8 de junio de 2017

Bienvenidos al vecindario

Qué gran placer suponía disfrutar nuevamente del silencio, de la calma, de la tranquilidad que aportaba el no escuchar absolutamente nada como sonido de fondo. Al menos durante un rato. Era comprensible que en un barrio residencial formado por casas con sus propios patios y piscinas, hubiera ruido en determinados momentos del día. Lo raro sería la total y permanente ausencia del mismo. Pero todas y cada una de las personas de los alrededores respetaban un horario común, que se había convertido en costumbre y muestra de respeto hacia la vecindad.

Sin embargo, últimamente las cosas se habían desmadrado. Había costado recuperar esa delicia para el alma que era el silencio. Vaya si había costado. Y eso que tan sólo se rompió la armonía durante un par de semanas, justo las que estuvieron en el barrio los nuevos vecinos, y que, gracias a un gran trabajo en equipo, no volverían a molestar a nadie.

Todo había comenzado cuando Germán Sánchez había puesto en alquiler su casa. Germán era un vecino encantador y respetuoso con los demás, pero tenía que cambiarse de ciudad por motivos laborales, y ante su rechazo a deshacerse definitivamente de su hogar, había optado por una solución más conservadora de su posesión inmobiliaria. Teniendo en cuenta la buena situación del barrio, ubicado en la periferia de Granada, así como el inmejorable estado en el que se encontraba su vivienda, Germán no tardó en contactar con una pareja que se mostró muy interesada en alquilar la casa.

Dicha pareja estaba formada por un joven matrimonio sin hijos ni mascotas, y parecía bastante amigable. Al menos eso era lo que contaba Germán al resto del vecindario, una vez que se fue despidiendo de las personas que habían formado parte de su vida durante bastantes años. En cualquier caso, y por si había algún tipo de problemas, Germán le facilitó a algunos de sus vecinos (los que él consideraba de mayor influencia entre los demás) la forma de contactarle en caso de urgencia.

Las cosas siguieron su curso normal a medida que fue pasando el tiempo, y Germán se marchó del barrio, entrando en escena la nueva familia. Aquí fue donde Emilio Castro, Ángel Valdivieso y Emma Cardona, en representación del resto del vecindario, tomaron la iniciativa de dar la bienvenida a los nuevos vecinos, que, como comentó Germán, parecían simpáticos. Dicha bienvenida suponía por una parte un acto natural de cortesía y hospitalidad, pero también escondía un motivo oculto: captar todas las sensaciones posibles que desprendiera esa familia, para distinguir si iban a ser buenos vecinos o por el contrario darían problemas a corto o largo plazo.

Emilio, de profesión policía local, Ángel, dueño de una constructora, y Emma, doctora en uno de los hospitales de la ciudad, eran las personas a las que Germán había facilitado su teléfono de contacto, porque, de manera palpable, eran los que tenían un mayor peso e influencia entre el resto de personas de la zona. Anecdóticamente, las familias de cada una de estas personas, no llegaban ni de lejos a ser tan altamente estimadas por los demás vecinos. A fin de cuentas, cuando había cualquier tipo de problema en el vecindario, de los que no necesitaban intervención policial o de otra índole, este particular trío era la primera opción a la que se recurría.

Los primeros días de la nueva familia no hacían suponer que fuera a pasar nada malo, quizás porque al estar adaptándose a un nuevo hogar, estas personas estuvieron ocupadas al instalarse y habituarse a un entorno desconocido. Pero claro, ese efecto terminó pasando pronto, y empezaron a producirse pequeños incidentes que, de forma conjunta, terminaron precipitando los acontecimientos que desembocaron en…bueno, una respuesta contundente del vecindario. Aunque aún no es momento de revelar eso último.

Hay que señalar que todas y cada una de las casas del vecindario, lindaban unas con otras, teniendo como pequeña separación las calles que las rodeaban. Una de las casas que más cerca estaba de la de los nuevos vecinos, era la de Emilio, el policía, que estaba empezando sus vacaciones. Quizás esto influyó decisivamente en la manera de sucederse cada uno de los hechos.

El caso es que al cuarto día, y coincidiendo con un viernes noche, sus nuevos vecinos estuvieron toda la tarde y parte de la noche con música puesta en su jardín, pero no a un volumen que pasara inadvertido a los demás, sino a otro que sobrepasaba bastante lo tolerable. Era como tener una feria al lado de casa. Además, se oía de fondo a mucha gente hablando, lo que podía indicar que se estuviera celebrando una pequeña fiesta para inaugurar el nuevo hogar. Emilio se dijo a sí mismo que una vez sobrepasada la medianoche, la música cesaría, pero no lo hizo. Por aquello de ser cortés, se abstuvo de presentarse en la casa vecina para pedir que se moderara el sonido. Su placa le habría permitido lograr un mayor efecto disuasorio, no le cabía duda, pero optó por hacer la vista gorda aquella noche. Era posible que fuera un hecho aislado.

A la mañana siguiente, Ángel, Emma y otros vecinos se presentaron en la casa de Emilio, para comentar lo ocurrido durante la noche, ya que la cercanía de las casas provocaba que al resto les hubiera afectado lo ocurrido tanto como a Emilio. La conclusión general era que se trataba de algo lógico para quien llega a un nuevo hogar, y quiere enseñárselo a su círculo de personas más cercanas. No fue agradable, porque a algunos de los vecinos, Ángel entre ellos, les costó conciliar el sueño, pero por una noche no pasaba nada. Si se repetía aquello, sí que habría que tomar alguna decisión. Terminada esa pequeña reunión, cada uno se fue a su casa, y las horas del día fueron pasando.

Sin embargo, mediada la tarde, se produjo todo tal como el día anterior, de la misma manera e implicando los mismos elementos. Música, grupo de personas, molestias nocturnas. Entonces Emilio se acercó a la casa de los nuevos vecinos, llamó al timbre, y una vez que le abrieron la puerta, les dijo, con toda la cordialidad que pudo, que no eran horas para molestar a los demás con tanto ruido. Un día era tolerable, pero dos no, porque marcaba el peligroso límite entre lo casual y la costumbre, y esto último sería intolerable. Pues bien, la respuesta que le dieron fue tajante: si le molestaba, que llamara a la policía. Emilio se contuvo las ganas de darle un puñetazo a su vecino, para disfrutar añadiendo que si eso le molestaba, también llamara al mismo sitio. Le costó mucho reprimir ese intenso impulso. Pero lo consiguió.

Entonces se marchó, y por el camino cogió su móvil y llamó a la policía. Podía haber ido a casa a coger su placa y ejercer de modo intimidatorio su autoridad, pero optó por seguir otro cauce de acción. Poco después, una patrulla policial llamó a casa de sus vecinos, y aquello zanjó todo. Al menos por aquella noche y en lo que a Emilio concernía.

Llegó la mañana siguiente y otra vez Emilio, Ángel, Emma y otros vecinos volvieron a reunirse. Esta vez, y a pesar de la drástica solución de la noche anterior, el ánimo estaba más crispado. No era para menos, y es que tras la personación de la policía en la casa de sus vecinos, estos habían estado ocupados una vez que cortaron la música y cesó el ruido generado por sus invitados. Ángel contó que cuando se despertó, encontró varias pintadas en la fachada de su casa. No fue lo único reseñable. A Emma le pincharon las ruedas del coche, y a otros vecinos también les habían ocurrido pequeños incidentes. Emilio no dejaba de sorprenderse a medida que escuchaba todo. Buzones rotos, más pintadas, cristales manchados por lo que parecían restos de huevos, y otras cosas similares.

