29 de octubre de 2017

Repaso de unos meses sin burbujas

¡Hola gente! Aunque inicialmente no era mi intención, he estado más tiempo de la cuenta sin publicar nada nuevo en el blog. Y os aseguro que no es por falta de inspiración para escribir una historia, sino por ausencia de tiempo para mantener el ritmo de antaño. Eso y los diferentes proyectos narrativos donde me he ido involucrando todos estos meses.

No sé si al final leerá este artículo mucha o poca gente, pero creo que, en especial para aquellas personas que visitaban con asiduidad este espacio, lo más justo es contarles qué me ha tenido ocupado para abandonar temporalmente mi burbuja.

Así que, haciendo caso de mi amigo y colega de letras César Cibeles, voy a resumiros un poco los menesteres literarios que me han tenido separado de aquí.

Para empezar, y aunque ya lo promocioné mucho antes del verano, lo más importante fue la publicación del primer cómic que he escrito como guionista. Mi obra "Un disparo en el desierto" (de Ediciones Traspiés) y la promoción de la misma con varios actos durante unos meses, hizo que mi tiempo para el blog menguara considerablemente. A día de hoy lo podéis conseguir encargándolo en cualquier tienda de cómic o librería de vuestra ciudad, o bien a través de Amazon. Os dejo el enlace de Amazon (sólo tenéis que clickar en la imagen de portada) y os comparto algunas de las imágenes de los eventos promocionales.


Y aquí tenéis algunas imágenes de los distintos actos donde lo estuve promocionando junto a mi compañero Adrián, el dibujante.





Pero esto sólo fue el arranque de una serie de ocupaciones relacionadas con el cómic que he tenido desde entonces. Durante el verano empecé a formar parte de la web "Las cosas que nos hacen felices" como redactor de diferentes contenidos, algunos de ellos relacionados totalmente con el cómic. 

Y por otra parte, también durante el verano me lancé a trabajar en lo que ha sido mi segunda publicación como guionista de cómic. A través de la "Tebeoteca de Granada" surgió la oportunidad de colaborar en el número 3 de la publicación local "La Revística", un fanzine donde todas las historias están relacionadas con mi ciudad, Granada. He ahí que me gustó la idea de participar y aporté dos guiones de cómic. Aunque por ahora sólo se puede adquirir en formato papel en los comercios de Granada, estamos intentando poner a disposición de quien quiera la versión digital. Las fotos que veréis ahora son del día en el que presentamos la obra.




Actualmente ya estamos empezando a preparar el número 4 de "La Revística", cuya publicación tendrá lugar por febrero/marzo de 2018.

Y por último, aunque sin fechas que poner en conocimiento de la gente, me encuentro iniciando un nuevo proyecto de cómic con Adrián. Está en pañales y vamos a preparar una muestra que mandar a editoriales nacionales y europeas, pero me alegra volver a formar equipo con Adrián.

Tras este maratoniano artículo sobre las novedades fuera de la burbuja, os comparto que espero subir alguna nueva historia antes de acabar el año. No olvido que gran parte de las cosas que he venido haciendo estos últimos meses, surgieron porque tras abrir este blog fui colaborando con gente y quise seguir disfrutando de eso. Así que me lo debo a mí, se lo debo al blog, y a las personas que todavía vengan por aquí o quieran seguir leyendo mis historias. ¡Un abrazo y hasta pronto!

3 de julio de 2017

Un peligro llamado Letrinus

Nota introductoria: Aunque este texto puede leerse de manera independiente, la anterior aparición de Windor, en la que cuento cómo da un paseo por el bosque cercano al castillo, así como el encargo de muerte que Letrinus le hace a una asesina que acaba de llegar a Trascania, tiene lugar en "Un encargo importante" (para leerlo, clickad en el título).

Este texto que podéis leer a continuación, retoma la historia de Windor mientras termina de recorrer el bosque y emprende el regreso al castillo, así ahonda en las motivaciones de Letrinus para querer asesinar al rey Berinio.

