7 de octubre de 2018

La casa familiar - Introducción

Saludos burbujeantes estimadas/os lectoras/es. Aunque estoy inmerso en otros proyectos de letras que requieren de una atención más intensa, sigo sin querer descuidar del todo mi blog. Es por ello que, con la ilusión de ofreceros una nueva historia por capítulos que os pueda enganchar en su lectura tanto como a mi en su escritura, os comparto mi más reciente creación.

La historia se titula "La casa familiar", y aquí os comparto la introducción de la misma. Espero que os deje con ganas de saber más sobre dicho inmueble.


Intento de robo a la luz de la luna

Su contacto le había dicho que iba a ser algo fácil, como quitarle un caramelo a un niño. Lo único difícil, y eso hablaba de la sencillez de la operación, era saltar por encima de la verja que delimitaba la casa que Pedro pretendía robar. El que el robo fuera a producirse de noche y lejos de posibles testigos, no hacía sino aumentar la confianza de Pedro en que todo saldría a pedir de boca.

Pero las cosas no siempre son tan sencillas como nos las quieren vender, ya que a veces todo se tuerce de distintas formas, por inverosímiles que parezcan una vez se analizan fríamente. Y eso es lo que le pasó a Pedro, el cual, una vez frustrado su intento de robo, no daba crédito a ninguna de las explicaciones que pasaban por su cabeza. En un último intento de esclarecer lo que había pasado, volvió a recordar por última vez cómo había ocurrido todo…

Habían pasado ya algunos minutos de la una de la madrugada cuando Pedro aparcó su coche un par de calles por debajo de la casa que pretendía robar. Seguramente no habría existido problema si lo hubiera dejado en la misma calle del inmueble, pero quizás fuese tentar demasiado al azar. Tras apearse de su vehículo, abrió el maletero y cogió una mochila y una bolsa de deporte. En la mochila llevaba los utensilios que necesitaría para el robo en sí, mientras que la bolsa, que estaba vacía, serviría para introducir lo que robase. Tras colocarse la mochila en la espalda y agarrar la bolsa con una mano, cerró el maletero y empezó a caminar.

La noche era bastante tranquila, y ninguna de las casas que había a lo largo del camino tenía las luces encendidas, así que la única iluminación que existía en aquel momento era la conformada por las farolas de la calle y la luz de la luna. Pedro pensó que aquello tenía cierto toque romántico, ya que él le había echado el ojo anteriormente a la casa a la que se dirigía, y pretendía intimar con ella introduciéndose en su interior con todo el cuidado y maña de que fuera capaz, como un buen amante.

A medida que se iba acercando, comprobó que no había ninguna luz encendida en la casa. El propietario seguramente estaría durmiendo, lo cual podía representar un riesgo para Pedro a la hora de no ser descubierto, pero si las cosas se ponían feas, llevaba en su mochila una pistola de imitación, tan real como las auténticas, que le permitiría asustar al dueño. También llevaba una cuerda para reducirlo y atarlo a su cama o a algún mueble, y que así no pudiera pedir auxilio o intentar ofrecer resistencia. A Pedro no le gustaba nada la violencia física, por eso iba preparado para ser él quien llevara la batuta en estos casos, y evitar ese tipo de situaciones. ¿Quién disfrutaría de un botín si lo atrapaba la policía o mataba a alguien? Él no podría vivir con eso último en su conciencia.

Una vez que estuvo frente a su “damisela”, Pedro repasó visualmente los exteriores. En sus anteriores visitas por la zona se había fijado en que aquella casa no tenía ninguna alarma, lo cual era extraño tanto por la alejada ubicación de la urbanización, en una zona periférica del pueblo de Ogiar, como por la belleza del inmueble en sí. Y es que, a pesar de la reducida visibilidad nocturna, era imposible no sentirse embelesado por aquella construcción, de aspecto señorial. Cada pared, cada curva del edificio, eran poesía pura para alguien que vivía en un cuchitril deprimente en plena ciudad, como era el caso de Pedro.

