28 de abril de 2017

Fin de trayecto (Parte 1 de 2)

Nota introductoria: He de confesar que este texto lo escribí hace casi dos años y con motivo de un concurso de terror. Como ya ha pasado un tiempo desde entonces, me apetecía compartirlo con quienes tengan ganas de leerlo y expresar sus opiniones. No he modificado nada, por lo que para bien o mal, está escrito del modo en que escribía hace tiempo, así que espero que os guste.


Fin de trayecto

El potente rugido del motor al encenderse, le hizo pensar a Mario que aún quedaban 2 viajes más para finalizar el itinerario y terminar el turno de noche. Mario conducía un autobús de línea que conectaba un pueblo de Granada con el centro de la ciudad. Eran las 22 de la noche, hora de salir desde el pueblo hacia la ciudad, para una vez allí, volver y guardar el autobús en la cochera de la empresa. Una vez que Mario comprobó la hora, quitó el freno de mano y puso en marcha el vehículo. La noche estaba siendo bastante fría y lluviosa; no en vano era pleno invierno, y hacía varios días que no dejaba de llover y las temperaturas estaban siendo bien bajas, rozando los 0 grados, e incluso en ocasiones por debajo de esa franja. El trayecto desde el pueblo hasta la última parada en Granada capital, duraba alrededor de una hora, y hasta alcanzar los alrededores de la ciudad, transcurría por una carretera poco iluminada y con algunas partes mal asfaltadas, algo que había que agradecer a la genial gestión de obras públicas del ayuntamiento municipal.

Mario fijó bien la vista en la carretera, ya que la lluvia y la poca iluminación de la misma hacían complicada la tarea de ver pasajeros a los que recoger. Sin duda era una noche para estar en casa, acompañado de una buena chimenea y oyendo un buen disco de música, quizá con alguien especial como acompañante. Una pena que para Mario eso no fuera posible, y no por el hecho de estar trabajando no, pues si sólo fuera eso ejecutaría tal plan encantado al volver a casa. No era posible porque para empezar, le había dejado su mujer hacía un par de semanas, alegando “disparidad de aficiones y ambiciones en la vida” (¿y después de tres años de pareja y tres de casados se daba cuenta de eso?). También contribuían dos cosas además de la agudeza mental de su mujer: el hecho de que a la chimenea de su casa le hacía falta un arreglo que había aplazado indefinidamente, y que su “ambiciosamente dispar” señora se había marchado de casa cogiendo entre otras cosas gran parte de su colección de discos de música. Así que, como dice la popular frase “ajo y agua” se dijo Mario, y centró su atención totalmente en la carretera, dejando de perder el tiempo en pensamientos agradables pero inejecutables a corto plazo. 

No tardó en llegar a la primera parada del recorrido, deteniendo el vehículo para recoger a dos personas que esperaban bajo un paraguas. Abrió la puerta y observó a la mujer anciana que subía trabajosamente los peldaños, mientras la otra persona, que debía ser su marido por la edad, plegaba pacientemente sus paraguas. Al terminar de subir la anciana los peldaños del vehículo, pasó al lado de Mario y le saludó amablemente, y segundos después hizo lo mismo su acompañante, con la diferencia de que él pagó el pasaje de ambos, y no gesticuló palabra alguna. Una vez que Mario le dio los resguardos de haber pagado el viaje y el hombre se sentó con su mujer, el vehículo reanudó la marcha.

Disparidad de aficiones y ambiciones en la vida...Mario no quería recordarlo pero su subconsciente fue travieso y lo torturó un poco. ¿Cómo puede ser que tras seis años con alguien, te deje por esas razones? La respuesta a la pregunta era tan simple como que había una tercera persona, o bien su mujer tenía más serrín en la cabeza del que nunca había imaginado. Pero Mario no tenía más ganas de pensar en el asunto, así que volvió a dejar la mente en blanco y centrarse en la carretera.

La siguiente parada estaba desierta, así que el autobús pasó de largo por la tranquila calle del pueblo a la que acababa de llegar. Mientras tanto continuaba el golpeteo incesante de agua sobre los cristales del autobús. Mario tendría pronto sus vacaciones, justo al finalizar el mes. La perspectiva de disfrutar de un mes en el principio de su nueva (pero ya vivida antes) etapa de soltería, le levantaba un poco el ánimo, tan oscuro últimamente como la noche que envolvía al autobús en sus entrañas. A escasos metros de la tercera parada, avistó a varias personas refugiadas de la lluvia bajo sus paraguas, y empezó a aminorar la marcha. Una vez detenido el vehículo, Mario inició la maniobra habitual: apertura de puertas y cobro a los pasajeros. En esta ocasión subieron un hombre y dos mujeres, siendo una de ellas la primera en pagar, y sentándose seguidamente en un espacio de cuatro asientos colocados de frente. La siguiente persona fue la otra mujer, que pasó de largo a Mario y observó los gestos que con la mano le hacía la anterior. El hombre que iba con ellas le pagó a Mario, al tiempo que en voz baja le insistía a la segunda mujer en “no sentarse con su pesada vecina” según oyó Mario.

