7 de mayo de 2018

Pacto tácito entre vaqueros (Parte 2 de 3)

Los vacíos de sus recuerdos se rellenaron súbitamente cuando vio al hombre de color frente a él, ahorcado en una de las ramas del roble. El tipo que había conocido jugando a las cartas, y con el que había tenido esa extraña afinidad, yacía muerto ante él. Stanley sabía ahora cómo había ocurrido lo del riachuelo, pero desconocía el por qué.

Mientras observaba con una profunda tristeza el cuerpo sin vida de aquel desafortunado cuyo nombre no había llegado a conocer, Stanley recordó que, justo a la mañana siguiente de la partida de póker, se había levantado con una resaca tremenda. Tras invertir un tiempo considerable en recoger sus pertenencias y abandonar la habitación, se despidió del dueño del saloon, encaminándose a los establos de Rittersjäger. Allí le pagó al mozo una generosa suma por haber cuidado de su caballo, y tras colocar sobre el equino la silla de montar y las alforjas, se subió sobre él y abandonó el lugar.

Una vez alcanzó la entrada del pueblo, Stanley se había encontrado con el hombre de color, que también iba sobre un caballo. Tras un movimiento de sus cabezas a modo de saludo, tuvieron una breve charla. Aunque sus destinos eran diferentes, durante gran parte del viaje debían ir por el mismo camino, así que era agradable para ambos la idea de hacerse compañía. Y a pesar de que no se habían presentado formalmente, se marcharon juntos de Rittersjäger. Stanley pensaba ahora en el error que cometió al no preguntarle cómo se llamaba, pero en su momento había pensado que tarde o temprano se produciría una presentación. Quizás en el momento de tomar caminos distintos, pero cómo iba a saber él lo que ocurriría…

Ni Stanley ni su compañero de póker y viaje se percataron de que, al abandonar el pueblo, estaban siendo observados por un grupo de varios hombres. Dichos tipejos, llenos de rabia por haber perdido una considerable suma de dinero en la partida de la noche anterior, se habían aliado con el fin de recuperar sus ganancias, y para ello atacarían a aquel negro indigno no sólo de entrar a un saloon, sino de montar a caballo. Si tenían que matarle, lo matarían, y nadie se arrepentiría por ello.

La idea acordada por el grupo era seguirle a una distancia prudente, y emboscarle en pleno desierto y no en el pueblo. No querían ser vistos por nadie, ni por consiguiente ser interrogados o encarcelados por las autoridades locales. El plan no contaba con el hecho de que habría otra persona en la ecuación, que además también les había desplumado. Pero el resentimiento no iba dirigido contra él, sino que las motivaciones violentas estaban fundamentadas por el color de la piel y los privilegios de los que gozaba alguien que debía servir como esclavo y no transitar libre como un conejo de campo.

Y fueron transcurriendo las horas mientras Stanley y su compañero cabalgaban con calma y estaban enfrascados en conversaciones triviales, al tiempo que sus perseguidores no les perdían ojo desde la distancia. El día fue avanzando lenta e inexorablemente. Hubo tiempo de que ambos grupos de personas parasen a comer, para posteriormente reanudar la marcha.

Ya avanzada la tarde, Stanley y su compañero avistaron el riachuelo, y deseosos de refrescarse tras el fatigoso viaje, acordaron pasar la noche allí. Aquella decisión selló el destino de ambos, pero teniendo tras de sí a esos perseguidores cuya presencia ignoraban… ¿acaso otra elección habría cambiado las cosas? Seguramente no. Pero ya se sabe cómo es la mente humana, que ansía aferrarse al recuerdo de las malas decisiones para martirizarnos por cómo devienen las cosas.

Al tiempo que Stanley se debatía sobre cómo bajar del roble al muerto, se le iban agolpando en la mente los últimos sucesos que vivió antes de quedar fuera de combate. Cuando él y su compañero se disponían a cenar, fueron asaltados por un grupo de tipos violentos. Uno de ellos le propinó al hombre de color un golpe tan violento con la culata de un revólver, que Stanley vio cómo le saltaban algunos dientes de la boca.