Un peligro llamado Letrinus

Una vez que Letrinus regresó a sus aposentos en el castillo, empezó a ir de un lado a otro mientras pensaba. Por fin había hecho el encargo. Estaba tranquilo por la persona a la que había encomendado el asesinato del rey Berinio, ya que la reputación de Tribonia era fabulosa fuera de Trascania. Eso sí, todo lo excelente que puede ser para una persona que mata a otras por dinero. Se trataba de una asesina letal, y la suerte para Letrinus es que podía permitirse sus honorarios.

Originariamente, todo el odio de Letrinus se había proyectado sobre Windor, que le había hecho bajarse los pantalones ante Berinio cuando rechazó firmar su contrato laboral estrella (ejem…basura). ¿Cómo podía una piltrafa como Windor ningunear así su contrato laboral, el fruto de sus más insensibles pensamientos de cara a los trabajadores del castillo? ¿Acaso las arcas públicas no respirarían aliviadas si todo el personal del castillo firmara aquel documento, donde los salarios rara vez los costeaba el empleador, sino el empleado mismo pagando cada servicio adicional del que disfrutaba? ¿Qué osadía era que, por ejemplo, todo el mundo comiera gratis sólo por ser miembro del castillo? Sanguijuelas, eso es lo que eran todos. Menos el propio Letrinus, claro está.

Pero Letrinus, que no solamente empezó a odiar a Windor desde el primer día que le conoció, sino que además le había espiado en más de una ocasión, se dio cuenta de que ordenar la muerte de aquel tipo no era la solución. No, la solución más placentera era a su vez la más rebuscada. Si Windor moría, por muy dolorosa y lenta que fuera su muerte, Letrinus nunca tendría el placer de derrotarle con sus propias manos sin quedar en evidencia. Sí, haberle encargado a Tribonia su muerte era la primera opción. Así lo dejó patente Letrinus cuando escribió entusiasmado el nombre de su víctima en la nota para la asesina. Pero, tras un torrente de maquiavélicos pensamientos, y totalmente enfurruñado por postergar el momento del triunfo, tachó el nombre. Y puso el del rey Berinio.

La explicación era simple. Para una mente infantil y resentida como la de Letrinus, matar a Windor era un placer momentáneo, como tomarse de golpe una jarra de cerveza trascaniana porque uno tiene sed y quiere algo frío, pero recibiendo como premio (al margen de jugarse un infarto por los ingredientes de la cerveza trascaniana, que debía degustarse poco a poco) un placer pasajero, que evitaba paladear cada gota de líquido. Por tanto, la solución era acabar con el rey. Berinio era un tipo bastante manejable para Letrinus, y llevaba una década teniéndole controlado, pero ahora que empezaba a jugar en el terreno de Windor, debía morir.

Como Berinio era soltero, no tenía descendencia propia, y su único pariente vivo era un hermano que estaba en otro reino, en caso de muerte, y mientras se contactaba con dicho hermano para que ocupara el trono, el asesor laboral era el tipo que controlaría provisionalmente el castillo (otro triunfo de los tejemanejes legales de Letrinus en confabulación con el abogado Injusticio). Y una vez en el poder, por breve que fuera su posición de privilegio, podría despedir a Windor. Eso no le mataría, pero era un triunfo aplastante para el hambriento ego de Letrinus, que necesitaba darse un banquete. Nada le haría más feliz que despedir a Windor y disfrutar con su reacción. Eso le demostraría que nadie le falta al respeto. Y como muestra del desmesurado amor propio que se tenía, y tras haber puesto en marcha los engranajes de su plan con la aparición de Tribonia, Letrinus se dio a sí mismo unos efusivos aplausos ante el triunfo que lograría dentro de poco.