Finalmente, y tras el caso omiso que le hizo la mujer, acabaron sentándose junto a la otra, que esbozaba una sonrisa de satisfacción y empezaba a charlar animadamente. Mario cerró la puerta y arrancó de nuevo. Apenas avanzados un par de metros, se oyeron unos golpes en el lateral del autobús. Mario miró al espejo exterior derecho y observó a dos chicos corriendo, haciendo señas de que parase. Y entonces Mario paró la marcha, abrió la puerta y los dos chicos que venían corriendo y que estaban empapados, le agradecieron parar, le pagaron, y se reanudó la marcha.

Parecía mentira, el autobús aún no había salido del pueblo y apenas se veía nada claramente, gracias a la tétrica iluminación brindada por las escasas y distanciadas farolas de las calles. Hacia la mitad del pueblo, llegando casi a la zona donde se ubicaba el ayuntamiento municipal, estaba la 4ª parada del trayecto. Mario recogió allí a una chica de aspecto gótico y tez demasiado pálida que ni le miró al pagar el viaje, y a un hombre vestido elegantemente con un traje negro a rayas y gabardina oscura, de aspecto mucho más colorido que la chica de hace unos instantes. Qué diferencia de contrastes pensó Mario mientras el hombre le dedicaba una amplia sonrisa (como la de los anuncios de pasta dentífrica que salen en la televisión), y se acomodaba en el último asiento del vehículo.

Mario volvió a circular y tomó rumbo a la 5ª parada, situada casi al final del pueblo, en los alrededores de la zona residencial en la que él vivía. El recuerdo de su casa le dio una cálida sensación de confort, rota inmediatamente cuando pensó que nadie le recibiría al llegar, ni siquiera un perro o un gato, ya que su mujer los odiaba. Tampoco le ayudó ver salir humo de las chimeneas de varias casas colindantes a la suya, dándole una gran sensación de envidia, y no precisamente de la sana. Pasó de largo al no esperar nadie en la calle por donde había de parar el vehículo, y enfiló a gran velocidad la última parte del trayecto, que era toda en línea recta. En la 6ª y última parada, no tardó en divisar a una persona alzándole el brazo en señal de que parase, y así lo hizo. Observó entre curioso y crítico al último pasajero, que era un chico de aspecto hippie: pelo con rastas, ropa holgada y de colores verdosos, y varios parches cosidos en la chaqueta que llevaba puesta, uno de los cuales decía “Yo también fumo como Bob Marley ¿y qué?” bastante pintoresco.

El chico tenía los ojos notablemente enrojecidos, y su expresión facial era una mezcla entre relajada y a media sonrisa. Éste sí que ha fumado como Bob Marley hoy pensó Mario, e incluso puede estar viéndolo todo de color verde ahora. El hippie se tomó su tiempo para sacar su monedero de tela con los vivachos colores de la bandera de Jamaica. Igualmente se tomó su tiempo para sacar el dinero del viaje. Mario pudo oír a uno de los pasajeros decir “el hippie éste se cree que tenemos todo el tiempo del mundo”. Los movimientos a cámara lenta siguieron, llegando a impacientar a Mario, que pensaba que el colofón a eso sería que además le faltara dinero al chico. Tal cosa le resultó graciosa cuando la imaginó en su mente, y empezó a sentirse más animado. Sin embargo eso no pasó, y una vez abonado el importe del viaje, el hippie continuó con su parsimonia yendo hasta el final del vehículo, a sentarse cerca del hombre “sonrisa dentífrica” (el cual esbozó otra sonrisa amplia) y la chica gótica. Diferencia de contrastes: segunda parte, pensó nuestro irónico chófer, al divisar al pintoresco trío de pasajeros del final. Volvió a sentir cómo su ánimo subía unos grados más, y arrancó de nuevo, saliendo de los límites urbanizados del pueblo, donde ya no había más pasajeros que recoger.

Desde que se salía del pueblo hasta que se llegaba a Granada capital, el trayecto duraba unos 45 minutos. Y hasta llegar a carreteras mejor iluminadas, aún quedaban unos 30 minutos, así que Mario despejó del todo su mente, centró la vista en la carretera, y prestó toda su atención a esa labor. Mientras él se mostraba única y exclusivamente centrado en la conducción, las dos mujeres que habían subido en la misma parada seguían hablando alegremente, mientras el marido de una de ellas miraba resignado por la ventana. La pareja de ancianos estaba abrazada y silenciosa. Los jóvenes que casi pierden el autobús estaban jugando con sus teléfonos. La chica gótica escuchaba música por unos auriculares mientras leía un libro. El chico hippie parecía sumido en su mundo interior. Y el hombre “sonrisa dentífrica” hablaba por su teléfono móvil, aunque sin dejar de sonreír. Cualquier persona que hubiese reparado en esa sonrisa perpetua similar a la de Jack Nicholson haciendo de “Joker”, habría pensado que a aquella persona le pasaba algo. Lo que solamente una de las personas ocupantes del autobús sabía, es que de un momento a otro, iba a ocurrir algo terrible para el resto.