Era asombroso que todo eso hubiese tenido lugar en una sola noche. Pero claro, los nuevos vecinos no estaban solos, y quizás el resto de personas que había en su casa habían ayudado a ese vandalismo como consecuencia de la intervención policial. Había varias opciones a tomar en consideración, y Emilio las expuso de forma muy breve. La más lógica era efectuar denuncias en la policía por cada suceso acontecido. La más visceral implicaba personarse todos ante sus conflictivos vecinos, y dejar bien claro que eso no iba a quedar así, y que habría represalias. Tanto una como otra tenían una gran desventaja a juicio de Ángel, y es que así mostraban sus cartas, no solamente haciendo visible su enojo, sino revelando sus movimientos.

No obstante, Emilio, manifestando ante los demás otro pensamiento impulsivo, dijo en tono de broma que también podían matarlos. Lo impactante fue el extraño silencio que se generó entre todos los presentes. No era el típico silencio de desaprobación, propio de quienes saben que alguien ha dicho una barbaridad y no merece respuesta. No. Era…un silencio más propio de quien muestra su posible conformidad a una propuesta. Suponía pasarse de la raya, sí, pero… ¿no sería la solución a sus problemas?

Emilio, ante la extraña aceptación a su broma, propuso a los demás que se fueran a sus casas y pensaran si de verdad llegarían a ese extremo. Les dijo que al día siguiente volverían a reunirse para hablarlo de nuevo. Y algo importante, les advirtió que, si sus vecinos volvían a actuar como las dos noches anteriores, esta vez les dejaran seguir así. Eso decantaría su decisión final, fuera la lógica, la visceral, o…la definitiva.

Y efectivamente, hubo una tercera noche ruidosa, pero nadie intervino ni llamó nuevamente a la policía. En el fondo, permitir esa conducta alimentaba su sangriento deseo, amparado en una inocente justificación: ¿no merecía cada uno tener descanso en su propia casa?

Al día siguiente, la tercera reunión vecinal tuvo lugar. Esta vez, Emilio, con su decisión ya tomada, y anticipando la del resto, había trazado un posible plan de acción. La guinda del pastel le había venido al recordar algunas películas antiguas de terror que vio en su infancia. Tras consultar a cada vecino sobre su decisión, y no encontrándose con ninguna negativa, procedió a repartir las tareas. Empezó por Ángel y Emma, que iban a tener la oportunidad de poner en práctica sus habilidades profesionales, y luego continuó con los demás. La importancia del plan consistía en dejar transcurrir unos días, averiguando más sobre los vecinos, soportando su conducta aunque costase un enorme esfuerzo, y asegurándose de encontrar los momentos en los que estaban ellos solos en casa.

Así acontecieron los siguientes días. Era desconocida la ocupación del matrimonio, ya que pasaba mucho tiempo en casa, pero una cosa era innegable, eran unos cabrones de costumbres fijas, porque ni siquiera fuera del fin de semana respetaban el descanso de los demás. La excepción, que vino perfecta para lo que acontecería en su momento, lo suponía el hecho de que no había otras personas en la casa. Al menos no en el patio, donde se las podía escuchar. Eso habilitaba para pensar que las visitas sólo llegaban durante el fin de semana. Una revelación excepcional de ser cierta.

La última reunión vecinal, celebrada antes del fin de semana, tuvo lugar en la casa de Emma, que era la que estaba más lejos de la zona de conflicto. Se perfilaron los detalles finales del plan que Emilio había concebido días atrás, y cuyos interrogantes habían quedado resueltos tras el seguimiento al matrimonio y sus hábitos. Ya sólo quedaba una cosa: la ejecución. Y cada uno sabía qué debía hacer, y qué utensilios llevar.

Había ido todo de maravilla. Emilio, acompañado de Emma y la mitad de los vecinos, fue el primero en entrar en acción. Empezó arrojando piedras a las ventanas delanteras de la casa del matrimonio. Eso surtió el efecto deseado, captar la atención del dúo conflictivo, que abrió la puerta de la casa para ver qué pasaba. El marido de Emma, que portaba un cartón de huevos, los fue lanzando entonces a la fachada delantera, logrando así enfadar a sus enemigos. En cuanto la puerta de la calle fue abierta, los vecinos se echaron encima del matrimonio, sujetándoles para que Emma pudiera anestesiarles con las jeringuillas que llevaba. En pocos minutos, y a pesar de sus forcejeos, ambos quedaron fuera de combate.

Entonces la turba furibunda entró en la casa, arrastrando al matrimonio. Emilio fue el único que se quedó en la puerta. Llamó por teléfono a Ángel, y éste llegó enseguida a la calle, conduciendo una de las furgonetas de su empresa. Tras abrir las puertas del vehículo, Emilio, Ángel y un par de vecinos más, introdujeron en la casa algunos sacos, ladrillos y útiles de albañilería. Mientras tanto, y en el salón de la casa, Emma y su marido habían amordazado al matrimonio, y también les habían atado las manos y tobillos con cuerdas, para poder limitar sus movimientos cuando la anestesia dejase de hacer efecto. Del mismo modo, registraron sus ropas en búsqueda de algún teléfono móvil, no hallando ninguno.

Tras varias horas de arduo trabajo vecinal, y capitaneados por Ángel, lograron culminar el plan de Emilio. Había sido necesario anestesiar una vez más al matrimonio, pero eso había regalado un tiempo extra valioso. Al caer la noche, los molestos nuevos vecinos estaban emparedados en el salón de la casa, mientras los demás se felicitaban por el éxito de la operación. Nunca más les molestarían, y en sus últimas y agónicas horas de vida, quizás recordarían la apoteósica bienvenida al vecindario que les habían dado. Porque, hasta quedarse sin oxígeno, tendrían tiempo de pensar, vaya si lo tendrían.

Fueron pasando los días y las semanas sin noticias del matrimonio, a pesar de que sus amistades intentaron visitarles sin éxito. Alarmados porque tampoco podían contactarles por teléfono, interrogaron a algunos de los vecinos, que, siguiendo las últimas directrices acordadas en casa de Ángel, daban la misma respuesta: se habían ido de viaje, avisándoles de que le echaran un ojo a la casa por si pasaba algo.

Y hasta que ocurrieran nuevos acontecimientos, Emilio, Ángel, Emma y el resto del vecindario, estaban decididos a paladear cada noche de agradable sueño sin remordimiento alguno. Nadie sentía un verdadero arrepentimiento por la horripilante manera en que se había obrado. Sencillamente porque todos se justificaban pensando en lo mismo… ¿no merecía todo el mundo un poco de descanso en su propio hogar?

11 de mayo de 2017

Fin de trayecto (Parte 2 de 2)

Nota introductoria: Para leer la primera parte, clicka aquí.


Fin de trayecto

Los gritos no dejaban de sucederse, y Mario empezó a reducir la velocidad del autobús. Un nuevo grito, esta vez mucho más inhumano que el resto, hizo que Mario pusiera sus dos pies sobre el pedal del freno, empezando a frenar bruscamente. Pero se escuchó en el autobús un nuevo chasquido de dedos, y Mario dejó de tener el control de sus piernas. No las sentía, pero pudo observar que sus pies ya no pisaban el freno y que uno de ellos se mantenía constante en el pedal de aceleración.

