Todos tenemos un lado oscuro. El elemento que nos
diferencia es doble: por un lado, la capacidad para ocultar ese lado ante los
demás, y por el otro lado, el tiempo que tardamos en descubrirlo. El tiempo que
tardó Isidro en descubrir su lado oscuro, fueron 14 años.
Todo ocurrió durante el recreo de una mañana de
instituto. El grupo de amigos de Isidro se había ido a su escondite habitual
para fumar cigarrillos. Isidro les acompañaba sin mucho entusiasmo, ya que él
no fumaba y el olor del tabaco le asqueaba, pero no dejaban de ser sus amigos y
le gustaba estar con ellos. Ellos acostumbraban a usar cerillas para encender
sus cigarrillos, y aunque a Isidro le gustaba verlas arder tras ser rascadas,
aquello había perdido la gracia tras ver cada día de instituto a sus amigos repitiendo
aquella operación. Pero aquel día uno de los chicos del grupo había traído algo
nuevo. Un mechero “Zippo” que le había cogido a su padre en un descuido de éste.
Para todos los presentes, incluido el que lo trajo, fue hechizante la mecánica
de su uso, por simple que fuera. No sólo se trataba de abrirlo produciendo un
chasquido metálico, sino también del placer que suponía girar la rueda y ver
aparecer unas chispitas, para obtener una llama continua, que vivía incluso
quitando el dedo de la rueda, y siempre que no se cerrara la tapa.
Cuando los amigos de Isidro encendieron sus
cigarrillos y empezaron a charlar, él cogió el mechero y volvió a encenderlo,
sujetándolo varios minutos y observando la intensidad de la llama. Todo su ser
y pensamientos habían empezado a sentirse atrapados por el magnetismo de aquel
pequeño fuego continuo. Isidro se sentía poderoso y travieso, pero por debajo
de esas dos sensaciones había una mucho más peligrosa, y que empezaba a
revelarse como algo insertado en lo más profundo de su sentir: satisfacción. Su
pulso se había acelerado, y el resto de cosas a su alrededor habían dejado de
importar. Las voces de sus amigos se habían reducido gradualmente en sus oídos
hasta llegar al más absoluto silencio. Sólo importaba el fuego. Isidro había
entrado en un estado de trance tan profundo, que sólo pudo salir de él cuando
sonó la sirena que daba fin al recreo, y su amigo le quitó el mechero de las
manos, cerrando la tapa y rompiendo la magia. Sin embargo, y pese a ese final
para el recreo, aquel día había sido clave para el Isidro del futuro, porque le
cambió por completo. Aquel día el mundo vivió el despertar de un nuevo
pirómano.
La capacidad que Isidro desarrolló a partir de
entonces para ocultar a todo el mundo su pasión por el fuego, fue tan
prodigiosa como su habilidad para provocar pequeños incendios a su alrededor
sin que jamás le culparan de ello. A medida que fueron pasando los años, su necesidad
de incendiar cosas iba creciendo. Al principio se había limitado a quemar
pequeños papeles, pero eso había sido un burdo aperitivo en el menú de
incendios que Isidro había ido probando con el transcurrir del tiempo. De los
papeles pasó a cajas de cartón, luego a quemar pequeños rastrojos de hierbas
secas, siguió con trapos viejos, arbustos, contenedores, vehículos abandonados…Sin
embargo, esos años de progresión pirómana no eran nada más que una anécdota en
comparación con lo que acababa de hacer Isidro, y que le hacía estar sonriente
y tremendamente satisfecho de su nueva obra. Tenía ya 41 años, y se encontraba
en un pequeño mirador de la ciudad, observando…no, no hay que precipitarse.