El autobús entró en un tramo especialmente oscuro de la carretera, donde no había más vehículos circulando. La estampa no podía ser más solitaria en una noche tan tormentosa, donde lo deseable era estar resguardado de ella en casa. Mario seguía concentrado en mantener firme el rumbo, a pesar del incesante golpeteo de la lluvia sobre el parabrisas y la poca visibilidad. Sin embargo, una gélida voz rompió totalmente su concentración, poniéndole el vello de punta. Esa voz resonó con fuerza en todo el autobús anunciando algo:

- Que comience el espectáculo.

A la voz le acompañó un chasquido de dedos, y todas las luces del autobús empezaron a apagarse. A continuación Mario observó por el retrovisor dos puntos rojos en el fondo del autobús, y sintió el mayor terror que jamás había experimentado. Empezaron a oírse gritos en la parte trasera del vehículo, auténticos gritos de dolor. Mario trató de aferrarse al volante para no salirse de la carretera, pero podía notar cómo su corazón se desbocaba y latía sin ningún control. Los gritos no dejaban de sucederse, y la muerte sobrevolaba el interior del autobús. Se escuchaban multitud de ruidos, sonidos pringosos, y otros similares a cuando una persona se pone a sorber sin miramientos de una pajita. 

Cuando el autobús sobrepasó una de las pocas farolas de la carretera, Mario tuvo unos segundos para observar con claridad lo que sucedía a su espalda. Habían bastado esos segundos para helarle la sangre y destrozar su cordura. Lo que había observado…eran esos dos puntos rojos…y la figura horripilante a la que pertenecían esos puntos, que no eran otra cosa que sus ojos. Mario creyó ver que en la cabeza de aquella figura había un par de cuernos, y no pudo evitar pensar en películas de terror baratas, de aquellas que trataban de luchas contra demonios. Sin embargo, lo más espantoso que Mario había observado durante los segundos que miró al retrovisor, no fue el aspecto de aquella especie de demonio. Lo más terrorífico de todo, había sido ver lo que estaba haciendo, que era abrir el pecho de una de las mujeres del autobús, succionando algo de su interior. Mario supo desde el instante en que lo vio que aquella imagen le acompañaría el resto de su vida.

9 de abril de 2017

Un encargo importante

Nota introductoria: Aunque este texto puede leerse de manera independiente, la anterior aparición de Windor, en la que cuento su primer paseo por los terrenos de Trascania, una vez que ya es consejero real, así como el primer "no" consejo que le da al rey Berinio, tiene lugar en "Aprendiendo a desaconsejar" (para leerlo, clickad en el título).

Este texto que podéis leer a continuación, retoma la historia de Windor desde que aconseja por primera vez al rey, y empieza a potenciar su habilidad en tal arte.


Un encargo importante

Con el paso de las semanas, el arte de Windor a la hora de desaconsejar se había ido perfeccionando. Estaba en racha, o como diría un comentarista del “burro-cesto” (deporte donde unos tipos subidos en burros intentaban encestar un balón dentro de un tonel lleno de cerveza, bebiendo un trago por cada tanto anotado), estaba empezando a “calentar la muñeca y el gaznate”. Porque sí, poco a poco Windor había ido logrando que se produjeran pequeñas mejoras dentro del castillo de Trascania.

Su primera victoria ante Berinio había tenido por premio la contratación de una bibliotecaria. Es cierto que era una mujer octogenaria, y que tardaba lo que no estaba en los escritos en localizar algún libro que se le pedía, pero era mejor que no tener a nadie en aquel lugar. Y por increíble que pareciera, Windor había logrado convencer a su vez al rey de que era necesario contratar a alguien que mantuviera limpia la biblioteca. A fin de cuentas, no daba buena impresión para un visitante el notar que el polvo acumulado en cada estantería, tenía más pátina que la propia bibliotecaria.

Por otra parte, se habían ido mejorando algunos otros aspectos dentro del castillo. Windor ya disponía en su torreón de un mobiliario en mejor estado que el que había cuando entró la primera vez. Podía conciliar el sueño sin miedo de que las patas de la cama se rompieran por su mal estado, o sin temor de que lloviera y la falta de techo le provocara un despertar húmedo diferente al más conocido. Sin olvidarse del hecho importante de que se podía pasear dentro de la habitación sin meter el pie en algún agujero del suelo. La cosa iba mejorando poco a poco.

Sí es cierto que había otras cuestiones negativas que, lejos de mejorar, seguían multiplicándose, como los intentos del ayudante de cámara para que Windor cayera en alguna de sus trampas. Habiendo aprendido la lección de que con perros rabiosos es mejor no jugar, el ayudante optaba por diferentes maneras para hacerle imposible la vida al mago. Y una cosa era cierta, a pesar de sus fracasos, aquel tipo tenía unas ideas de lo más originales.