Desconcertado y enloquecido, continuó escuchando gritos y más gritos de dolor, desesperación y agonía. Sentía cómo la vida se estaba marchando de los cuerpos de todas aquellas personas que estaban a su espalda. Y en su cabeza se intercalaban sin cesar multitud de preguntas. ¿Aquello era real? ¿Había forma de escapar de aquella carnicería surrealista? ¿Él sería el último de todos en morir? ¿Cómo podía recobrar el control de sus piernas? ¿Habría alguna forma de parar a aquella especie de demonio y salvar a alguien? ¿Podría pedir ayuda? Esa fue la palabra clave que le sacó un poco de su estado de pánico, ayuda. Mario dejó una mano en el volante, y sin apartar la vista de la carretera, rebuscó en sus pantalones con la intención de encontrar su teléfono móvil. Una vez que logró cogerlo, marcó impulsivamente el número de emergencias. Cuando le cogieron la llamada y Mario empezó a hablar, se escuchó otro chasquido de dedos y Mario observó como la mano que sostenía el teléfono abría la ventana del lado del conductor y tiraba el teléfono a la carretera. Inmediatamente, esa misma mano se aferró al volante, y Mario sintió con una nueva ola de pánico que no sólo había perdido el control de sus piernas, sino también de sus manos. Aquel demonio había hecho que Mario perdiera el control de sus extremidades y siguiera conduciendo mientras atrás continuaba la carnicería.

Cuando el autobús pasó nuevamente junto a otra farola, Mario observó desperdigados por el autobús los cuerpos de casi todas las personas que se habían subido a él. Todos estaban abiertos por el pecho, y la sangre había decorado casi todas aquellas partes del autobús que Mario pudo observar por el espejo retrovisor. Cada vez se escuchaban menos gritos, y eso era síntoma de que el número de personas vivas había ido descendiendo. Un par de minutos antes de que el autobús accediera a una carretera con una mejor iluminación, Mario escuchó otro chasquido de dedos, y las luces del interior volvieron a encenderse. El espectáculo era dantesco y surrealista. Todas y cada una de las personas del autobús, a excepción de una, estaban muertas y con el pecho abierto, y todo estaba manchado de sangre. 

Una vez que Mario observó a la única persona que quedaba en pie, cuyos ojos aún brillaban en aquel color rojo tan aterrador, empezó a lamentar haberse reído de él. Era el hippie, que había recobrado su apariencia humana. Un pensamiento extravagante cruzó la mente de Mario: si hubiera tenido que sospechar de alguien, lo habría hecho del hombre “sonrisa dentífrica”. Pero aquel hombre estaba echado hacia atrás en su asiento, con el pecho tan abierto que se le podían ver los órganos. Mario reprimió con mucho esfuerzo las ganas de vomitar. El hippie, ya con los ojos enrojecidos como cuando subió al autobús, se acercó a paso lento hacia Mario. Una vez llegó a su altura, empezó a hablarle con la misma voz gélida que había anunciado anteriormente el inicio del espectáculo:

- Ha sido fascinante, ¿verdad?- preguntó mientras se limpiaba un poco de sangre que tenía en la barbilla-.
- Si te preocupa que yo…- Mario no sabía qué decir-, que yo hable, puedes estar tranquilo, lo único que quiero es ir a casa y convencerme de que todo esto ha sido una pesadilla.
- No temas, no tengo intención de matarte- dijo el hippie mientras le ponía una mano a Mario en el hombro, haciendo que éste se sintiera aún más asustado-. Mi intención es que me ayudes a alimentarme un poco más esta noche, aún estoy hambriento.
- ¿Alimentarte?- Mario tuvo que reprimir la primera imagen del demonio que vio en el espejo, y nuevamente las ganas de vomitar-.
- Así es, si no me equivoco, aún te queda un viaje más hasta que acabe el turno de noche, y habrá más personas que se suban aquí para regresar a casa. Lo único que has de hacer- y el hippie alejó su mano del hombro de Mario para señalar el volante-, es seguir conduciendo.
- ¿Y si me niego?- Mario intuía la respuesta pero tenía que preguntar-.
- Morirás como las otras personas, así de simple.
- ¿Y cómo crees que se subirá alguien al autobús con la carnicería que has montado?- Mario hizo esa pregunta con la falsa ilusión de que saldría victorioso-.
- Muy sencillo- y el hippie chasqueó los dedos, y como por arte de magia, tanto los cadáveres como los cuerpos desaparecieron del autobús, sucediendo lo mismo con la sangre que decoraba el lugar-. Ser un demonio tiene sus ventajas como puedes ver. ¿Vas a ayudarme o no? Si lo haces, recobrarás el control de tu cuerpo.

Mario empezó a pensar. Si decía que no, iba a morir, y si decía que sí, tendría que cargar el resto de su vida con los sucesos de aquella noche. La única forma de poder hacer algo para cambiar su suerte, era volver a recobrar el control de sí. Sólo en ese caso tendría alguna opción de hacer algo. ¿Pero el qué? Estaba muerto de miedo y ya no sabía si deseaba vivir después de lo que había visto. La única idea que le hizo sentirse algo mejor, fue pensar que si ayudaba a aquel demonio, quizás podría evitar que otras personas corrieran el mismo destino que las que habían muerto en el autobús. No se iba a engañar sobre si alguna persona se subiría al autobús, ya que sabía de sobra que en el último viaje siempre se subía un buen número de pasajeros. La cabeza empezaba a dolerle, y se sentía muy cansado. Siguió sopesando unos segundos más sus opciones, y entonces recordó algo. Una parte del recorrido que aún le quedaba por hacer antes de empezar a recoger pasajeros. Se sentía un estúpido por no haberlo pensado antes. Trató de concentrarse en la idea que había aparecido a modo de salvavidas en su mente, y entonces le dio una respuesta al hippie/demonio:

- Te ayudaré, ¿acaso me queda otra opción?
- Un hombre inteligente- y el hippie chasqueó sus dedos y Mario volvió a sentir sus extremidades-. Ahora sigue el trayecto y recoge más alimento para mí.

Mario continuó la marcha, y empezó a desear con todas sus fuerzas que funcionara la idea que iba tomando forma en su mente. Había recordado que, antes de entrar en la ciudad, uno de los desvíos que ofrecía la carretera por la que ahora circulaba, era hacia una antigua cantera de piedra. Hasta donde Mario recordaba, había una buena caída hacia el fondo de aquella cantera para quien no condujera con cuidado. Y para ejecutar el plan que iba gestándose en su mente, necesitaba hacer una conducción peligrosa. Cada metro que el autobús recorría iba haciendo que Mario se sintiera más inquieto, pues iba acercándose el momento en el que tenía que coger el desvío deseado si pretendía tomar las riendas de la situación. Mario trataba de mostrarse tranquilo, mientras el hippie/demonio observaba el trayecto en silencio. No dejaba de llover, y el constante movimiento de los limpiaparabrisas dificultaba un poco la visibilidad de la carretera. 

