7 de octubre de 2018

La casa familiar - Introducción

Saludos burbujeantes estimadas/os lectoras/es. Aunque estoy inmerso en otros proyectos de letras que requieren de una atención más intensa, sigo sin querer descuidar del todo mi blog. Es por ello que, con la ilusión de ofreceros una nueva historia por capítulos que os pueda enganchar en su lectura tanto como a mi en su escritura, os comparto mi más reciente creación.

La historia se titula "La casa familiar", y aquí os comparto la introducción de la misma. Espero que os deje con ganas de saber más sobre dicho inmueble.


Intento de robo a la luz de la luna

Su contacto le había dicho que iba a ser algo fácil, como quitarle un caramelo a un niño. Lo único difícil, y eso hablaba de la sencillez de la operación, era saltar por encima de la verja que delimitaba la casa que Pedro pretendía robar. El que el robo fuera a producirse de noche y lejos de posibles testigos, no hacía sino aumentar la confianza de Pedro en que todo saldría a pedir de boca.

Pero las cosas no siempre son tan sencillas como nos las quieren vender, ya que a veces todo se tuerce de distintas formas, por inverosímiles que parezcan una vez se analizan fríamente. Y eso es lo que le pasó a Pedro, el cual, una vez frustrado su intento de robo, no daba crédito a ninguna de las explicaciones que pasaban por su cabeza. En un último intento de esclarecer lo que había pasado, volvió a recordar por última vez cómo había ocurrido todo…

Habían pasado ya algunos minutos de la una de la madrugada cuando Pedro aparcó su coche un par de calles por debajo de la casa que pretendía robar. Seguramente no habría existido problema si lo hubiera dejado en la misma calle del inmueble, pero quizás fuese tentar demasiado al azar. Tras apearse de su vehículo, abrió el maletero y cogió una mochila y una bolsa de deporte. En la mochila llevaba los utensilios que necesitaría para el robo en sí, mientras que la bolsa, que estaba vacía, serviría para introducir lo que robase. Tras colocarse la mochila en la espalda y agarrar la bolsa con una mano, cerró el maletero y empezó a caminar.

La noche era bastante tranquila, y ninguna de las casas que había a lo largo del camino tenía las luces encendidas, así que la única iluminación que existía en aquel momento era la conformada por las farolas de la calle y la luz de la luna. Pedro pensó que aquello tenía cierto toque romántico, ya que él le había echado el ojo anteriormente a la casa a la que se dirigía, y pretendía intimar con ella introduciéndose en su interior con todo el cuidado y maña de que fuera capaz, como un buen amante.

A medida que se iba acercando, comprobó que no había ninguna luz encendida en la casa. El propietario seguramente estaría durmiendo, lo cual podía representar un riesgo para Pedro a la hora de no ser descubierto, pero si las cosas se ponían feas, llevaba en su mochila una pistola de imitación, tan real como las auténticas, que le permitiría asustar al dueño. También llevaba una cuerda para reducirlo y atarlo a su cama o a algún mueble, y que así no pudiera pedir auxilio o intentar ofrecer resistencia. A Pedro no le gustaba nada la violencia física, por eso iba preparado para ser él quien llevara la batuta en estos casos, y evitar ese tipo de situaciones. ¿Quién disfrutaría de un botín si lo atrapaba la policía o mataba a alguien? Él no podría vivir con eso último en su conciencia.

Una vez que estuvo frente a su “damisela”, Pedro repasó visualmente los exteriores. En sus anteriores visitas por la zona se había fijado en que aquella casa no tenía ninguna alarma, lo cual era extraño tanto por la alejada ubicación de la urbanización, en una zona periférica del pueblo de Ogiar, como por la belleza del inmueble en sí. Y es que, a pesar de la reducida visibilidad nocturna, era imposible no sentirse embelesado por aquella construcción, de aspecto señorial. Cada pared, cada curva del edificio, eran poesía pura para alguien que vivía en un cuchitril deprimente en plena ciudad, como era el caso de Pedro.