Había intentado sorprender al mago en el torreón, metiéndose en el interior del baúl de éste, pero su plan había terminado con el pobre ayudante aporreando la madera porque se quedaba sin aire, provocando que Windor se asustara sí, pero por miedo a que el tipo la espichara de aquella forma en sus dependencias. También había probado a esconderse en el interior de una armadura mientras otro empleado del castillo hacía lo mismo con otra, con la intención de que el último hiciera de señuelo ante el mago. Aquello había fracasado porque aquel empleado era alérgico al polvo de la armadura, y sus continuos estornudos alertaron a Windor. Por último, y en un claro intento de desesperación, el ayudante de cámara había recurrido a…¡¡¡la paloma jugadora de póker!!!

Tras convencerla de que recibiría un buen pago por cagarse en la ropa de Windor cada vez que éste saliese del castillo, el plan falló por una sencilla razón: Windor había averiguado lo que el ayudante de cámara tramaba (¿no es sospechoso que una persona se tape la boca mientras le susurra propuestas indecentes a una paloma?), y siempre que salía del castillo usaba un parasol. Originariamente el color de la tela del utensilio había sido negra, pero con la cantidad de cagadas de paloma que había recibido, los puntos de negro que quedaban eran tan escasos, que parecía una chirimoya una vez abierta.

Otra de las cosas que Windor añadió a su lista de quehaceres, fue visitar los bosques circundantes del castillo. A fin de cuentas, sus paseos diarios se limitaban a ir desde la puerta del castillo hasta los muelles, y siempre lo hacía por el mismo camino, pasando por la “Posada del inepto”, en lugar de optar por otras rutas. Es por ello que algunas partes del reino le eran desconocidas, y se había propuesto remediar tal circunstancia. Ya se sabe, la información no solamente es poder, sino que contribuye a estar mejor preparado ante cualquier eventualidad.  

Y con tal fin, y aprovechando un magnífico y soleado día, Windor se dirigió a uno de los bosques de Trascania. Para familiarizarse con la zona, optó por empezar con el más cercano al castillo, ya que había bastantes en el reino. Era de agradecer que no abundaran los leñadores en aquel lugar, ya que una de las cosas que más entristecía a Windor era ver bosques talados. Aceptaba que el uso de la madera formaba parte necesaria de la vida humana, pero eso no restaba un ápice a la desolación que sentía cuando la tala era excesiva más allá de las necesidades humanas. Por desgracia la magia no podía hacer que un árbol creciera rápidamente una vez talado, pero puede que algún día alguien descubriera un hechizo con ese efecto.

Los sonidos del bosque insuflaban de un mejor aire los pulmones y el ánimo de Windor. Es cierto que oír los ronquidos del rey Berinio le hacía sentirse a uno en el interior de una piara de cerdos, y que tipos como Letrinus no distaban mucho de las mofetas y las comadrejas, pero eso no era lo mismo. Pasear entre árboles, animales libres y riachuelos, eso sí que era de un valor incalculable.

Cuando Windor llegó a una cabaña en medio de un claro del bosque, sintió algo inexplicable. No tenía nada que ver con un leñador que había roncando en el exterior de la cabaña, apoyado sobre una de las paredes. Ni siquiera con el torrente de saliva que manaba de la boca de aquel tipo. No. La razón era animal: una yegua. Una preciosa yegua, del color del marfil. Se encontraba bebiendo agua de un pequeño riachuelo que rodeaba la cabaña. Aquel animal le hacía sentir a Windor empequeñecido, como si estuviese ante un ser de un poder inimaginable.

Una vez que la yegua dejó de beber agua y dirigió su mirada a Windor, éste tuvo una extraña percepción. No sabía explicar el por qué, pero tenía la certeza de que la yegua se llamaba Aloe. Windor se acercó a Aloe, y sintió la necesidad imperiosa de acariciar su lomo. Entonces, una vez que lo hacía, notó una intensa vibración que le obligó a retirar su mano del animal. Otra nueva percepción se apoderó de él, y supo que Aloe llevaba en su interior a Orus, la piedra de la transformación. Las explicaciones a estos interrogantes pertenecían a otro universo y otro narrador, y quizás eso justificara el hecho de que, una vez que Aloe emprendió la marcha del lugar, Windor sintiera que un fragmento de su memoria a corto plazo había sido borrado, preguntándose cómo había llegado a aquel claro del bosque.

Mientras Windor vivía aquella extraña situación en el bosque, un acontecimiento importante iba a tener lugar en los muelles de Trascania. De acuerdo, dos. En primer lugar, uno de los gigolós de la zona estaba totalmente aburrido por la falta de mujeres requiriendo sus servicios, y eso ya era una noticia de gran impacto debido a la ingente cantidad de clientas potenciales que se peleaban por estos trabajadores del placer.