El transcurso de la noche había sido una auténtica montaña rusa de sensaciones para Mario, que había pasado de estar haciendo su trabajo a sentir miedo, pánico, repulsión, y una sensación inmensa de soledad, de soledad ante la muerte. Demasiado bien tenían que darse las cosas para que Mario saliera indemne de aquello, y aunque lo lograra, él sabía que viviría el resto de su vida con los acontecimientos de aquella noche. Por lo tanto, las opciones de reponerse de aquella situación, eran tan elevadas como las de sobrevivir en la Antártida paseando a la intemperie solamente con un bañador. Absorto como se encontraba Mario pensando en todas estas cosas, estuvo a punto de pasar por alto el cartel que anunciaba la cercanía del desvío que deseaba coger. Aunque estaba muerto de miedo por lo que iba a hacer, así como por las consecuencias de aquello, Mario agarró con firmeza el volante, esperó hasta estar lo bastante cerca del desvío, y entonces, sin que el hippie/demonio lo esperara, dio un hachazo con el volante. Pese a la brusquedad del giro, Mario logró tomar el desvío, y la reacción del hippie/demonio no se hizo esperar, volviendo a hablar con aquella gélida y terrorífica voz:

- ¿Por qué has hecho eso? Te has salido de la ruta que debías seguir. Si estás jugando conmigo, lo pagarás con tu vida.
- Verás- se explicó Mario, que se había preparado una excusa-, he tomado esta dirección, por dos razones. Por un lado, nos permitirá llegar también a la ciudad al igual que por la ruta habitual. Y por otro lado, y creo que te gustará saberlo, por aquí se llega a una zona donde hay prostitutas- y Mario vio que el hippie/demonio no le seguía, así que continuó con su mentira, usando un jugoso anzuelo-. Había pensado recoger algunas prostitutas, y, bueno…alimentarte un poco más de lo que esperabas esta noche.

De repente los ojos del hippie/demonio brillaron mostrando su satisfacción, y esbozó una horrible sonrisa, mostrando algunos de sus dientes manchados de sangre. Su voz volvió a romper el silencio, y esta vez mostraba su satisfacción:

- Muy bien, veo que aprendes deprisa. Si te dedicas a saciar mis necesidades del mejor modo imaginable, recibirás la recompensa apropiada.
- Si crees que la merezco, la aceptaré con gusto- dijo Mario con sumisión, sintiendo repugnancia en su interior por haber dicho aquello para seguirle el hilo-.
- ¿Cuánto queda para encontrarnos a esas señoritas? ¿Cumplirás el horario del autobús a pesar de esta parada imprevista? Porque estoy muy hambriento, y si no sacias mi hambre, ya sabes la suerte que correrás.
- Llegaremos en unos minutos, y sí, cumpliremos el horario. Como te dije, por este camino también se llega a la ciudad.
- Sea así pues, vayamos en busca de carne, estoy ansioso por devorar más corazones.

Mario estuvo a punto de vomitar al escuchar la palabra “corazones”. Así que eso buscaba, corazones, y por eso abría el pecho de las personas. Cuanto más tiempo pasaba, más deseaba Mario llegar a la cantera para poner fin a aquello. Apenas quedaban algunos kilómetros, y empezaba a sentir en su interior una sensación de victoria, ya que el hippie/demonio parecía haberse tragado su ardid, y no imaginaba siquiera lo que iba a ocurrir. Mario pensó que así debió haberse sentido el hippie/demonio antes, cuando estaba sentado en la parte trasera del autobús, esperando el momento perfecto para darse su atracón de corazones. Gracias a los faros del autobús, Mario avistó la valla metálica que daba acceso a la cantera. No sabía si el autobús sería capaz de atravesarla por la fuerza, pero empezó a acelerar, cogiendo toda la velocidad que podía. Para cuando el hippie/demonio reaccionó al aumento de velocidad en dirección a la valla, el autobús la había logrado embestir con la fuerza necesaria para atravesarla. 

Ese choque había conseguido tirar al suelo al hippie/demonio. Al verlo en el suelo, Mario fue consciente de que tenía que ser muy rápido en sus movimientos si quería tener alguna opción, y trató de atisbar una forma de arrojar el autobús hasta el fondo de la cantera. Cuando el hippie/demonio se puso en pie, estaba totalmente furioso, su rostro había dejado de ser humano, y ahora mostraba el demonio que se escondía bajo la piel falsa. Chasqueó los dedos, y las manos y los brazos de Mario empezaron a arder. Por extraño que pareciera, y a pesar de la sensación abrasadora que sentía, Mario no le dio importancia a aquello, ya que había logrado encontrar lo que buscaba. Ya no importaba ni el abandono de su mujer, ni los deseos de estar frente a la chimenea o disfrutando de unas vacaciones. 

Desde que se acordó de la cantera, Mario se había hecho a la idea de que la ejecución del plan acabaría con su vida. Así que en lugar de apartar las manos del volante, se agarró a él con más fuerza, y siguió pisando el acelerador hasta el fondo. Otro chasquido de dedos hizo que todo el cuerpo de Mario estallara en llamas, convirtiéndole en una bola de fuego humana. Sólo quedaban unos metros, unos metros más que acabarían con todo, incluso con esa sensación tan dolorosa que provocaba el fuego. Mario, sintiendo que la vida se le escapaba a marchas forzadas, encontró un pequeño resalto en el perímetro de la cantera, lo atravesó, y el autobús voló algunos metros. Fue entonces, cuando, haciendo acopio de sus últimas fuerzas, le gritó al hippie/demonio:

- ¡Fin de trayecto!

El hippie/demonio lanzó un grito furioso, y se acalló por completo cuando el autobús se estrelló en el fondo de la cantera, explotando en mil pedazos. Desde el momento en que el autobús había explotado, Mario había dejado de sufrir, y todo había acabado para él. Los restos del vehículo ardían con intensidad, a pesar de ser rociados con la incesante lluvia que caía aquella noche. Entonces, de entre aquellos restos, salió una figura. Aquella figura tenía cuernos en la cabeza, y se estaba sacudiendo algunas cenizas que se habían pegado a su horripilante cuerpo. El demonio se quedó un rato contemplando el fuego, saboreando el hecho de que no habían podido acabar con él. Aquel conductor había hecho un sacrificio elogiable, pero inútil. El demonio empezó a abandonar el recinto, volviendo a recobrar su apariencia humana. Entonces habló al vacío, como si alguien pudiera oírle:

- Necesito otro conductor. Sigo muy hambriento.

28 de abril de 2017

Fin de trayecto (Parte 1 de 2)

Nota introductoria: He de confesar que este texto lo escribí hace casi dos años y con motivo de un concurso de terror. Como ya ha pasado un tiempo desde entonces, me apetecía compartirlo con quienes tengan ganas de leerlo y expresar sus opiniones. No he modificado nada, por lo que para bien o mal, está escrito del modo en que escribía hace tiempo, así que espero que os guste.



Fin de trayecto

El potente rugido del motor al encenderse, le hizo pensar a Mario que aún quedaban 2 viajes más para finalizar el itinerario y terminar el turno de noche. Mario conducía un autobús de línea que conectaba un pueblo de Granada con el centro de la ciudad. Eran las 22 de la noche, hora de salir desde el pueblo hacia la ciudad, para una vez allí, volver y guardar el autobús en la cochera de la empresa. Una vez que Mario comprobó la hora, quitó el freno de mano y puso en marcha el vehículo. La noche estaba siendo bastante fría y lluviosa; no en vano era pleno invierno, y hacía varios días que no dejaba de llover y las temperaturas estaban siendo bien bajas, rozando los 0 grados, e incluso en ocasiones por debajo de esa franja. El trayecto desde el pueblo hasta la última parada en Granada capital, duraba alrededor de una hora, y hasta alcanzar los alrededores de la ciudad, transcurría por una carretera poco iluminada y con algunas partes mal asfaltadas, algo que había que agradecer a la genial gestión de obras públicas del ayuntamiento municipal.