Era difícil no envidiar al propietario de la casa. Y claro, presuponiendo que quien vivía en aquel palacete debía tener el suficiente dinero para su mantenimiento, Pedro tenía la conciencia tranquila respecto a robarle. Seguramente por mucho que se llevara de allí, no supondría un gran picotazo para aquella persona. La única duda para el ladrón era simple, si no había alarmas, y tampoco había visto ningún perro en aquella propiedad, ¿quedaría alguna medida de seguridad que él no hubiera encontrado?

Había que intentar resolver aquello antes de lanzarse al ataque, porque, una vez que escalara la verja exterior y se adentrara en el terreno circundante de la casa, no tendría tiempo de pararse a pensar. Apelando al tópico de que sin riesgo no hay victoria, Pedro se puso en marcha. Se aseguró la bolsa de deporte a la espalda, y empezó a escalar la verja.

Algo no iba bien, pero debían ser los nervios que tenía Pedro, que no terminaba de acostumbrarse a aquella parte de su tarea. Sí, debía de ser eso, porque sudaba copiosamente, como si estuviera ascendiendo una escarpada montaña en lugar de una simple verja de metal fundido. Sin embargo, tras un par de minutos escalando, definitivamente algo no iba bien. ¿Cómo podía ser que llevara un rato intentando subir por una verja que debía sortearse con facilidad?

Además, Pedro tenía sensación de vértigo, y eso era ridículo, la verja no tendría una altura de más de 3 metros. Miró hacia arriba, y comprobó que todavía le quedaba verja por subir antes de llegar al final de la misma. Miró al frente y vio la casa tan apagada y tranquila como antes. Se atrevió a mirar hacia abajo y sintió una punzada de terror en su interior, porque… ¡parecía estar a más de 20 metros del suelo!

Aquello era a todas luces inverosímil y no podía estar sucediendo. Porque si eso fuera realidad, si tan sólo una parte de aquello estuviese ocurriendo realmente… habría que llegar a la conclusión de que la verja tenía vida propia, y no sólo eso, sino que estaba aumentando su tamaño, impidiendo que Pedro llegara hasta arriba y accediera al otro lado. ¿En qué mente cabía esa explicación? En una desquiciada, de eso no cabía ninguna duda, y Pedro podría ser muchas cosas, pero no se consideraba una persona desequilibrada. Ni siquiera bebía alcohol, así que, ¿cómo podía estar en esa tesitura, parado a media altura de una verja que desde el suelo tenía una altura, y una vez subido a ella, esa altura aumentaba asombrosamente?  

Tras sacudirse un poco la inquietud que inundaba su ser, decidió seguir ascendiendo. Pero, tras un par de minutos más de subida, y comprobando que no sólo no llega a la parte alta, sino que cada vez estaba a más altura del suelo, decidió bajar. No tenía sentido seguir, al menos no aquella noche. El último toque surrealista de la noche fue que, a pesar de sentirse suspendido a muchos metros del suelo, Pedro no tuvo que emplear más de un minuto en bajar de la verja. Asustado, la recorrió con la vista hasta arriba, y tenía la misma altura que antes de subirse a ella. ¿Cómo era posible?

Desanimado, pero no dándose por vencido para intentarlo en otra ocasión, Pedro echó un último vistazo a la casa, como si quisiera despedirse visualmente de su femme fatale hasta un nuevo encuentro. Una vez que llegó al coche, guardó la mochila y la bolsa y se sentó tras el volante. Desde que arrancó el vehículo hasta que llegó a su casa y se metió en la cama, no dejaba de pensar en lo sucedido. Aquello debía tener alguna explicación meridianamente lógica. Porque entonces, si había que recurrir a lo ilógico, y aquello fue lo último que pensó Pedro antes de quedarse dormido, sólo cabía preguntarse una cosa… ¿acaso estaba embrujada aquella casa?


CONTINUARÁ...

17 de septiembre de 2018

Lluvia de septiembre

El verano iba tocando a su fin con la llegada del mes de septiembre, y, aunque el otoño no tendría su inicio hasta casi acabar el mes, ya empezaban a sucederse los primeros días de lluvia en todo el país, incluyendo la ciudad de Granada, donde acababa de mudarse Beatriz.