A pesar de la escasa luz natural que quedaba en el cielo, Stanley pudo reconocer a un par de los asaltantes. Eran tipos a los que había desplumado al póker la noche anterior. En su momento no le había dado importancia, ya que por su propia experiencia como jugador, unas veces se gana y otras se pierde, y jamás había sido atacado por esa causa. Pero la sorpresa de ser asaltado por aquellas personas era dolorosa.

Instantes antes de que él les dijera que podían quedarse el dinero si eso buscaban, sintió un fuerte impacto en su cuello que le dejó noqueado. El resto no era difícil de imaginar. Tras comprobar que él no representaba amenaza alguna, ni en aquel momento ni a largo plazo al robarle el caballo y sus pertenencias, los asaltantes se marcharon de allí con el compañero de Stanley y los caballos. El colofón al ataque estaba justo delante de Stanley.

No era el primer ahorcado que veía en su vida, pero sí la primera vez que se sentía vinculado a la persona cuya vida había sido extinguida contra su voluntad. Stanley no pudo evitar derrumbarse entonces, cayendo al suelo de rodillas, y dejando que sus lágrimas manaran de sus ojos en abundancia. La tristeza por lo sucedido dominó sus pensamientos durante un rato, cediendo paso a la frustración por no haber cambiado el desenlace de las cosas.

Una ligera corriente de aire provocó el balanceo del muerto, y los sentimientos de Stanley iban tornándose más oscuros entonces. Ya no sentía solamente pena y frustración, sino que en su interior se iba abriendo paso una sensación que hacía mucho tiempo que no albergaba: la ira. Stanley apretó con fuerza sus puños, y, sin dejar de mirar al compañero caído, le hizo mentalmente una promesa. No descansaría hasta vengar aquella atrocidad.

Podía aceptar que le robaran, que le golpearan, e incluso que le dejaran inconsciente. La vida en el oeste no era fácil y formaba parte del juego. Pero lo que Stanley no iba a tolerar, era el asesinato de una persona que no había hecho nada para merecerlo, y cuyo final había sido tan cruel. Puede que no conociera el nombre de aquel hombre, pero habían compartido camaradería y complicidad aquellos días. Iban encaminados a forjar el inicio de una buena amistad, y aquello convertía las cosas en algo muy personal.

Para Stanley, la obligación de vengar aquel daño era imperiosa, y pensaba llegar hasta el final. Aunque no estuviese escrito en ningún lugar, cuando un camarada era asesinado, debía ser vengado. Era un pacto tácito entre vaqueros, y Stanley dedicaría todo su empeño en resolver aquello. Se arrepentirían de haberle dejado con vida.


10 comentarios:

  1. Qué gente más mala, por qué le colgarían, no solo para robarle, quizás haya algo peor que matar a un hombre que no había hecho más que ganar a las cartas. Estaré atenta a la próxima entrega.

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    1. Saludos. Pues como he ido comentando, el hecho de que una persona de color les ganase a las cartas, montase a caballo e hiciese otras cosas propias de una persona blanca, motivó en gran parte su sed de venganza. Por eso el protagonista corre un distinto final en el ataque que sufren los dos. Aunque no es la intención principal del texto, sí que otra de las cosas que me apetecía contar era lo mal visto que estaba en aquella época el que las personas de color viviesen igual que los demás. ¡Un abrazo Maria del Carmen!

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  2. En esta segunda parte introduces el tema del racismo de la época, por supuesto, posterior a la liberación de los esclavos. También nos encontramos con el honor y la venganza. Y con estos tres temas, nos encontramos ante un western puro y duro.
    En este capítulo desvelas todo lo sucedido, pero con el mismo ritmo medido, dosificando el suspense y las revelaciones cuando es su momento. He de confesar que me esperaba al caballo colgado de un árbol, tras leer las últimas líneas del capítulo anterior, y aunque no ha sido así, me ha dado una muy buena imagen para intentar escribir un western en un futuro.
    Dejas para la tercera y última parte la venganza. Como diría un melodramático: se masca la tragedia.
    A esperar la tercera parte.