En otra parte del reino, Windor seguía recorriendo el bosque más cercano al castillo. Había sido una idea fantástica dedicar unas horas a pasear por allí. Incluso había tenido ocasión de usar su varita para prestar ayuda, aunque las cosas, como eran habituales en él, no habían salido exactamente del modo deseado. El suceso tuvo lugar cuando, en medio de su paseo, Windor observó que había un gato subido en un árbol y no podía bajar. Sin analizar el cómo llegó hasta ahí, la necesidad de ayudarle fue instantánea.

Windor sacó su varita y, con la intención de hacer aparecer una escalera de la nada, para subir a coger al gato, agitó alegremente su artilugio mágico. Lo que consiguió fue que la rama del árbol en la que estaba el gato, desapareciera, con la inmediata caída del felino al suelo. Otro golpe de varita hizo que un pequeño trampolín (Windor quería que fuera una almohada gigante para suavizar el impacto) apareciera en el suelo, provocando que al caer sobre él, el gato saliera catapultado y aterrizara en la rama de otro árbol, a mayor altura que en el anterior. 

Haciendo válido el tópico de que “no hay dos sin tres”, Windor usó por tercera vez su varita, y esta vez consiguió que su ansiada escalera apareciese. Incluso se subió a ella y llegó a coger al gato, pudiendo bajar ambos ilesos. La insistencia era una poderosa aliada en la vida de Windor, y en esa ocasión había vuelto a salir victorioso. No era una buena costumbre hacer las cosas bien a base de demasiados intentos previos fallidos, pero de momento era el modus vivendi de Windor, y sólo su incansable entusiasmo podría pulir eso con el tiempo.

Aunque el gato rescatado se había alejado unos metros de Windor, cuando el mago empezó a caminar, le siguió. A Windor no le importaba tener algo de compañía, a fin de cuentas emprendía el regreso al castillo. Eso sí, durante todo el camino tenía un pensamiento en la mente que no lograba descifrar del todo, y aunque intuía que tenía que ver con el felino, sus constantes miradas al mismo no le ayudaron a resolver el misterio. Tarde o temprano tendría un momento de inspiración, y entonces sabría lo que se le escapaba.

Poco antes de salir del bosque, Windor se topó con un hombre que manejaba un carro tirado por bueyes. En condiciones normales aquello no habría despertado el menor interés, pero lo peculiar era un letrero ubicado en uno de los laterales del carro. En él decía “Carnes Solrak, Hijo de Carnicero”. Habría sido gracioso que el tal Solrak hubiese sido vendedor de pescado o de verduras, o hijo de un vendedor de esos géneros, dedicándose a una profesión opuesta.

Una vez que Windor retomó su marcha y el carro siguió su camino en dirección contraria, el pensamiento de antes volvió a pitar en su cabeza. Tenía la certeza de que estaba relacionado con el gato que todavía le seguía, y con algo del castillo. Incluso en un gesto involuntario, Windor se acarició el trasero, como queriendo encontrar un descosido en la ropa fruto de un pequeño incidente. Lo tenía cerca, tan cerca que empezaba a quemarse los dedos. Y algo en su interior le decía que tenía poco tiempo, pues ya empezaba a vislumbrar la silueta del castillo a medida que los árboles del bosque iban quedando atrás.

Precisamente en las inmediaciones del castillo se encontraba Tribonia, reconociendo el terreno para preparar el asesinato del rey Berinio. Observó que algunas personas entraban o salían del castillo sin demasiada dificultad, a pesar de que en la entrada del mismo había apostados dos guardias, y un perro con pinta de ser demasiado granuja. Por lo demás, en los alrededores había algunos vendedores ambulantes sin demasiada clientela, y una paloma que estaba posada sobre una roca, y con cuyo pico iba cogiendo una por una monedas de oro del interior de una pequeña bolsa. Tribonia se dijo que la vida en Trascania era de lo más curiosa. Y eso que aún no conocía a Windor. Qué pensaría cuando lo hiciera…

