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17 de julio de 2021

Tormenta en el bosque (Parte 2 de 2)

(Podéis leer aquí la primera parte)

Aunque la mañana estaba nublada y el aire olía a humedad, era agradable tener algo de luz natural para observar todo con detalle. Los caballos estaban tranquilos, lamiendo agua de un gran charco que había bajo sus patas. Más confiado, Scott salió de un salto del carromato, no sin dejar de sostener el revólver. Extrajo de un tonel algo de comida para los animales, y se acercó a ellos, ofreciéndoles su desayuno. En esas estaba él cuando, tras mirar en la dirección del riachuelo, lo vio. Todo su ser sintió una oleada de terror, haciendo que los recuerdos de la noche pasada aflorasen a su mente. Y gritó. Lo hizo con una fuerza y una desesperación tan notorios que Evelyn salió disparada del vehículo, a pesar de que tenía los ojos medio cerrados. Entonces ella siguió la dirección en la que miraba su hermano, y también lo vio: un cuerpo decapitado, atrapado entre rocas en una porción del riachuelo. De no estar muerto, habría sido cómica la forma en la que se asemejaba a una presa que contuviese parte del caudal de agua.


- ¿Tú también lo estás viendo Evelyn? 

- Sí- dijo su hermana mientras se acercaba más hacia el cadáver, movida por una malsana y morbosa curiosidad-, ¿por qué no iba a verlo? 

- Verás, anoche, cuando salí... creí ver y escuchar algo. Parecía demasiado horroroso para ser verdad. Me pareció observar una sombra de ese tamaño- y el chico apuntó el revólver hacia el cuerpo, como si todavía fuera a ser una amenaza-, siendo sujetada por otra mucho mayor... 

- ¿Y? ¿Qué pasó después? 

- No quiero recordarlo- un temblor recorrió el cuerpo de Scott, y Evelyn lo notó claramente a pesar de estar algo alejada de él-. Por favor.  

- Está bien, no es necesario- y aunque podía no ser buena idea, ella decidió que quería observar de cerca el cadáver-. Acerquémonos a ver mejor el cuerpo.  

- ¡Pero si anoche no querías ni salir del carromato!  

- Lo sé, porque era de noche y me asustaron esos gritos- aunque ella no lo confesó, nunca había estado tan atenazada ni asustada ante una situación fuera de su alcance-. Pero ahora es de día, se ve claramente todo a nuestro alrededor, y quiero ver qué le ha sucedido. 

- Es evidente Evelyn, le falta la cabeza y no hay mucho misterio... 

- Vamos Scott, si quieres mantén el arma en alto, pero acerquémonos. 


Al final, aunque con bastante recelo, Scott hizo caso a su hermana. Cuando llegaron a la altura del cuerpo, Evelyn dedujo fácilmente que era un pistolero, porque llevaba puesto un cinto con dos revólveres. Sin cabeza era imposible ver qué aspecto tenía antes, pero las ropas le resultaban un tanto familiares. Podía haber sido perfectamente uno de los malnacidos que vivían o paraban en el pueblo del que ella y su hermano habían escapado. De haber sido así, ese final no habría sido del todo inmerecido. Un tanto radical por perder la cabeza, pero no injusto. Curiosamente, no tenía ninguna otra herida en el cuerpo, únicamente la provocada por la decapitación. 


Evelyn, a pesar de que Scott intentó detenerla, cogió las dos armas del fallecido, y con total sorpresa tras abrirlas, comprobó que estaban cargadas y no faltaba ninguna bala en el tambor. Lo que le pasara a ese hombre debió de ser muy rápido o sorpresivo si no tuvo tiempo de disparar ni una sola vez. Haciendo un pequeño esfuerzo de memoria, ella no recordaba haber escuchado ningún disparo durante la noche. A pesar del festival de sonidos de la tormenta, habría sabido diferenciar el estallido de un arma de fuego. Había pasado años escuchando esa melodía violenta y le resultaba demasiado familiar. Así pues... ¿Qué o quién había hecho eso?  


- ¿Piensas lo mismo que yo Scott? - preguntó Evelyn al tiempo que le enseñaba una de las armas abiertas y con el tambor cargado-. 

- Me parece que sí, algo le sorprendió. Seguramente... esa gran sombra que vi, de la que parecían salir demasiados brazos. 

- ¿Demasiados brazos? Me temo que no te entiendo.  

- Ni falta que hace, prefiero no recordar demasiado aquello- Evelyn observó que Scott, tras mirar el tajo del cuello en el cadáver, estaba a punto de vomitar-. ¿Nos... vamos... por favor? 

- Ve recogiendo el campamento, enseguida te alcanzo. 

- Vale. 