Tras un intenso verano de vacaciones en la playa, Beatriz había realizado la mudanza desde Alicante hacia Granada, la nueva ciudad donde residiría durante algún tiempo. El motivo del traslado era la necesidad de encontrar un nuevo lugar desconocido para ella, donde poder hacer lo que más le gustaba sin que la curiosidad suscitada en torno a su persona pusiese su libertad en peligro.

Tras la muerte de sus padres años atrás, y dándose la circunstancia de que no quedaba nadie más vivo de su linaje, toda la fortuna familiar pasó a ser suya. Y eso le permitía cambiarse de ciudad de residencia a su antojo, sin preocuparle la inversión económica que ello requiriese. Disponer de insultantes cantidades de dinero en distintas entidades bancarias le daba una tranquilidad enorme a Beatriz a la hora de llevar a cabo su mayor afición, en especial cuando confluían diversos factores, y necesitaba cambiar de lugar de disfrute.

Aunque Beatriz estaba próxima a cumplir los 34, llevaba ya varios años disfrutando de su mayor afición, tan oscura que nadie salvo ella y la persona implicada en cada ocasión estaban al tanto. Además, había cogido la costumbre de ponerse en marcha con las primeras lluvias de septiembre, ya que tras cada verano de relax había que volver a disfrutar, en especial cuando uno puede dedicarse sin ningún tipo de impedimento a aquello que más le gusta.

El motivo de ajustarse a ese marco temporal era sencillo. Si todo el mundo que trabajaba tenía derecho a disfrutar de unas vacaciones, ¿por qué ella, a pesar de ser millonaria y no tener trabajo, no podía disfrutar de unos meses de descanso antes de volver a asesinar gente en una nueva ciudad donde no ser investigada?

15 de mayo de 2018

Pacto tácito entre vaqueros (Parte 3 de 3)

Sin embargo, y hasta que llegara el momento de la venganza, había mucho por hacer. Entre otras cosas, Stanley estaba decidiendo qué hacer con su camarada. Pensaba cortar la soga y enterrarle, eso lo tenía claro. Pero podía adentrarse un poco más en el bosque, por si encontraba a alguna persona que viviera allí y le prestara un poco de ayuda. No era menos cierto que quizás los atacantes estuviesen descansando por la zona, aunque Stanley tenía el fuerte presentimiento de que aquellos malnacidos habrían vuelto a Rittersjäger, y justo allí iría a buscarlos. Aunque eso tardaría un poco en producirse. Lo primero era decidir qué hacer en ese momento.

Tras meditarlo un par de minutos, Stanley se enjugó las lágrimas con la manga izquierda de su camisa, y se puso en pie. Optó por buscar la piedra más afilada que hubiera por los alrededores, y una vez en su poder, la usó para cortar la cuerda del roble. Con el ahorcado ya en el suelo, Stanley le retiró la soga del cuello, e inmediatamente dejó apoyado el cadáver sobre el roble. Acto seguido, y guardando la piedra en uno de los bolsillos de su pantalón, se puso en marcha, intentando encontrar algún otro ser humano por los alrededores.

Casi había atravesado medio bosque cuando empezó a escuchar los relinchos de un caballo. Pensó que era un producto de su imaginación, debido al deteriorado estado físico en el que se encontraba. Pero se dirigió al lugar del que procedía aquel sonido, y tuvo la enorme suerte de encontrar a un tipo montando a caballo. Por suerte no era ninguno de los asaltantes de la otra noche. Al principio, y movido por su entusiasmo, Stanley se acercó con tanta brusquedad que el tipo desenfundó su revólver y le apuntó con él. Fue eso lo que devolvió a Stanley a un estado menos nervioso, haciéndole retroceder con las manos en alto.

Tras responder a algunas preguntas que le hizo aquel tipo, y que provocaron que Stanley le pusiera al día de los acontecimientos que le habían llevado allí, las cosas parecieron suavizarse. En aquellas circunstancias, y dado el pobre aspecto que ofrecía Stanley, que parecía más enfermo que peligroso, no fue difícil que el hombre del caballo sintiese compasión de la otra persona, y accediese a ayudarle con el cadáver.