Aunque el suceso más importante tenía que ver con un barco llamado “Naweb”, capitaneado por un hombre barbudo y con anteojos, y que acababa de atracar en uno de los embarcaderos. De su interior salió una figura encapuchada, pero cuyo busto no dejaba lugar a dudas sobre su naturaleza femenina. La figura encapuchada se dirigió hacia un lugar concreto de los muelles: la freiduría “Sin aceite refrito yo no soy nada”. No era el mejor sitio para quedarse (ni desde luego para comer si uno quería vivir muchos años), pero era ideal para encontrarse con quien la había citado allí. Esa persona no era ni más ni menos que Letrinus, que salía del interior de la freiduría con un cucurucho de papel lleno de pescado.

- La identidad de tu víctima está aquí dentro, así como los datos que necesitas saber- dijo Letrinus a la encapuchada, mientras le pasaba el cucurucho-.
- ¿Y mis honorarios?- preguntó la encapuchada-.
- Qué desconfiada es la gente eh, ser asesor laboral ya no es lo que era- y acto seguido, Letrinus dejó caer al suelo una bolsa con monedas-. Quiero que sufra. Y por encima de todo, cumple tu cometido de forma que nadie pueda relacionarme con ello.
- Por eso mismo recurrió a mí, soy la mejor en mi trabajo.
- Haga honor a su fama- y tras estas palabras, Letrinus se marchó-.

La encapuchada se agachó para recoger la bolsa de monedas, y sin ningún entusiasmo, metió una de las manos en el cucurucho de papel. El olor que llegaba a sus fosas nasales delataba no un refrito, sino una infinidad entera de ellos. Alguien debería matar al cocinero de aquel antro por simple caridad para la población. Pero la encapuchada no estaba allí para ayudar a nadie, sino para cumplir un encargo. Así que cuando su mano encontró un pergamino dentro del cucurucho, lo sacó y se deshizo del pescado.

Cuando desenrolló el pergamino, lo primero que leyó fue el nombre de su víctima: Windor. Aunque era curioso, porque el nombre estaba tachado con un par de líneas. La encapuchada comprendió que esa era la víctima equivocada, y prestó toda su atención al siguiente nombre de la lista, que esta vez no estaba tachado: Berinio. 

Así que le habían encomendado asesinar al rey de Trascania. Un gran reto. No era de extrañar que hubiesen recurrido a Tribonia, la mejor asesina en varios reinos. Que Windor (es decir Berinio) se preparase para sufrir…


Continuará...

20 de febrero de 2017

Duelo de borrachos, una gran resaca y mucho que averiguar

Nota introductoria: Aunque el microrrelato inicial de este texto ya fue publicado en este blog junto a otro (que nada más y nada menos contaba los orígenes de Windor), formó parte de una colaboración literaria que hice con otra bloguera, cuyo pseudónimo era "Madame Santal". 

El objetivo, a medio camino entre la colaboración, el experimento y el juego, era enviarle una consulta a esta bloguera, y ella respondería las preguntas que se le hicieran. Y aquí os comparto el resultado de las dos consultas que le hizo el protagonista del microrrelato.


Duelo de borrachos

Estaba siendo una noche memorable en la “Taberna resacosa”. No era para menos, se estaba desarrollando un épico duelo de borrachos en la mesa central. Y el público, para no ser menos, y al tiempo que iba haciendo sus apuestas, bebía jarras de cerveza con tal rapidez, que el tabernero no tenía ni tiempo de paladear las considerables ganancias, porque no dejaba de bajar y subir de la bodega con barriles del preciado líquido.

El público era de lo más variado que se pudiera imaginar: trolls, duendes, enanos, brujas, gólems, campesinos, caballeros, árboles parlantes… Incluso había lechuzas posadas en el techo, y que bebían licor de lagarto usando enormes pajitas. 

Aunque lo mejor eran los borrachos competidores de aquella noche. Se trataba de un mago con un sombrero cuya punta estaba tan doblada como su portador, y de un dragón que daba furiosos lametones a su cuenco. El mago no atinaba ya con su copa, ni siquiera usando su varita como pajita, pues no dejaba de ser un elemento para otros usos. Ganó el dragón, pero la reputación de la taberna seguiría intacta, nadie de los presentes escapó de una bien merecida resaca. Ni siquiera el dragón.


Inicio de la correspondencia

Carta de “Un mago resacoso”

A la atención de Madame Santal del Rayo Dorado,

Me llamo…bueno no, mejor ocultaré mi identidad por temor a que se rían de mi por recurrir a este…servicio. Soy un mago, y le pido discreción. Se preguntará por qué una persona que se gana la vida viviendo de la magia, recurre a preguntar sus inquietudes por este método, en lugar de aprovechar sus poderes para ello. La verdad es que…bueno, los magos tenemos…cierta tendencia al alcoholismo, es decir, no bebemos cada día alcohol, sino ocasionalmente, pero… ¡qué ocasiones!