Mario fijó bien la vista en la carretera, ya que la lluvia y la poca iluminación de la misma hacían complicada la tarea de ver pasajeros a los que recoger. Sin duda era una noche para estar en casa, acompañado de una buena chimenea y oyendo un buen disco de música, quizá con alguien especial como acompañante. Una pena que para Mario eso no fuera posible, y no por el hecho de estar trabajando no, pues si sólo fuera eso ejecutaría tal plan encantado al volver a casa. No era posible porque para empezar, le había dejado su mujer hacía un par de semanas, alegando “disparidad de aficiones y ambiciones en la vida” (¿y después de tres años de pareja y tres de casados se daba cuenta de eso?). También contribuían dos cosas además de la agudeza mental de su mujer: el hecho de que a la chimenea de su casa le hacía falta un arreglo que había aplazado indefinidamente, y que su “ambiciosamente dispar” señora se había marchado de casa cogiendo entre otras cosas gran parte de su colección de discos de música. Así que, como dice la popular frase “ajo y agua” se dijo Mario, y centró su atención totalmente en la carretera, dejando de perder el tiempo en pensamientos agradables pero inejecutables a corto plazo. 

No tardó en llegar a la primera parada del recorrido, deteniendo el vehículo para recoger a dos personas que esperaban bajo un paraguas. Abrió la puerta y observó a la mujer anciana que subía trabajosamente los peldaños, mientras la otra persona, que debía ser su marido por la edad, plegaba pacientemente sus paraguas. Al terminar de subir la anciana los peldaños del vehículo, pasó al lado de Mario y le saludó amablemente, y segundos después hizo lo mismo su acompañante, con la diferencia de que él pagó el pasaje de ambos, y no gesticuló palabra alguna. Una vez que Mario le dio los resguardos de haber pagado el viaje y el hombre se sentó con su mujer, el vehículo reanudó la marcha.

Disparidad de aficiones y ambiciones en la vida...Mario no quería recordarlo pero su subconsciente fue travieso y lo torturó un poco. ¿Cómo puede ser que tras seis años con alguien, te deje por esas razones? La respuesta a la pregunta era tan simple como que había una tercera persona, o bien su mujer tenía más serrín en la cabeza del que nunca había imaginado. Pero Mario no tenía más ganas de pensar en el asunto, así que volvió a dejar la mente en blanco y centrarse en la carretera.

La siguiente parada estaba desierta, así que el autobús pasó de largo por la tranquila calle del pueblo a la que acababa de llegar. Mientras tanto continuaba el golpeteo incesante de agua sobre los cristales del autobús. Mario tendría pronto sus vacaciones, justo al finalizar el mes. La perspectiva de disfrutar de un mes en el principio de su nueva (pero ya vivida antes) etapa de soltería, le levantaba un poco el ánimo, tan oscuro últimamente como la noche que envolvía al autobús en sus entrañas. A escasos metros de la tercera parada, avistó a varias personas refugiadas de la lluvia bajo sus paraguas, y empezó a aminorar la marcha. Una vez detenido el vehículo, Mario inició la maniobra habitual: apertura de puertas y cobro a los pasajeros. En esta ocasión subieron un hombre y dos mujeres, siendo una de ellas la primera en pagar, y sentándose seguidamente en un espacio de cuatro asientos colocados de frente. La siguiente persona fue la otra mujer, que pasó de largo a Mario y observó los gestos que con la mano le hacía la anterior. El hombre que iba con ellas le pagó a Mario, al tiempo que en voz baja le insistía a la segunda mujer en “no sentarse con su pesada vecina” según oyó Mario.

Finalmente, y tras el caso omiso que le hizo la mujer, acabaron sentándose junto a la otra, que esbozaba una sonrisa de satisfacción y empezaba a charlar animadamente. Mario cerró la puerta y arrancó de nuevo. Apenas avanzados un par de metros, se oyeron unos golpes en el lateral del autobús. Mario miró al espejo exterior derecho y observó a dos chicos corriendo, haciendo señas de que parase. Y entonces Mario paró la marcha, abrió la puerta y los dos chicos que venían corriendo y que estaban empapados, le agradecieron parar, le pagaron, y se reanudó la marcha.

Parecía mentira, el autobús aún no había salido del pueblo y apenas se veía nada claramente, gracias a la tétrica iluminación brindada por las escasas y distanciadas farolas de las calles. Hacia la mitad del pueblo, llegando casi a la zona donde se ubicaba el ayuntamiento municipal, estaba la 4ª parada del trayecto. Mario recogió allí a una chica de aspecto gótico y tez demasiado pálida que ni le miró al pagar el viaje, y a un hombre vestido elegantemente con un traje negro a rayas y gabardina oscura, de aspecto mucho más colorido que la chica de hace unos instantes. Qué diferencia de contrastes pensó Mario mientras el hombre le dedicaba una amplia sonrisa (como la de los anuncios de pasta dentífrica que salen en la televisión), y se acomodaba en el último asiento del vehículo.

Mario volvió a circular y tomó rumbo a la 5ª parada, situada casi al final del pueblo, en los alrededores de la zona residencial en la que él vivía. El recuerdo de su casa le dio una cálida sensación de confort, rota inmediatamente cuando pensó que nadie le recibiría al llegar, ni siquiera un perro o un gato, ya que su mujer los odiaba. Tampoco le ayudó ver salir humo de las chimeneas de varias casas colindantes a la suya, dándole una gran sensación de envidia, y no precisamente de la sana. Pasó de largo al no esperar nadie en la calle por donde había de parar el vehículo, y enfiló a gran velocidad la última parte del trayecto, que era toda en línea recta. En la 6ª y última parada, no tardó en divisar a una persona alzándole el brazo en señal de que parase, y así lo hizo. Observó entre curioso y crítico al último pasajero, que era un chico de aspecto hippie: pelo con rastas, ropa holgada y de colores verdosos, y varios parches cosidos en la chaqueta que llevaba puesta, uno de los cuales decía “Yo también fumo como Bob Marley ¿y qué?” bastante pintoresco.

El chico tenía los ojos notablemente enrojecidos, y su expresión facial era una mezcla entre relajada y a media sonrisa. Éste sí que ha fumado como Bob Marley hoy pensó Mario, e incluso puede estar viéndolo todo de color verde ahora. El hippie se tomó su tiempo para sacar su monedero de tela con los vivachos colores de la bandera de Jamaica. Igualmente se tomó su tiempo para sacar el dinero del viaje. Mario pudo oír a uno de los pasajeros decir “el hippie éste se cree que tenemos todo el tiempo del mundo”. Los movimientos a cámara lenta siguieron, llegando a impacientar a Mario, que pensaba que el colofón a eso sería que además le faltara dinero al chico. Tal cosa le resultó graciosa cuando la imaginó en su mente, y empezó a sentirse más animado. Sin embargo eso no pasó, y una vez abonado el importe del viaje, el hippie continuó con su parsimonia yendo hasta el final del vehículo, a sentarse cerca del hombre “sonrisa dentífrica” (el cual esbozó otra sonrisa amplia) y la chica gótica. Diferencia de contrastes: segunda parte, pensó nuestro irónico chófer, al divisar al pintoresco trío de pasajeros del final. Volvió a sentir cómo su ánimo subía unos grados más, y arrancó de nuevo, saliendo de los límites urbanizados del pueblo, donde ya no había más pasajeros que recoger.