Pero eso no evitó que Stanley encabezase la marcha a pie, ni que el tipo del caballo le apuntase con el revólver hasta que llegaron al roble. A fin de cuentas si un jugador quería conservar sus fichas en la partida de la vida, debía ser precavido. No obstante, cuando llegaron al roble donde estaba el cadáver, las precauciones dejaron de ser necesarias, y el hombre le reveló a Stanley que se llamaba Eugene.

Y así fue como, usando una pequeña pala que tenía Eugene en sus alforjas, Stanley y él pudieron cavar un hoyo donde enterrar al muerto. No era ni de lejos el lugar ideal para enterrar a alguien, pero no había otra opción. Con el hoyo nuevamente cubierto de tierra, Stanley dejó sobre él la soga. Pensaba volver a aquel lugar cuando todo hubiese terminado, si es que él sobrevivía a los acontecimientos, y aquella cuerda serviría de recordatorio sobre la ubicación de la improvisada tumba. Eugene y Stanley dedicaron una inclinación de cabeza a la tumba, y se prepararon para pasar la noche allí.

Stanley agradeció enormemente comer y beber algo aquella noche, ya que se sentía cada vez más débil, y reponer fuerzas de aquel modo sólo pudo ser superado por unas cuantas horas de sueño reparador. Al día siguiente, no fue necesario que Stanley pidiera ayuda para llegar a Rittersjäger, sino que el propio Eugene le ofreció montar en el caballo junto a él.

Debido a la traumática experiencia vivida con su anterior compañero de viaje, Stanley procuró no socializar mucho con Eugene, y, disculpándose por ello, tan sólo le fue dando las indicaciones necesarias para llegar a Rittersjäger. Todo el tiempo que no empleó para hablar, y que fue mucho, lo dedicó Stanley a preparar su venganza. Tenía una fuerte convicción de cómo se desarrollarían las cosas, y esperaba estar a la altura de las circunstancias.

Eugene y él Emplearon casi todo el día en llegar a su destino, pero lo consiguieron cuando la noche empezaba a cernir su manto de oscuridad sobre aquel lugar. Stanley se bajó del caballo, le pidió un último favor a Eugene, y aprovechando la ventaja que le otorgaba la oscuridad, se dirigió hacia los establos, mientras que Eugene tomó rumbo hacia el saloon.

Una vez en el interior de los establos, Stanley se sintió con energías renovadas cuando encontró allí a su caballo, junto al de su compañero muerto. No tenían marcas de haber sido maltratados, pero eso no disminuía su intensa rabia interior. El mozo de los establos apareció allí y le reconoció. Fue entonces cuando Stanley le contó lo sucedido, y le preguntó si las mismas personas que habían llevado allí esos caballos seguían en el pueblo. La respuesta del mozo fue afirmativa y contundente: estaban jugando al póker en el saloon. Eso aceleró el pulso de Stanley, que acarició el bolsillo del pantalón en cuyo interior conservaba la piedra, y supo que todo terminaría pronto, para bien o para mal.

Tras despedirse del mozo, Stanley se encaminó hacia el saloon, en cuya parte exterior le estaba esperando Eugene, tal como le había pedido. La misión de Eugene simplemente era la de evitar que cualquiera de los asaltantes que se marchara del saloon lograra huir del pueblo. Stanley le dedicó una sonrisa de agradecimiento, y se adentró en el local.

A pesar de la algarabía y la multitud de personas que había congregadas allí, no fue difícil reconocer a sus asaltantes. Estaban jugando en la misma mesa al póker junto a otras personas, y seguramente puliéndose el dinero que Stanley y su compañero les habían ganado.

Sacando la piedra del bolsillo donde la guardaba, Stanley se dirigió hacia la mesa donde aquellos malditos jugaban tan alegremente a las cartas. Uno de ellos le reconoció, pero ya era tarde, demasiado tarde. Stanley, guiado por una enorme explosión de adrenalina, actuó con una rapidez impropia de él.