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    1. Saludos nuevamente, veo que has hecho doblete jeje. Sí, el racismo es algo que siempre ha estado presente, en mayor o menor medida, en la mayoría de historias de este género, y el honor y la venganza también son importantes. Sobre el caballo, llegué a sopesarlo, pero creí que así habría un poco de sorpresa, y por otra parte me pareció demasiado cruel para el pobre animal jeje. Ya sólo nos queda eso, el fin de la fiesta. ¡Un abrazo!

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  3. Cómo me he encontrado con los dos primeros episodios de este pacto entre vaqueros (no puedo dejar de pensar cada vez que veo el título de este relato en el pacto entre caballeros del maestro Sabina), he decidido no dejar comentario alguno en el enlace anterior pues quería disfrutar sin pausa de la historia.
    El western no te es desconocido, eso ya lo sabemos, pero no deja de asombrarme lo cómodo que se te ve en él. Los personajes están bien descritos, con sus sentimientos amasados por el ruido ambiente del desierto, y la historia engancha desde el primer párrafo. Estoy deseando el desenlace de este pacto; espero que no tardes mucho (al cibtrsrcode que que me pasa a mí con mi Rebis)
    Un abrazo enorme, José Carlos.

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    1. Saludos Bruno, cuánto tiempo desde mi último relato antes de este eh vaquero jeje. Ese pensamiento que tienes no va desencaminado, es decir, es una canción que me gusta, y creo que de forma traviesa mi subconsciente quiso que medio título apareciese aquí jaja.

      Este es uno de mis géneros favoritos, no sabría decir si el que mejor se me da pero sí que me gusta, y me alegra que vuestras lecturas os dejen un buen regusto. Espero que el desenlace no te defraude. ¡Un abrazo!

      P.D: He de ponerme al día de Rebis, me voy unos meses de la blogosfera y casi llevas ritmo de novela extensa jeje.

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  4. Mis disculpas por la tardanza en regresar a tu blog para leer la segunda parte de este relato, ya sabes en que ando liado. En el banco de un parque me encuentro, y he pensado en retomar la historia de este vaquero. La frustración se ha tornado ira, y no es para menos, la injusticia y la crueldad son razones de peso, y aunque el protagonista desconozca el nombre de la víctima, la camaradería creada entre ellos ha sido suficiente para sentir la sed de venganza. Espero no tardar tanto para leer la conclusión de tu nueva incursión en el viejo oeste.
    ¡Abrazo cowboy J.C!

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    1. Nada nada, las disculpas las pido yo por la tardanza en responder. No has elegido mala opción para aprovechar ese tiempo jeje, si te ha dado un poco el sol ya te habrás sentido como estos personajes en el desierto. Aquella época era salvaje y, aunque el honor no era ajeno a algunas personas, el desprecio y la ira sí que estaban más presentes. ¡Otro abrazo vaquero!

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  5. Como te han dicho ya, un western con todos sus elementos y muy bien dosificados. Trama completa que se disfruta pidiendo más. La venganza es la excusa perfecta para desatar la violencia de las armas de modo justificado, pero aquí, nuestro hombre no la lleva. Casi estoy viendo a Clint Eastwood en "Sin perdón". No me pierdo ese final, compañero. Allá que me voy ya mismo. Hasta luego

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    1. Saludos Isidoro. Sí, al final a lo largo de la confección del texto te asaltan los automatismos del género, ya sólo queda ajustarlos al ritmo que queramos. Exacto, suerte tiene el pobre de llevar al menos ropa jeje. Tenía presente esa historia la verdad, y el hecho de que Clint volviese y se enfureciese al ver a su amigo en el ataúd. ¡Hasta ahora!

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