Desde que se salía del pueblo hasta que se llegaba a Granada capital, el trayecto duraba unos 45 minutos. Y hasta llegar a carreteras mejor iluminadas, aún quedaban unos 30 minutos, así que Mario despejó del todo su mente, centró la vista en la carretera, y prestó toda su atención a esa labor. Mientras él se mostraba única y exclusivamente centrado en la conducción, las dos mujeres que habían subido en la misma parada seguían hablando alegremente, mientras el marido de una de ellas miraba resignado por la ventana. La pareja de ancianos estaba abrazada y silenciosa. Los jóvenes que casi pierden el autobús estaban jugando con sus teléfonos. La chica gótica escuchaba música por unos auriculares mientras leía un libro. El chico hippie parecía sumido en su mundo interior. Y el hombre “sonrisa dentífrica” hablaba por su teléfono móvil, aunque sin dejar de sonreír. Cualquier persona que hubiese reparado en esa sonrisa perpetua similar a la de Jack Nicholson haciendo de “Joker”, habría pensado que a aquella persona le pasaba algo. Lo que solamente una de las personas ocupantes del autobús sabía, es que de un momento a otro, iba a ocurrir algo terrible para el resto.

El autobús entró en un tramo especialmente oscuro de la carretera, donde no había más vehículos circulando. La estampa no podía ser más solitaria en una noche tan tormentosa, donde lo deseable era estar resguardado de ella en casa. Mario seguía concentrado en mantener firme el rumbo, a pesar del incesante golpeteo de la lluvia sobre el parabrisas y la poca visibilidad. Sin embargo, una gélida voz rompió totalmente su concentración, poniéndole el vello de punta. Esa voz resonó con fuerza en todo el autobús anunciando algo:

- Que comience el espectáculo.

A la voz le acompañó un chasquido de dedos, y todas las luces del autobús empezaron a apagarse. A continuación Mario observó por el retrovisor dos puntos rojos en el fondo del autobús, y sintió el mayor terror que jamás había experimentado. Empezaron a oírse gritos en la parte trasera del vehículo, auténticos gritos de dolor. Mario trató de aferrarse al volante para no salirse de la carretera, pero podía notar cómo su corazón se desbocaba y latía sin ningún control. Los gritos no dejaban de sucederse, y la muerte sobrevolaba el interior del autobús. Se escuchaban multitud de ruidos, sonidos pringosos, y otros similares a cuando una persona se pone a sorber sin miramientos de una pajita. 

Cuando el autobús sobrepasó una de las pocas farolas de la carretera, Mario tuvo unos segundos para observar con claridad lo que sucedía a su espalda. Habían bastado esos segundos para helarle la sangre y destrozar su cordura. Lo que había observado…eran esos dos puntos rojos…y la figura horripilante a la que pertenecían esos puntos, que no eran otra cosa que sus ojos. Mario creyó ver que en la cabeza de aquella figura había un par de cuernos, y no pudo evitar pensar en películas de terror baratas, de aquellas que trataban de luchas contra demonios. Sin embargo, lo más espantoso que Mario había observado durante los segundos que miró al retrovisor, no fue el aspecto de aquella especie de demonio. Lo más terrorífico de todo, había sido ver lo que estaba haciendo, que era abrir el pecho de una de las mujeres del autobús, succionando algo de su interior. Mario supo desde el instante en que lo vio que aquella imagen le acompañaría el resto de su vida...


Para leer la segunda parte clickad aquí

9 de abril de 2017

Un encargo importante

Nota introductoria: Aunque este texto puede leerse de manera independiente, la anterior aparición de Windor, en la que cuento su primer paseo por los terrenos de Trascania, una vez que ya es consejero real, así como el primer "no" consejo que le da al rey Berinio, tiene lugar en "Aprendiendo a desaconsejar" (para leerlo, clickad en el título).

Este texto que podéis leer a continuación, retoma la historia de Windor desde que aconseja por primera vez al rey, y empieza a potenciar su habilidad en tal arte.


Un encargo importante

Con el paso de las semanas, el arte de Windor a la hora de desaconsejar se había ido perfeccionando. Estaba en racha, o como diría un comentarista del “burro-cesto” (deporte donde unos tipos subidos en burros intentaban encestar un balón dentro de un tonel lleno de cerveza, bebiendo un trago por cada tanto anotado), estaba empezando a “calentar la muñeca y el gaznate”. Porque sí, poco a poco Windor había ido logrando que se produjeran pequeñas mejoras dentro del castillo de Trascania.

Su primera victoria ante Berinio había tenido por premio la contratación de una bibliotecaria. Es cierto que era una mujer octogenaria, y que tardaba lo que no estaba en los escritos en localizar algún libro que se le pedía, pero era mejor que no tener a nadie en aquel lugar. Y por increíble que pareciera, Windor había logrado convencer a su vez al rey de que era necesario contratar a alguien que mantuviera limpia la biblioteca. A fin de cuentas, no daba buena impresión para un visitante el notar que el polvo acumulado en cada estantería, tenía más pátina que la propia bibliotecaria.

Por otra parte, se habían ido mejorando algunos otros aspectos dentro del castillo. Windor ya disponía en su torreón de un mobiliario en mejor estado que el que había cuando entró la primera vez. Podía conciliar el sueño sin miedo de que las patas de la cama se rompieran por su mal estado, o sin temor de que lloviera y la falta de techo le provocara un despertar húmedo diferente al más conocido. Sin olvidarse del hecho importante de que se podía pasear dentro de la habitación sin meter el pie en algún agujero del suelo. La cosa iba mejorando poco a poco.

Sí es cierto que había otras cuestiones negativas que, lejos de mejorar, seguían multiplicándose, como los intentos del ayudante de cámara para que Windor cayera en alguna de sus trampas. Habiendo aprendido la lección de que con perros rabiosos es mejor no jugar, el ayudante optaba por diferentes maneras para hacerle imposible la vida al mago. Y una cosa era cierta, a pesar de sus fracasos, aquel tipo tenía unas ideas de lo más originales.

Había intentado sorprender al mago en el torreón, metiéndose en el interior del baúl de éste, pero su plan había terminado con el pobre ayudante aporreando la madera porque se quedaba sin aire, provocando que Windor se asustara sí, pero por miedo a que el tipo la espichara de aquella forma en sus dependencias. También había probado a esconderse en el interior de una armadura mientras otro empleado del castillo hacía lo mismo con otra, con la intención de que el último hiciera de señuelo ante el mago. Aquello había fracasado porque aquel empleado era alérgico al polvo de la armadura, y sus continuos estornudos alertaron a Windor. Por último, y en un claro intento de desesperación, el ayudante de cámara había recurrido a…¡¡¡la paloma jugadora de póker!!!

Tras convencerla de que recibiría un buen pago por cagarse en la ropa de Windor cada vez que éste saliese del castillo, el plan falló por una sencilla razón: Windor había averiguado lo que el ayudante de cámara tramaba (¿no es sospechoso que una persona se tape la boca mientras le susurra propuestas indecentes a una paloma?), y siempre que salía del castillo usaba un parasol. Originariamente el color de la tela del utensilio había sido negra, pero con la cantidad de cagadas de paloma que había recibido, los puntos de negro que quedaban eran tan escasos, que parecía una chirimoya una vez abierta.