Lo primero que hizo fue clavar la afilada piedra en el cuello del hombre más cercano. Acto seguido, mientras el tipo se retorcía en la silla y lo impregnaba todo de sangre, Stanley cogió la pistola que éste llevaba en el cinturón, y la desenfundó tan rápido que no dio opción a sus rivales, disparando en la cabeza de todos ellos. Stanley estaba tan poseído por la ira, que ni siquiera se percató del sepulcral silencio que súbitamente había invadido el saloon. Todas y cada una de las personas allí presentes, incluidas las que estaban sentadas en la mesa y no había matado, le miraban nerviosas.

Stanley, todavía sosteniendo en su mano el revólver que acababa de usar, cogió de la mesa la misma cantidad de dinero que le habían robado, y encontró sus alforjas colgadas en una de las sillas de los muertos. Habiendo recuperado sus pertenencias, tuvo un último instante de sádico disfrute, cuando vio al tipo apuñalado exhalar su último suspiro de vida. En sus ojos vio reflejada la sorpresa. Seguramente la misma incrédula sorpresa que él había sentido cuando les atacaron aquella noche en el arroyo.

Con paso lento pero decidido, Stanley abandonó el saloon, provocando cierta tranquilidad en las demás personas. Eugene seguía en el exterior, y en esta ocasión fue él quien le dedicó una sonrisa al otro. Stanley le dio las gracias por todo, y le ofreció la mitad de su dinero como compensación por todo. Pero Eugene no aceptó, justificando su decisión en que quizás, en otra ocasión, otra persona haría lo mismo por él si el destino le hacía una jugarreta.  

Y así fue como ambos hombres se despidieron, deseándose suerte en su camino. Eugene se internó en el saloon, cuya algarabía volvía poco a poco, y Stanley se dirigió hacia el establo. Una vez allí, se montó en su caballo, y tras decirle al mozo que se quedara el animal que había pertenecido a su amigo muerto, se marchó.

Fiel a su promesa, Stanley regresó un par de días después junto al roble donde estaba enterrado su amigo, para despedirse de él por última vez. El círculo de la venganza se había cerrado, y Stanley había cumplido su promesa de venganza, su pacto tácito entre vaqueros.

FIN

7 de mayo de 2018

Pacto tácito entre vaqueros (Parte 2 de 3)

Los vacíos de sus recuerdos se rellenaron súbitamente cuando vio al hombre de color frente a él, ahorcado en una de las ramas del roble. El tipo que había conocido jugando a las cartas, y con el que había tenido esa extraña afinidad, yacía muerto ante él. Stanley sabía ahora cómo había ocurrido lo del riachuelo, pero desconocía el por qué.

Mientras observaba con una profunda tristeza el cuerpo sin vida de aquel desafortunado cuyo nombre no había llegado a conocer, Stanley recordó que, justo a la mañana siguiente de la partida de póker, se había levantado con una resaca tremenda. Tras invertir un tiempo considerable en recoger sus pertenencias y abandonar la habitación, se despidió del dueño del saloon, encaminándose a los establos de Rittersjäger. Allí le pagó al mozo una generosa suma por haber cuidado de su caballo, y tras colocar sobre el equino la silla de montar y las alforjas, se subió sobre él y abandonó el lugar.

Una vez alcanzó la entrada del pueblo, Stanley se había encontrado con el hombre de color, que también iba sobre un caballo. Tras un movimiento de sus cabezas a modo de saludo, tuvieron una breve charla. Aunque sus destinos eran diferentes, durante gran parte del viaje debían ir por el mismo camino, así que era agradable para ambos la idea de hacerse compañía. Y a pesar de que no se habían presentado formalmente, se marcharon juntos de Rittersjäger. Stanley pensaba ahora en el error que cometió al no preguntarle cómo se llamaba, pero en su momento había pensado que tarde o temprano se produciría una presentación. Quizás en el momento de tomar caminos distintos, pero cómo iba a saber él lo que ocurriría…

Ni Stanley ni su compañero de póker y viaje se percataron de que, al abandonar el pueblo, estaban siendo observados por un grupo de varios hombres. Dichos tipejos, llenos de rabia por haber perdido una considerable suma de dinero en la partida de la noche anterior, se habían aliado con el fin de recuperar sus ganancias, y para ello atacarían a aquel negro indigno no sólo de entrar a un saloon, sino de montar a caballo. Si tenían que matarle, lo matarían, y nadie se arrepentiría por ello.