Antes hay que contar cómo se había gestado el suceso que tenía embrujado a
Isidro, y que atraía incontables sirenas de bomberos…
La semilla de su última obra había sido plantada un
mes atrás, cuando Isidro decidió buscar en internet páginas donde contactar con
más gente como él. Una de las peores cosas de internet es que lo que se busca
se termina encontrando, sea lo que sea. Y en el caso de Isidro no hubo
excepción, pues tras un rato de búsqueda encontró, entre los numerosos
resultados que le habían aparecido, uno que le hizo latir con violencia el
corazón. Se trataba de una web llamada “Los amantes del fuego”. En ella había registradas
93 personas de distintos lugares del país, algunas de ellas con un largo
historial penal del que presumían sin tapujos, a juzgar por los comentarios y
las vivencias que compartían con quien quisiera leerles. Había tanto hombres
como mujeres. Y lo atrayente para que Isidro supiera con certeza que eso era lo
que buscaba, es que había un marcador de la última conexión de los usuarios, y
todos entraban con frecuencia.
Esa web parecía un foro donde cada persona narraba su
estrecho vínculo con el fuego. Había quienes le profesaban amor eterno,
llegando a creer que si existía un Dios, no sería muy distinto de su némesis
con domicilio eterno en el infierno. También había personas que describían cada
incendio que habían provocado, sin importarles que al ser descubiertas y
juzgadas, hubieran pasado diferentes épocas en la cárcel. Lo veían como un
peaje justo por sus obras. Incluso había una galería de fotos donde se lucían
con orgullo quemaduras que algunos incendios les habían causado a sus
creadores. Isidro llegó a una conclusión demasiado peligrosa, pues cada persona
a la que leía, o cada foto que veía, le hacían recordar ese triunvirato de
sensaciones que descubrió en aquella mañana de instituto: poder, travesura,
satisfacción. Un loco aislado puede ser peligroso, pero no demasiado si se le sabe
controlar. Sin embargo, tener a 93 locos amantes del fuego reunidos en un mismo
sitio…podía ser sumamente dañino para el mundo. Desde ese día, dejaron de ser
93 para llegar a 94 cuando Isidro se registró y empezó a contar su historia.
Aquella semilla plantada en “Los amantes del fuego”,
fue creciendo a pasos agigantados a lo largo del mes precedente a la gran obra
de Isidro. Día a día, se fue convirtiendo en un miembro popular de aquella
página, estando siempre conectado, y desentendiéndose de su trabajo, en el que
le terminaron despidiendo por su prolongada ausencia. Pero eso no importaba.
Isidro se sirvió de un chat en directo que había, para ir hablando con algunas personas.
Empezó a erigirse en una especie de ídolo para cada amante del fuego con el que
interactuaba. Y, movido por un deseo que iba creciendo en su interior con
inusitada fuerza y arraigo, escogió un día y hora concretos, y les pidió a
todos los demás usuarios de la página que entraran al chat, ya que iba a
proponerles algo que cambiaría sus vidas.
El día y hora señalados, logró reunir en el chat a
87 personas, lo que suponía algo increíble. Ya se encargarían entre todos de
poner al día a los que no estaban allí. Isidro empezó a contar la idea que
había tenido, y que le hacía sentir tan deseoso de llevarla a cabo. Aquello
supondría un hito en el país, y sería un acontecimiento del que presumir para
el resto de sus vidas. Su hazaña podría incluso perdurar en el tiempo, llegando
a ser contada a distintas generaciones de seres humanos que les precedieran. La
idea era quemar de manera sincronizada, multitud de puntos estratégicos de las
ciudades o pueblos en que se encontrara cada uno, logrando así un incendio
permanente en casi 100 puntos distintos.
Todo tendría lugar en una fecha que señaló Isidro, y
que consideraba suficiente para que cada persona pudiera estar preparada. Antes
de contar el resto de detalles, preguntó cuántas personas estaban dispuestas a
llevarlo a cabo. Se le erizó todo el vello del cuerpo cuando comprobó que todos
los demás estaban en el mismo barco y nadie se desconectaba. Entonces procedió
a dar unas últimas explicaciones de seguridad, para proteger a los demás si
pillaban a alguien tras provocar su incendio. Pero faltaba el detalle final,
que era el equivalente a esa guinda que se coloca en lo alto de un suculento
pastel y le da un aspecto aún más irresistible. Isidro propuso que cada uno
lograra un testimonio gráfico de su obra, bien a través de distintas
fotografías, o grabando vídeos, subiendo el material a la página cuando
volvieran a conectarse a ella. Nuevamente, nadie rechazó la idea. Y así el
mundo asistió a un día en el que 88 amantes del fuego sellaron un pacto que
pensaban cumplir a toda costa.