¿Qué tienen que ver aquí mis hábitos del bebercio? Pues mucho, anoche estuve batiéndome en duelo de alcohol con un dragón. Y la verdad, hoy tengo una resaca considerable. Ya contaba con amanecer así, pues la taberna donde bebí tiene una intachable reputación de generar resacas a todo cliente. Pero hoy al despertar he echado en falta dos cosas importantes, y sin las cuales no puedo volver a la universidad a dar clase…así que… ¿dónde están mi varita y mi sombrero? Volví a la taberna pero allí no estaban, y temo que se las llevara otra persona, planta, pájaro o criatura allí presente. 

Un saludo de parte de…un mago sin nombre.


Respuesta para Mago Resacoso

Mi atentísimo Mago Resacoso, colega en estas artes atávicas, le recibo entre oleadas de incienso y esencias de salvia divinorum, ya que además de beneficioso produce un alivio a la hora del "despertar la mona" y ayudarla a que siga su viaje astral en otra dimensión más liviana de llevar a cuestas. Prometo serle una tumba donde enterrar sus cuitas y donde nadie sabrá de su consulta, aunque se trate de magos o hechiceros cotillas ¡no se preocupe!  

Ya adiviné sin tirar las cartas, ni mirar en mi bola de cristal, que usted suele echarse al gaznate unos buenos litros de alcohol. Se ha ganado con creces el honorífico título de saber empinar bien el codo, de modo que como verá ¡lo sé todo de usted! Supe también de su duelo con el dragón Bebercio, que le ha dejado más seco que el mar Muerto y más perdido que un langostino en el desierto.

Después de una tirada de cartas, me han salido el Hierofante y la Torre como lugares donde buscar dichos objetos: varita y sombrero. El Hierofante está representando al alcalde de su ciudad encantada, que anda mal de la vista y se ha confundido de objeto, creyendo que su varita es el bastón de mando, de modo que hágaselo saber con mucha diplomacia, ya conoce su mal genio.

Y la Torre, no es ni más ni menos que su propia casa, mire debajo de la cama porque su mujer es muy bromista y le gusta darle sustos de vez en cuando para que se acuerde de ella. 

¡Saludos bendecidos y mucha suerte!


Nueva carta de “Un mago resacoso”

A la atención de Madame Santal del Rayo Dorado,

Hola de nuevo. Tras seguir sus consejos para encontrar mi varita y mi sombrero, he de darle las gracias, ya que he encontrado ambas cosas. Claro que…la empresa no fue fácil.

Quizás lo más sencillo lo supuso el hecho de recuperar la varita, que ciertamente tenía el alcalde de mi ciudad. Le comenté de forma discreta que se había llevado por error mi herramienta mágica, y él admitió que así era, pero también dijo que si quería recuperarla no iba a ser gratis. Así que…como bien adivinaba usted, andaba mal de la vista, pero en cuanto saqué unas monedas de mi túnica, de sus labios caía abundante saliva, y pronto me arrebató las monedas para darme luego la varita. Ya se sabe que los políticos del mundo mágico son como en otras dimensiones, les encantan las ofrendas dinerarias.

Y sobre el sombrero…verá, usted dijo que me lo había escondido mi mujer, pero no estoy casado…Así que fui a ver a la mujer del decano de la universidad, con la que me acuesto de vez en cuando…y efectivamente, había escondido mi sombrero porque fui a verla tras salir de la taberna, y no le gustó el zarrapastroso aspecto que yo tenía, ni le dio ningún placer el poco sexo que fui capaz de darle en tan nefastas condiciones. Ya se lo dije, quien entra en la “Taberna Resacosa”, ya sabe de antemano cómo de mal acabará la velada.

Mi pregunta ahora es… ¿por qué he encontrado hoy en mi túnica unas bragas que no eran de la mujer del decano? ¿Es de alguna mujer de la taberna?

Gracias por todo, el mago resacoso y corneador.


Respuesta para Mago Resacoso

Mi estimado colega en tantas artes esotéricas y poderes extraordinarios, un placer recibirle nuevamente después de este periplo temporal donde le perdí un poco la pista. 

¡Por supuesto, los políticos del mundo mágico están cortados por el mismo patrón que los del resto interdimensional! Según los suelo ver en mi bola de cristal se mueven como cucarachas en pos de los usureros que manejan el tinglado comiéndose el mejor bocado y bailándoles el cha-cha-chá por delante y por detrás. ¡Bochornoso, amigo mío, estos cucaracheros! La próxima vez, hágame caso y ate con un hilo invisible sus ofrendas crematísticas, luego cuando el bribón de turno agache el lomo para "picar el anzuelo"... tire, tire, tírele de las orejas también, no sea que se guarde allí las sobras, porque un día de estos terminarán cagando billetes "de bin laden" (ya sabe, esos que dicen que existen, pero no se sabe dónde están).

Si, ya veo que le gustan las mujeres, le gusta el vino y si tiene que olvidarlas, bebe más vino.... Porque ama la vida y ama el amor, como un rufián, como un señor bohemio y soñador... que diría mi querido Julito de las Iglesias sin campanario ni monaguillos.