La idea acordada por el grupo era seguirle a una distancia prudente, y emboscarle en pleno desierto y no en el pueblo. No querían ser vistos por nadie, ni por consiguiente ser interrogados o encarcelados por las autoridades locales. El plan no contaba con el hecho de que habría otra persona en la ecuación, que además también les había desplumado. Pero el resentimiento no iba dirigido contra él, sino que las motivaciones violentas estaban fundamentadas por el color de la piel y los privilegios de los que gozaba alguien que debía servir como esclavo y no transitar libre como un conejo de campo.

Y fueron transcurriendo las horas mientras Stanley y su compañero cabalgaban con calma y estaban enfrascados en conversaciones triviales, al tiempo que sus perseguidores no les perdían ojo desde la distancia. El día fue avanzando lenta e inexorablemente. Hubo tiempo de que ambos grupos de personas parasen a comer, para posteriormente reanudar la marcha.

Ya avanzada la tarde, Stanley y su compañero avistaron el riachuelo, y deseosos de refrescarse tras el fatigoso viaje, acordaron pasar la noche allí. Aquella decisión selló el destino de ambos, pero teniendo tras de sí a esos perseguidores cuya presencia ignoraban… ¿acaso otra elección habría cambiado las cosas? Seguramente no. Pero ya se sabe cómo es la mente humana, que ansía aferrarse al recuerdo de las malas decisiones para martirizarnos por cómo devienen las cosas.

Al tiempo que Stanley se debatía sobre cómo bajar del roble al muerto, se le iban agolpando en la mente los últimos sucesos que vivió antes de quedar fuera de combate. Cuando él y su compañero se disponían a cenar, fueron asaltados por un grupo de tipos violentos. Uno de ellos le propinó al hombre de color un golpe tan violento con la culata de un revólver, que Stanley vio cómo le saltaban algunos dientes de la boca.

A pesar de la escasa luz natural que quedaba en el cielo, Stanley pudo reconocer a un par de los asaltantes. Eran tipos a los que había desplumado al póker la noche anterior. En su momento no le había dado importancia, ya que por su propia experiencia como jugador, unas veces se gana y otras se pierde, y jamás había sido atacado por esa causa. Pero la sorpresa de ser asaltado por aquellas personas era dolorosa.

Instantes antes de que él les dijera que podían quedarse el dinero si eso buscaban, sintió un fuerte impacto en su cuello que le dejó noqueado. El resto no era difícil de imaginar. Tras comprobar que él no representaba amenaza alguna, ni en aquel momento ni a largo plazo al robarle el caballo y sus pertenencias, los asaltantes se marcharon de allí con el compañero de Stanley y los caballos. El colofón al ataque estaba justo delante de Stanley.

No era el primer ahorcado que veía en su vida, pero sí la primera vez que se sentía vinculado a la persona cuya vida había sido extinguida contra su voluntad. Stanley no pudo evitar derrumbarse entonces, cayendo al suelo de rodillas, y dejando que sus lágrimas manaran de sus ojos en abundancia. La tristeza por lo sucedido dominó sus pensamientos durante un rato, cediendo paso a la frustración por no haber cambiado el desenlace de las cosas.

Una ligera corriente de aire provocó el balanceo del muerto, y los sentimientos de Stanley iban tornándose más oscuros entonces. Ya no sentía solamente pena y frustración, sino que en su interior se iba abriendo paso una sensación que hacía mucho tiempo que no albergaba: la ira. Stanley apretó con fuerza sus puños, y, sin dejar de mirar al compañero caído, le hizo mentalmente una promesa. No descansaría hasta vengar aquella atrocidad.