Letrinus, que había terminado de aplaudirse tras un buen rato, se asomó por la ventana de su habitación, cuya vista era de la explanada delantera del castillo, y vio a Tribonia en la lejanía. Parecía muy concentrada observando todo a su alrededor, y empezaba a caminar hacia la entrada. Seguramente estaría familiarizándose con la zona. Qué profesional parecía. Las cosas tenían un aspecto prometedor, y, conteniendo el impulso de volver a prodigarse halagos a sí mismo, Letrinus casi pierde toda su alegría cuando, por el rabillo de uno de sus ojos, vio aparecer a Windor. El maldito Windor.

Tribonia había tomado la decisión de adentrarse en el castillo. Si las demás personas podían entrar al mismo con facilidad, debía comprobar si su caso no suponía una excepción. Con suerte, si lograba acceder al interior y se topaba con el rey, quizá podría finiquitar su encargo con una celeridad inusitada. Sería un récord para ella. Y esa idea le resultaba demasiado tentadora para rechazarla. Además, tanto en los bolsillos de su ropa como en el interior de la misma, guardaba todo tipo de objetos capaces de causar una muerte que pareciese natural y no levantase ningún tipo de sospechas. Como dice una popular frase del gremio de asesinos…”asesina precavida vale por al menos un muerto”.

Windor se dio cuenta demasiado tarde del aviso que su mente le intentaba dar desde hacía un buen rato… ¡¡¡el perro!!! 

Fue así como el perro del castillo, nada más divisar al gato que acompañaba a Windor, se lanzó furibundo hacia él, emprendiendo una rápida carrera. Pero eso no fue todo, ya que Windor, que se sentía responsable del inminente ataque que iba a sufrir el gato, tuvo que sacar su varita y agitarla en el aire. De esa manera, y tras pronunciar unas palabras mágicas de rigor, hizo desaparecer al gato, para que éste reapareciera en la puerta del castillo junto a los guardias. El perro dio un brusco frenazo y se paró a escasos metros de Windor. Tras mirarse fijamente a los ojos, el perro se dio la vuelta, y entonces empezó a ladrar, anunciando así que iba a retomar su persecución.

Windor volvió a agitar su varita, con la intención de levantar una pequeña barrera que encerrara al perro, y lo que hizo aparecer fue el extremo de una correa en su mano libre, y un collar en el cuello del perro, en el cual estaba enganchado el otro extremo de la correa. El perro echó a correr y Windor, que intentaba asimilar lo que había hecho, no pudo reaccionar, siendo arrastrado por el canino. Lo peor no era tragar hierba mientras el perro le llevaba a rastras, sino la sensación de irrealidad que embotaba el cerebro de Windor, condimentada por el hecho de que no lograba soltarse de la correa por más que lo intentaba.

Por otra parte, los guardias de la entrada y los vendedores ambulantes, viendo lo que pasaba, no paraban de reírse. La paloma seguía contando sus monedas. El gato echó a correr hacia el interior del castillo. Tribonia vio rota su concentración, en particular cuando giró la cabeza a un lado y vio acercarse hacia ella al perro, que llevaba a un mago de paquete. Windor vio Tribonia, y sin lograr soltarse de la correa a tiempo, se la llevó por delante, provocando que al caer ésta al suelo, quedase inconsciente.

Los guardias, cuya risa había cesado, reaccionaron rápido yendo a socorrer a Tribonia, pero se olvidaron de Windor, que fue arrastrado hacia el interior del castillo. Ironías de la vida, a partir de aquel día, mucha gente empezó a pensar en Trascania que cuando uno sacaba a pasear a su mascota, existía la posibilidad de terminar siendo paseado por ella.

Letrinus, que había observado todo el espectáculo desde su ventana, se sintió furioso porque Windor había dejado momentáneamente fuera de combate a Tribonia. ¡El maldito Windor! ¡Cómo disfrutaría acabando con él!

Continuará...