Era difícil no envidiar al propietario de la casa. Y claro, presuponiendo que quien vivía en aquel palacete debía tener el suficiente dinero para su mantenimiento, Pedro tenía la conciencia tranquila respecto a robarle. Seguramente por mucho que se llevara de allí, no supondría un gran picotazo para aquella persona. La única duda para el ladrón era simple, si no había alarmas, y tampoco había visto ningún perro en aquella propiedad, ¿quedaría alguna medida de seguridad que él no hubiera encontrado?

Había que intentar resolver aquello antes de lanzarse al ataque, porque, una vez que escalara la verja exterior y se adentrara en el terreno circundante de la casa, no tendría tiempo de pararse a pensar. Apelando al tópico de que sin riesgo no hay victoria, Pedro se puso en marcha. Se aseguró la bolsa de deporte a la espalda, y empezó a escalar la verja.

Algo no iba bien, pero debían ser los nervios que tenía Pedro, que no terminaba de acostumbrarse a aquella parte de su tarea. Sí, debía de ser eso, porque sudaba copiosamente, como si estuviera ascendiendo una escarpada montaña en lugar de una simple verja de metal fundido. Sin embargo, tras un par de minutos escalando, definitivamente algo no iba bien. ¿Cómo podía ser que llevara un rato intentando subir por una verja que debía sortearse con facilidad?

Además, Pedro tenía sensación de vértigo, y eso era ridículo, la verja no tendría una altura de más de 3 metros. Miró hacia arriba, y comprobó que todavía le quedaba verja por subir antes de llegar al final de la misma. Miró al frente y vio la casa tan apagada y tranquila como antes. Se atrevió a mirar hacia abajo y sintió una punzada de terror en su interior, porque… ¡parecía estar a más de 20 metros del suelo!

Aquello era a todas luces inverosímil y no podía estar sucediendo. Porque si eso fuera realidad, si tan sólo una parte de aquello estuviese ocurriendo realmente… habría que llegar a la conclusión de que la verja tenía vida propia, y no sólo eso, sino que estaba aumentando su tamaño, impidiendo que Pedro llegara hasta arriba y accediera al otro lado. ¿En qué mente cabía esa explicación? En una desquiciada, de eso no cabía ninguna duda, y Pedro podría ser muchas cosas, pero no se consideraba una persona desequilibrada. Ni siquiera bebía alcohol, así que, ¿cómo podía estar en esa tesitura, parado a media altura de una verja que desde el suelo tenía una altura, y una vez subido a ella, esa altura aumentaba asombrosamente?  

Tras sacudirse un poco la inquietud que inundaba su ser, decidió seguir ascendiendo. Pero, tras un par de minutos más de subida, y comprobando que no sólo no llega a la parte alta, sino que cada vez estaba a más altura del suelo, decidió bajar. No tenía sentido seguir, al menos no aquella noche. El último toque surrealista de la noche fue que, a pesar de sentirse suspendido a muchos metros del suelo, Pedro no tuvo que emplear más de un minuto en bajar de la verja. Asustado, la recorrió con la vista hasta arriba, y tenía la misma altura que antes de subirse a ella. ¿Cómo era posible?

Desanimado, pero no dándose por vencido para intentarlo en otra ocasión, Pedro echó un último vistazo a la casa, como si quisiera despedirse visualmente de su femme fatale hasta un nuevo encuentro. Una vez que llegó al coche, guardó la mochila y la bolsa y se sentó tras el volante. Desde que arrancó el vehículo hasta que llegó a su casa y se metió en la cama, no dejaba de pensar en lo sucedido. Aquello debía tener alguna explicación meridianamente lógica. Porque entonces, si había que recurrir a lo ilógico, y aquello fue lo último que pensó Pedro antes de quedarse dormido, sólo cabía preguntarse una cosa… ¿acaso estaba embrujada aquella casa?


CONTINUARÁ...