Podía aceptar que le robaran, que le golpearan, e incluso que le dejaran inconsciente. La vida en el oeste no era fácil y formaba parte del juego. Pero lo que Stanley no iba a tolerar, era el asesinato de una persona que no había hecho nada para merecerlo, y cuyo final había sido tan cruel. Puede que no conociera el nombre de aquel hombre, pero habían compartido camaradería y complicidad aquellos días. Iban encaminados a forjar el inicio de una buena amistad, y aquello convertía las cosas en algo muy personal.

Para Stanley, la obligación de vengar aquel daño era imperiosa, y pensaba llegar hasta el final. Aunque no estuviese escrito en ningún lugar, cuando un camarada era asesinado, debía ser vengado. Era un pacto tácito entre vaqueros, y Stanley dedicaría todo su empeño en resolver aquello. Se arrepentirían de haberle dejado con vida.


30 de abril de 2018

Pacto tácito entre vaqueros (Parte 1 de 3)

Saludos, tras una temporada sin publicar relatos en el blog, y con el ánimo de cambiar eso y no dejar de avivar este espacio que tantas cosas buenas me ha aportado, os traigo un nuevo relato que estoy escribiendo. He decidido dividirlo en 3 partes, respetando el esquema de introducción, nudo y desenlace que una historia trágica merece. 

Y mi género elegido para la ocasión ha sido el western, que tanto me gusta y donde tanto disfruto contando historias. Espero que la lectura os merezca la pena y os quedéis con ganas de la próxima entrega...

Pacto tácito entre vaqueros

Aunque le despertó un dolor lacerante en el cuello, lo primero que escuchó Stanley al despertar, fue el sonido del agua a su alrededor. La luz del sol incidía con tanta fuerza sobre sus ojos recién abiertos, que se vio obligado a girar la cabeza hacia un lado para poder recobrar la vista, y ver algo más que una enorme mancha blanquecina en el horizonte.

Un par de minutos después, Stanley pudo constatar que el sonido de agua fluyendo se debía al riachuelo que había a pocos metros de él. No sabía cómo había acabado allí, tirado sobre una porción de tierra ligeramente enfangada, pero cuando se tocó la parte posterior del cuello, de la cual procedía el dolor que sentía, notó un bulto y una sustancia pegajosa. Tras mojar sus dedos con dicha sustancia y echar un vistazo al color carmesí de la misma, no tuvo ninguna duda de que era sangre. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que le hicieran esa herida? ¿Cómo y por qué se la habían provocado?

Haciendo un considerable esfuerzo mental, empezó a recordar pequeños fragmentos de lo sucedido en días anteriores. No tenía ninguna duda de que, subido a lomos de su caballo, se había dirigido desde Kansas hasta el pueblo de Rittersjäger. Una vez allí, se internó en el saloon de dicho lugar, donde alquiló una habitación al dueño, y además conoció a un hombre de color muy simpático. Stanley recordaba que, por alguna extraña razón, aquel tipo le había caído realmente bien.

Ambos se habían ganado un buen dinero jugando al póker, sin actuar como un equipo, pero teniendo una inesperada complicidad que les permitió machacar al resto de jugadores que fueron desfilando por la mesa. Terminadas las partidas y borrachos como cubas, Stanley y aquel tipo, que no había llegado a decirle su nombre, se habían dado un apretón de manos antes de irse en direcciones opuestas.

El empuje de los últimos recuerdos de Stanley le sirvió para saber que, tras haberse despedido, se había encaminado, no sin cierta dificultad por la borrachera que tenía, rumbo a su habitación, cayendo en su cama como un peso muerto al poco de cerrar la puerta. Aquellas revelaciones eran esclarecedoras, pero no explicaban cómo había llegado del saloon a aquel lugar junto al riachuelo. Debía de haber algo más, y Stanley esperaba poder acordarse tarde o temprano.

Cuando se levantó del suelo, se dio cuenta de que no llevaba puesta su cartuchera, y por consiguiente, no tenía tampoco su revólver. Sintiéndose un tanto indefenso, se acercó a la corriente de agua para beber un poco y limpiarse la herida. Tras observar a su alrededor, no vio a ninguna otra persona, tan sólo algunos pájaros sobrevolando el cielo.

