alto entre los jóvenes, conscientes de que la pastilla les haría volver a la vida. Claro que no siempre era infalible, pues salía alguna partida defectuosa. Pero era el precio de jugar con la vida propia y vivir en brazos del “Ave Fénix”.