Menuda marcha que lleva de alterne y ligoteo, desde que entró en la taberna aquella noche del duelo. Está alcanzando cuotas insospechadas de criaturas enamoradas que se entregan sin ton ni son... En fin, que están loquitas perdidas y ¡claro ahora me pone en un aprieto, porque algunas de esas jovencitas son también mis clientas y me piden discreción! Más si me vuelvo imparcial, perdería personal y no es mi caso, de modo que voy a dar un paso y que me asista la suerte.

Según me indica mi lectura de runas, debe mantener los pies sobre la tierra y alejarse de cualquier pelandusca que se le acerque. ¡Ojo con esa chica de la taberna que no le pierde de vista! porque cuando le pilla de borrachera se le enreda la tal camarera, olvidándose de las bragas entre tanto revolcón.

Este es el mejor momento para dar el paso a cualquier proyecto de futuro, asi que olvídese de esa taberna tan cutre y asista a las fiestas de las chicas de universidad, donde encontrará variedad sofisticada, culta y enamorada para descubrir quien será la afortunada.

¡Saludos bendecidos y mucha suerte!

23 de enero de 2017

¡La burbuja llega oficialmente al mundo del cómic!

Saludos, aunque en este blog hay una sección dedicada a mis pinitos como guionista de cómic, esta entrada tiene una gran importancia para mi, porque al fin os presento mi web oficial como guionista. 


Se titula "Un disparo en el desierto", en honor al nombre que llevará el cómic cuando salga a la venta, y que será publicado por la editorial "Ediciones Traspiés". Para amenizar el tiempo hasta que sea así, en la web iremos subiendo tanto el dibujante como yo diferente material del proceso creativo, como puedan ser páginas de guión, bocetos de la historia o los personajes, anécdotas, etc...


La imagen que veis muestra a los dos protagonistas de la historia. Por otra parte, os dejo aquí la sinopsis que he hecho sobre el cómic, con el deseo de que no os deje indiferentes, y tengáis el suficiente interés para visitar la web y haceros seguidores. ¡Larga vida al salvaje oeste!


Sinopsis cómic

El lejano y polvoriento oeste, tal como nos hicieron ver en el pasado las obras de Sergio Leone o Clint Eastwood, y en la actualidad Quentin Tarantino, nunca fue un lugar apto para personas débiles y temerosas. 

A través de “Un disparo en el desierto”, seréis partícipes de un choque de trenes entre Shane “La Parca” Wallace, un reconocido y sanguinario forajido, y Richard Brown, un duro cazarrecompensas. 

Asistid al nacimiento de una rivalidad, a los diversos y épicos enfrentamientos entre estos dos malnacidos, y dejaos seducir por la belleza del western, un género que nunca muere.

Violencia, rencor, y odio son sólo tres ingredientes del cocktail de sensaciones que encontraréis en esta obra, cuyo final no os dejará indiferentes.   

3 de enero de 2017

Crónicas de un westerniano: Capítulo 2

Una de las virtudes de la Translow, era la infinidad de lugares de ocio que albergaba y que satisfacían los gustos de cada visitante, por retorcidos y extravagantes que pudieran ser. Algunas horas antes de entrar en el saloon, Irvin había dejado a uno de sus amigos en una galería de tiro, y justo allí esperaba encontrarlo. Le fue fácil diferenciar del resto el sonido del arma de Wencro Tanx. Y por si quedaban dudas, antes de entrar en la galería, Irvin escuchó varios gritos de frustración, sinónimo de una apuesta que alguien había perdido contra Wencro. Así era.

Irvin vio cómo un ser azulado de medio metro de estatura, tres piernas y seis brazos, le daba una enorme cantidad de créditos a Wencro. Sin duda aquel tipo no debía conocerle previamente, porque nadie en su sano juicio hubiese apostado tanto en contra de Wencro. Era uno de los mejores tiradores que Irvin había conocido a lo largo de su vida, y además de bueno con un arma, era un excelente rastreador y explorador, el tipo ideal para hacer un primer reconocimiento al inicio de cualquier misión que aceptaba Irvin.

Pero claro, la constitución de su amigo hacía que para él fuese sencillo disparar a cualquier blanco, fijo o móvil, desde distancias más que dificultosas para otros tiradores. Wencro era natural de Arbonis, un planeta situado a varias lunas de Westernia, y donde gran parte de su población tenía cuerpo humano, pero cabeza de distintas aves, en función de la parte del planeta en que se hubiese nacido. La de Wencro habría sido catalogada en la Tierra como “cabeza de halcón”. Él siempre bromeaba diciendo que un ornitólogo disfrutaría viviendo una temporada en Arbonis. 

Una vez que Wencro se despidió del ser azulado, se dio cuenta de que Irvin había regresado, y ambos se marcharon de la galería. A fin de cuentas era imposible entablar una conversación allí con tantas armas escupiendo fuego, rayos láser o balas perforadoras. Cuando salieron de allí, pusieron rumbo a la plataforma de aterrizaje, donde estaba atracada la nave de Irvin.