¿Dónde estaba su caballo? Llevaba tres años cabalgando sobre el mismo animal, y era insólito que no estuviera cerca. De hecho, cuando Stanley chifló para llamarle, no obtuvo respuesta. Pasaron algunos minutos más mientras alternaba chiflidos con voces llamando a su caballo, pero el resultado fue el mismo de antes. ¿Qué demonios había pasado? ¿Le habían asaltado robándole su medio de transporte?

El hecho de no ver a su caballo en las cercanías dolía doblemente. En primer lugar por el cariño que le tenía. Y por otra parte… porque en las alforjas que llevaba a cuestas se encontraban todo el dinero y la comida que tenía Stanley. Así que ahí se encontraba él, en mitad de ninguna parte, con sus recuerdos más agujereados que un colador, y sin arma, alimento ni dinero. Al menos el dolor del cuello iba remitiendo un poco. Había que mirar lo único positivo de la situación.

Un rato después, decidió marcharse de aquel lugar. Vio numerosas huellas de caballos más allá de la zona fangosa en la cual había despertado, y eso le despertó la curiosidad. ¿Serían de las personas que le habían golpeado y robado? No es que el respeto al prójimo constituyese el mantra del salvaje oeste, así que Stanley dudaba mucho que las huellas fuesen de personas distintas que hubiesen pasado por allí, mientras él estaba inconsciente. Debían ser de sus agresores. Y aunque él no era ningún experto siguiendo rastros, decidió ir en la dirección en la que iba viendo más huellas. No perdía nada por hacerlo.  

Transcurrieron algunas horas de caminata solitaria, sin encontrar a otras personas, y aunque hacía tiempo que Stanley había dejado de ver el rastro que seguía, el avistamiento de una pequeña extensión boscosa le levantó un poco el ánimo. Quizás ahí obtuviese más respuestas, o quizás se encontrase al fin a otro ser humano. Había visto muchos animales por el camino, pero no era lo que él deseaba. En su situación actual, la idea de encontrarse con alguien como él le hacía sentir cierta calidez.

Sin embargo, aquel sentimiento se esfumó de un plumazo, cuando se adentró entre los árboles y llegó a un claro en aquel pequeño bosque. En dicho lugar se encontró un enorme roble, y colgando de él estaba…

      - Malditos hijos de perra, ahora ya sé lo que me pasó.

10 de abril de 2018

Colaboración en el número 6 de Hormigas

¡Hola a todo el mundo! Lamento tener abandonado el blog estos últimos meses, tanto en lo que a publicaciones propias se refiere, como en lo referente a leer a l@s bloguer@s que habitualmente sigo. Al final cuando el tiempo de ocio escasea estos medios se resienten un poco. 

Pero bueno, hoy os comparto lo que ha sido mi última aportación al mundo del cómic, una colaboración pequeña y modesta pero que me ha hecho ilusión, porque llevaba un tiempo queriendo participar en la publicación granadina "Hormigas", y al fin, en su 6º número, lo he logrado je je. 

Hormigas es un fanzine de cómic que lleva ya 6 años activo en Granada, y para este nuevo número me dejaron formar parte del equipo artístico. La temática de este año eran los superpoderes, de ahí que mi historia sea de ese género, aunque con ese giro final que sabéis que me gusta hacer je je. 

Los dibujos de mi historia han corrido a cargo de mi amiga Raquel Sherman, y además de nuestra historieta os adjunto algunas fotos de la presentación (para quien no me conozca, soy el chico que en la foto de grupo está abajo con sudadera gris), de la mascota de Hormigas (con todo el respeto a Fray Leopoldo), así como la portada de dicha publicación, dibujada para la ocasión por nada más y nada menos que... ¡Jan, el creador de Superlópez! 




Y aquí está mi aportación, una historieta de 2 páginas titulada... "Consejos ajenos". Espero que no os deje indiferentes, y será un placer leer y responder los comentarios que queráis dejarme. ¡Hasta la próxima!