Los días tras aquella conexión al chat fueron
pasando, y, tal como quería Isidro, los pocos usuarios que no estuvieron
conectados se terminaron enterando de su plan, sumándose encantados a la causa.
Todo iba tomando forma, y sólo había que ser pacientes y no cometer errores. Llegados
el día y hora propuestos por Isidro para provocar los incendios, éstos tuvieron
lugar, quemando 94 puntos distintos en todo el país desde las primeras horas de
sol.
Isidro se había alejado lo suficiente para no salir
perjudicado por los posibles daños colaterales de su obra, y se había situado
en un mirador, contemplando cómo se quemaba el bosque que había frente a él. Qué
magnífico combustible eran los árboles cuando se les rociaba con la suficiente
gasolina. De cada rama brotaban las llamas como si fueran frutos silvestres,
alcanzando distintas ramas de árboles cercanos gracias al suave aire que hacía,
provocando así una enorme expansión del fuego, que arrasaba incontables
hectáreas de terreno y vegetación. Y lo mejor de todo era la satisfacción
interior que Isidro sentía. Entonces se acordó de inmortalizar su incendio, e
hizo varias fotografías y grabó varios vídeos.
Mientras sostenía su teléfono en alto, imaginó que
cualquier pintor debía sentirse así cuando terminaba la mejor obra de su vida. Qué
armónico color le daban las columnas de humo al paisaje, mostrando una variada
gama de colores grises y oscuros. Hasta se había preparado un picnic para comer
mientras seguía observando aquello. Se preguntó si los demás estarían sintiendo
lo mismo que él. Como quería evitar que les relacionaran, nadie había
facilitado ningún número de teléfono o forma de contacto. Se habían
comprometido a hacer aquello e Isidro dio por válido contar simplemente con la
palabra de cada persona.
Los camiones de bomberos le conferían sonido a esa
bonita estampa ardiente, y algunas horas después empezaron a venir hidroaviones
para ayudar a sofocar las llamas. Isidro les había visto maniobrar y verter
agua de sus depósitos para intentar mitigar el fuego. Se divertía observando
aquello, y empezó a devorar ansiosamente su picnic. Para cuando llegó la noche,
su obra seguía tan viva como la llama de aquel “Zippo” que le cautivó en su
infancia. Entonces emprendió la vuelta a casa, no sin mirar varias veces atrás.
Durante varias horas de la noche, estuvo mirando
embelesado los informativos en la televisión, y posteriormente los diarios
digitales, antes de acostarse y dormir con la ilusión de un niño en la noche
previa a la mañana de navidad. No era para menos, estaba deseando ver las fotos
y vídeos que el resto de amantes del fuego subieran a la página.
El último pensamiento que tuvo antes de quedarse
dormido, fue que lo que se buscaba en internet, se terminaba encontrando.
Cualquier cosa que se buscara se encontraba, y eso era terrorífico. La
tecnología podía ser tan maravillosa si se usaba bien, como perversa si servía
de punto de conexión para mentes retorcidas e inestables. Gracias a internet,
Isidro había encontrado un grupo al que pertenecer, donde no necesitaba ocultar
su lado oscuro. Y el mundo no había tardado mucho tiempo en descubrir los
frutos de ese vínculo. Con el poder y las posibilidades de internet, la nueva
meta de Isidro era conocer a gente de otros países, para preparar algo mucho
más ambicioso y apoteósico. Los amantes del fuego volverían a actuar. Y el
mundo ardería como nunca hasta entonces.