Otra de las cosas que Windor añadió a su lista de quehaceres, fue visitar los bosques circundantes del castillo. A fin de cuentas, sus paseos diarios se limitaban a ir desde la puerta del castillo hasta los muelles, y siempre lo hacía por el mismo camino, pasando por la “Posada del inepto”, en lugar de optar por otras rutas. Es por ello que algunas partes del reino le eran desconocidas, y se había propuesto remediar tal circunstancia. Ya se sabe, la información no solamente es poder, sino que contribuye a estar mejor preparado ante cualquier eventualidad.  

Y con tal fin, y aprovechando un magnífico y soleado día, Windor se dirigió a uno de los bosques de Trascania. Para familiarizarse con la zona, optó por empezar con el más cercano al castillo, ya que había bastantes en el reino. Era de agradecer que no abundaran los leñadores en aquel lugar, ya que una de las cosas que más entristecía a Windor era ver bosques talados. Aceptaba que el uso de la madera formaba parte necesaria de la vida humana, pero eso no restaba un ápice a la desolación que sentía cuando la tala era excesiva más allá de las necesidades humanas. Por desgracia la magia no podía hacer que un árbol creciera rápidamente una vez talado, pero puede que algún día alguien descubriera un hechizo con ese efecto.

Los sonidos del bosque insuflaban de un mejor aire los pulmones y el ánimo de Windor. Es cierto que oír los ronquidos del rey Berinio le hacía sentirse a uno en el interior de una piara de cerdos, y que tipos como Letrinus no distaban mucho de las mofetas y las comadrejas, pero eso no era lo mismo. Pasear entre árboles, animales libres y riachuelos, eso sí que era de un valor incalculable.

Cuando Windor llegó a una cabaña en medio de un claro del bosque, sintió algo inexplicable. No tenía nada que ver con un leñador que había roncando en el exterior de la cabaña, apoyado sobre una de las paredes. Ni siquiera con el torrente de saliva que manaba de la boca de aquel tipo. No. La razón era animal: una yegua. Una preciosa yegua, del color del marfil. Se encontraba bebiendo agua de un pequeño riachuelo que rodeaba la cabaña. Aquel animal le hacía sentir a Windor empequeñecido, como si estuviese ante un ser de un poder inimaginable.

Una vez que la yegua dejó de beber agua y dirigió su mirada a Windor, éste tuvo una extraña percepción. No sabía explicar el por qué, pero tenía la certeza de que la yegua se llamaba Aloe. Windor se acercó a Aloe, y sintió la necesidad imperiosa de acariciar su lomo. Entonces, una vez que lo hacía, notó una intensa vibración que le obligó a retirar su mano del animal. Otra nueva percepción se apoderó de él, y supo que Aloe llevaba en su interior a Orus, la piedra de la transformación. Las explicaciones a estos interrogantes pertenecían a otro universo y otro narrador, y quizás eso justificara el hecho de que, una vez que Aloe emprendió la marcha del lugar, Windor sintiera que un fragmento de su memoria a corto plazo había sido borrado, preguntándose cómo había llegado a aquel claro del bosque.

Mientras Windor vivía aquella extraña situación en el bosque, un acontecimiento importante iba a tener lugar en los muelles de Trascania. De acuerdo, dos. En primer lugar, uno de los gigolós de la zona estaba totalmente aburrido por la falta de mujeres requiriendo sus servicios, y eso ya era una noticia de gran impacto debido a la ingente cantidad de clientas potenciales que se peleaban por estos trabajadores del placer.

Aunque el suceso más importante tenía que ver con un barco llamado “Naweb”, capitaneado por un hombre barbudo y con anteojos, y que acababa de atracar en uno de los embarcaderos. De su interior salió una figura encapuchada, pero cuyo busto no dejaba lugar a dudas sobre su naturaleza femenina. La figura encapuchada se dirigió hacia un lugar concreto de los muelles: la freiduría “Sin aceite refrito yo no soy nada”. No era el mejor sitio para quedarse (ni desde luego para comer si uno quería vivir muchos años), pero era ideal para encontrarse con quien la había citado allí. Esa persona no era ni más ni menos que Letrinus, que salía del interior de la freiduría con un cucurucho de papel lleno de pescado.

- La identidad de tu víctima está aquí dentro, así como los datos que necesitas saber- dijo Letrinus a la encapuchada, mientras le pasaba el cucurucho-.
- ¿Y mis honorarios?- preguntó la encapuchada-.
- Qué desconfiada es la gente eh, ser asesor laboral ya no es lo que era- y acto seguido, Letrinus dejó caer al suelo una bolsa con monedas-. Quiero que sufra. Y por encima de todo, cumple tu cometido de forma que nadie pueda relacionarme con ello.
- Por eso mismo recurrió a mí, soy la mejor en mi trabajo.
- Haga honor a su fama- y tras estas palabras, Letrinus se marchó-.

La encapuchada se agachó para recoger la bolsa de monedas, y sin ningún entusiasmo, metió una de las manos en el cucurucho de papel. El olor que llegaba a sus fosas nasales delataba no un refrito, sino una infinidad entera de ellos. Alguien debería matar al cocinero de aquel antro por simple caridad para la población. Pero la encapuchada no estaba allí para ayudar a nadie, sino para cumplir un encargo. Así que cuando su mano encontró un pergamino dentro del cucurucho, lo sacó y se deshizo del pescado.

Cuando desenrolló el pergamino, lo primero que leyó fue el nombre de su víctima: Windor. Aunque era curioso, porque el nombre estaba tachado con un par de líneas. La encapuchada comprendió que esa era la víctima equivocada, y prestó toda su atención al siguiente nombre de la lista, que esta vez no estaba tachado: Berinio. 

Así que le habían encomendado asesinar al rey de Trascania. Un gran reto. No era de extrañar que hubiesen recurrido a Tribonia, la mejor asesina en varios reinos. Que Windor (es decir Berinio) se preparase para sufrir…


Continuará...

20 de febrero de 2017

Duelo de borrachos, una gran resaca y mucho que averiguar

Nota introductoria: Aunque el microrrelato inicial de este texto ya fue publicado en este blog junto a otro (que nada más y nada menos contaba los orígenes de Windor), formó parte de una colaboración literaria que hice con otra bloguera, cuyo pseudónimo era "Madame Santal". 

El objetivo, a medio camino entre la colaboración, el experimento y el juego, era enviarle una consulta a esta bloguera, y ella respondería las preguntas que se le hicieran. Y aquí os comparto el resultado de las dos consultas que le hizo el protagonista del microrrelato.


Duelo de borrachos

Estaba siendo una noche memorable en la “Taberna resacosa”. No era para menos, se estaba desarrollando un épico duelo de borrachos en la mesa central. Y el público, para no ser menos, y al tiempo que iba haciendo sus apuestas, bebía jarras de cerveza con tal rapidez, que el tabernero no tenía ni tiempo de paladear las considerables ganancias, porque no dejaba de bajar y subir de la bodega con barriles del preciado líquido.

El público era de lo más variado que se pudiera imaginar: trolls, duendes, enanos, brujas, gólems, campesinos, caballeros, árboles parlantes… Incluso había lechuzas posadas en el techo, y que bebían licor de lagarto usando enormes pajitas. 