Seguramente faltaría parte de la tripulación por volver a la nave, pero aún les quedaban unas horas de tiempo libre. Además, Irvin esperaba una comunicación de la Tierra, y hasta que no la recibiera no pensaba marcharse de la Translow. Wencro, cuya voz era un tanto áspera, empezó la conversación:

- ¿Qué tal te fue en el saloon, provocaste otra pelea?
- No tengo la culpa de ser tan buen jugador de cartas- le respondió con sorna Irvin-.
- Ni yo de ser tan buen tirador y ganar todas las apuestas, pero nadie me arma un escándalo al final.
- Será porque yo no tengo por boca el enorme pico que tú sí, eso impone un poco.
- ¿Estamos graciosos eh?
- No más de lo habitual Wencro- Irvin le palmeó amistosamente un hombro a su amigo-, no más de lo habitual. ¿Viste a alguien más de la tripulación después de despedirnos de ellos?
- No, lo cierto es que no, y me sorprendió que Texia no viniese un rato a la galería, con lo que le gusta usar sus balas explosivas para llamar la atención.
- Bueno, habrá estado ocupada con otras cosas, aquí en la Translow siempre hay nuevas formas de distracción- y para dar énfasis a lo dicho, Irvin señaló con sus manos a izquierda y derecha-.
- En eso estamos de acuerdo, seguro que me pierdo grandes cosas volviendo al mismo sitio en cada visita, pero los créditos me llaman.
- Sabes Wencro, algún día me contarás qué haces con todo el dinero que has ganado estos años, porque debes de tener una pequeña fortuna. Seguro que podrías vivir tranquilamente el resto de tu existencia sin acompañarme en más misiones.
- Podría, pero lo echaría de menos- Wencro parecía nostálgico al decirlo-. ¿Qué sería de mi sin las emociones de cada misión, sin la necesidad acuciante de improvisar cuando uno de tus planes se tuerce drásticamente y nuestras vidas corren peligro, o sin la camaradería que hay entre la tripulación? Y eso por citarte sólo algunas cosas. Cosas que ni todo el dinero de la galaxia puede comprar.
- Estoy de acuerdo en todo, aunque eso incluya admitir que no siempre salen las cosas como las planeo.  
- Rara vez Irvin, rara vez.
- Ya discutiremos eso otro día. En cualquier caso… me enorgullece trabajar contigo y el resto de la tripulación.
- El sentimiento es mutuo Irvin.

La conversación cesó una vez que llegaron al embarcadero de la Translow, que estaba tan lleno de vida y bullicio como siempre. Allí era imposible sentirse solo. Un simple vistazo a lo largo de las plataformas de aterrizaje permitía ver naves procedentes de cada rincón y planeta de la galaxia, cosa que también sucedía si se observaba a sus ocupantes. Infinidad de formas geométricas hacían que el concepto general de nave espacial no pudiera asociarse a ningún diseño genérico. Irvin y Wencro se abrieron paso a un ritmo más lento del que querían, pero era el peaje que tocaba pagar cuando se recorría aquel lugar.

Tras un rato moviéndose entre la muchedumbre, por fin llegaron a la plataforma donde estaba la nave de Irvin. Aunque él la conocía a la perfección y no necesitaba volver a observarla para imaginarla nítidamente en su cabeza, siempre que se paraba frente a ella le era inevitable sonreír y sentirse maravillado porque formara parte de su vida. Para otra persona podría haber sido simplemente un vehículo más para viajar por el espacio, pero para Irvin, la “Tombstone” era mucho más. Era su hogar flotante.   

Antes de ser adquirida por Irvin algunos años atrás, la función principal de la Tombstone había sido el transporte de minerales desde Westernia a distintos puntos de la galaxia. Eso había sido en tiempos de paz. La guerra que había sacudido el planeta natal de Irvin cambió las funciones de la nave, convirtiéndola en un improvisado vehículo de transporte de tropas o evacuación de civiles. Y una vez en manos de su actual propietario, venía a tener un uso que aglutinaba lo anterior. A fin de cuentas, Irvin y su tripulación eran mercenarios que hacían trabajos de todo tipo. Transportaban mercancías, rescataban gente, y a veces debían robar cosas. O recuperarlas.

Las luces de la cabina de pilotaje estaban encendidas, por lo que GK88, el robot que se encargaba de las comunicaciones y copilotaba habitualmente la nave, debía estar allí. Seguramente sería el único, ya que los dos mecánicos de la Tombstone habían ido por orden de Irvin a la zona industrial a comprar piezas de recambio para el motor, y el resto de la tripulación tenía por costumbre regresar más tarde a la nave.

Cuando Irvin y Wencro accedieron al interior de la Tombstone, GK88 apareció en la sala principal para recibirles, y les comunicó que tenía en espera una llamada de la Tierra. Irvin le dio las gracias y se encaminó hacia la cabina de pilotaje. Una vez allí, accionó varios botones y un holograma apareció frente a él. 

Continuará...
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