Aunque lo mejor eran los borrachos competidores de aquella noche. Se trataba de un mago con un sombrero cuya punta estaba tan doblada como su portador, y de un dragón que daba furiosos lametones a su cuenco. El mago no atinaba ya con su copa, ni siquiera usando su varita como pajita, pues no dejaba de ser un elemento para otros usos. Ganó el dragón, pero la reputación de la taberna seguiría intacta, nadie de los presentes escapó de una bien merecida resaca. Ni siquiera el dragón.


Inicio de la correspondencia

Carta de “Un mago resacoso”

A la atención de Madame Santal del Rayo Dorado,

Me llamo…bueno no, mejor ocultaré mi identidad por temor a que se rían de mi por recurrir a este…servicio. Soy un mago, y le pido discreción. Se preguntará por qué una persona que se gana la vida viviendo de la magia, recurre a preguntar sus inquietudes por este método, en lugar de aprovechar sus poderes para ello. La verdad es que…bueno, los magos tenemos…cierta tendencia al alcoholismo, es decir, no bebemos cada día alcohol, sino ocasionalmente, pero… ¡qué ocasiones!

¿Qué tienen que ver aquí mis hábitos del bebercio? Pues mucho, anoche estuve batiéndome en duelo de alcohol con un dragón. Y la verdad, hoy tengo una resaca considerable. Ya contaba con amanecer así, pues la taberna donde bebí tiene una intachable reputación de generar resacas a todo cliente. Pero hoy al despertar he echado en falta dos cosas importantes, y sin las cuales no puedo volver a la universidad a dar clase…así que… ¿dónde están mi varita y mi sombrero? Volví a la taberna pero allí no estaban, y temo que se las llevara otra persona, planta, pájaro o criatura allí presente. 

Un saludo de parte de…un mago sin nombre.


Respuesta para Mago Resacoso

Mi atentísimo Mago Resacoso, colega en estas artes atávicas, le recibo entre oleadas de incienso y esencias de salvia divinorum, ya que además de beneficioso produce un alivio a la hora del "despertar la mona" y ayudarla a que siga su viaje astral en otra dimensión más liviana de llevar a cuestas. Prometo serle una tumba donde enterrar sus cuitas y donde nadie sabrá de su consulta, aunque se trate de magos o hechiceros cotillas ¡no se preocupe!  

Ya adiviné sin tirar las cartas, ni mirar en mi bola de cristal, que usted suele echarse al gaznate unos buenos litros de alcohol. Se ha ganado con creces el honorífico título de saber empinar bien el codo, de modo que como verá ¡lo sé todo de usted! Supe también de su duelo con el dragón Bebercio, que le ha dejado más seco que el mar Muerto y más perdido que un langostino en el desierto.

Después de una tirada de cartas, me han salido el Hierofante y la Torre como lugares donde buscar dichos objetos: varita y sombrero. El Hierofante está representando al alcalde de su ciudad encantada, que anda mal de la vista y se ha confundido de objeto, creyendo que su varita es el bastón de mando, de modo que hágaselo saber con mucha diplomacia, ya conoce su mal genio.

Y la Torre, no es ni más ni menos que su propia casa, mire debajo de la cama porque su mujer es muy bromista y le gusta darle sustos de vez en cuando para que se acuerde de ella. 

¡Saludos bendecidos y mucha suerte!


Nueva carta de “Un mago resacoso”

A la atención de Madame Santal del Rayo Dorado,

Hola de nuevo. Tras seguir sus consejos para encontrar mi varita y mi sombrero, he de darle las gracias, ya que he encontrado ambas cosas. Claro que…la empresa no fue fácil.

Quizás lo más sencillo lo supuso el hecho de recuperar la varita, que ciertamente tenía el alcalde de mi ciudad. Le comenté de forma discreta que se había llevado por error mi herramienta mágica, y él admitió que así era, pero también dijo que si quería recuperarla no iba a ser gratis. Así que…como bien adivinaba usted, andaba mal de la vista, pero en cuanto saqué unas monedas de mi túnica, de sus labios caía abundante saliva, y pronto me arrebató las monedas para darme luego la varita. Ya se sabe que los políticos del mundo mágico son como en otras dimensiones, les encantan las ofrendas dinerarias.

Y sobre el sombrero…verá, usted dijo que me lo había escondido mi mujer, pero no estoy casado…Así que fui a ver a la mujer del decano de la universidad, con la que me acuesto de vez en cuando…y efectivamente, había escondido mi sombrero porque fui a verla tras salir de la taberna, y no le gustó el zarrapastroso aspecto que yo tenía, ni le dio ningún placer el poco sexo que fui capaz de darle en tan nefastas condiciones. Ya se lo dije, quien entra en la “Taberna Resacosa”, ya sabe de antemano cómo de mal acabará la velada.

Mi pregunta ahora es… ¿por qué he encontrado hoy en mi túnica unas bragas que no eran de la mujer del decano? ¿Es de alguna mujer de la taberna?

Gracias por todo, el mago resacoso y corneador.


Respuesta para Mago Resacoso

Mi estimado colega en tantas artes esotéricas y poderes extraordinarios, un placer recibirle nuevamente después de este periplo temporal donde le perdí un poco la pista. 

¡Por supuesto, los políticos del mundo mágico están cortados por el mismo patrón que los del resto interdimensional! Según los suelo ver en mi bola de cristal se mueven como cucarachas en pos de los usureros que manejan el tinglado comiéndose el mejor bocado y bailándoles el cha-cha-chá por delante y por detrás. ¡Bochornoso, amigo mío, estos cucaracheros! La próxima vez, hágame caso y ate con un hilo invisible sus ofrendas crematísticas, luego cuando el bribón de turno agache el lomo para "picar el anzuelo"... tire, tire, tírele de las orejas también, no sea que se guarde allí las sobras, porque un día de estos terminarán cagando billetes "de bin laden" (ya sabe, esos que dicen que existen, pero no se sabe dónde están).

Si, ya veo que le gustan las mujeres, le gusta el vino y si tiene que olvidarlas, bebe más vino.... Porque ama la vida y ama el amor, como un rufián, como un señor bohemio y soñador... que diría mi querido Julito de las Iglesias sin campanario ni monaguillos.

Menuda marcha que lleva de alterne y ligoteo, desde que entró en la taberna aquella noche del duelo. Está alcanzando cuotas insospechadas de criaturas enamoradas que se entregan sin ton ni son... En fin, que están loquitas perdidas y ¡claro ahora me pone en un aprieto, porque algunas de esas jovencitas son también mis clientas y me piden discreción! Más si me vuelvo imparcial, perdería personal y no es mi caso, de modo que voy a dar un paso y que me asista la suerte.

Según me indica mi lectura de runas, debe mantener los pies sobre la tierra y alejarse de cualquier pelandusca que se le acerque. ¡Ojo con esa chica de la taberna que no le pierde de vista! porque cuando le pilla de borrachera se le enreda la tal camarera, olvidándose de las bragas entre tanto revolcón.

Este es el mejor momento para dar el paso a cualquier proyecto de futuro, asi que olvídese de esa taberna tan cutre y asista a las fiestas de las chicas de universidad, donde encontrará variedad sofisticada, culta y enamorada para descubrir quien será la afortunada.

¡Saludos bendecidos y mucha suerte!