Evelyn observó alejarse a su hermano durante unos segundos. No sabía bien qué hacer. A pesar de ser una chica temerosa en ocasiones, se sentía extraña por no reaccionar de forma inapropiada ante aquel espantoso cadáver. Las alarmas de pánico que había padecido durante la noche, a merced de una tormenta que la hizo sentir insignificante, no habían desaparecido del todo, más por miedo a lo que no podía ver o palpar horas antes. Quizás aquel ser humano muerto era un recordatorio de que eso era real y podía verlo y tocarlo, y por eso lo había digerido todo con algo más de entereza que Scott. Lo que no le generaba ninguna duda era el hecho de que, fuera cual fuese la causa de que ese cadáver estuviese así, podía sucederle lo mismo a ella misma o su hermano. Y decidiendo estar preparada si eso acontecía, le cogió el cinturón al difunto para ponérselo ella, guardando los revólveres en las cartucheras. Instantes después, ya estaba ayudando a Scott a recogerlo todo.

 

Cuando un buen rato después los hermanos se subieron al carromato y ordenaron a los caballos ponerse en marcha, se sentían inquietos. Habían hablado sobre la posibilidad de enterrar el cadáver, pero ni Scott parecía muy convencido con la idea ni Evelyn pensaba que eso mereciera la pena. Ya se ocuparían de él los animales carroñeros. A fin de cuentas, era el ciclo de la vida, y lo que quedaba por ver era qué les depararía a ellos el resto de la travesía, hasta que pudieran recorrer por completo el bosque y salir nuevamente a campo abierto. 

 

Exceptuando un par de horas que pararon al mediodía para comer y dar descanso a los caballos, su marcha no se interrumpió. Ninguno de los dos estaba especialmente hablador. El día seguía nublado a pesar de que el único indicio de una nueva tormenta fuesen breves intervalos de llovizna. Pero parecía flotar en el aire una sensación de inquietud y rareza. El hallazgo del cadáver había influido, pero Scott temía encontrarse con aquella gran sombra en cada recodo del camino, y Evelyn sentía una especie de temor pasivo, derivado del miedo que atenazaba a su hermano, que todavía no le había contado lo que vio la noche anterior.  


A medida que la oscuridad fue ganando presencia en el bosque, Scott se apresuró en encender los faroles del carromato. No quería estar en penumbra bajo ningún concepto. Aunque mientras preparaba el último farol, pensó que la presencia de la luz generaría multitud de sombras por todas partes, ya fuesen de los árboles o la fauna local, y eso sin contar que apareciese en cualquier momento algo que no fuera lo anterior... Pero prefería arriesgarse a ver algo que podría volver a horrorizarle, que percibir su presencia cerca suya sin poder atisbar nada con claridad. Llegado cierto momento, y cuando costaba demasiado ver el camino para poder seguir la marcha con una buena velocidad, Evelyn decidió que parasen para cenar y pasar la noche. Scott no estaba muy convencido de la idea, y prefería seguir adelante hasta que salieran del bosque, pero un simple vistazo a los caballos le bastó para darse cuenta de que su único medio de transporte necesitaba un descanso. 


Se produjo un curioso suceso cuando los hermanos habían montado su campamento para pasar la noche. Al poco de conseguir encender una hoguera, estalló una tormenta, de la misma manera que en la anterior ocasión. Scott no pudo pasar por alto el detalle de que, en ambas veces, justo cuando tenían todo preparado, la meteorología entraba en juego para estropearles el momento. Evelyn se mostró fastidiada al principio, aunque de forma inconsciente quitó el seguro de los revólveres que llevaba en la cintura, casi como si esperase necesitarlos con premura. Algunos truenos hicieron su entrada en escena inquietando no solamente a los caballos, sino también a la pareja de hermanos. Cuando algunos relámpagos iluminaron el cielo, Scott creyó ver a la temida gran sombra acercándose hacia él. La continua caída de la lluvia iba rebajando paulatinamente la intensidad de la hoguera del campamento, y Scott, con un mal presentimiento, se movió con rapidez para meterse en el interior del carromato, agarrando a la carrera a su hermana para arrastrarla tras él. 

 

Evelyn, inquieta por estar prácticamente reviviendo lo acontecido la noche anterior con otra tormenta, iba a regañar a su hermano por la brusquedad con la que la había metido en el carromato. Sin embargo, una ráfaga de relámpagos le permitió ver algo inaudito a través de la tela que les resguardaba de la lluvia del exterior: una sombra gigante, que parecía tener varias extremidades moviéndose en el aire. Scott también lo vio, y aunque estaba atenazado por esa visión, logró sacudirse el miedo de encima disparando su revólver.  


La explosión del disparo pilló por sorpresa a Evelyn, que no tuvo tiempo de taparse los oídos y quedó momentáneamente sorda. Scott también sufría la misma sordera parcial, pero no dejaba de mirar al otro lado de la tela que acababa de agujerear, mientras esa sombra seguía ahí moviéndose, como una diosa Shiva de pesadilla. Esa pérdida fugaz de audición no impidió que, aunque de forma apagada, escuchasen un sonido procedente de la sombra, que aullaba de dolor, emitiendo un gorgoteo horripilante, como si estuviera ahogándose con su propia sangre.  


Envalentonado por pensar que la había herido, Scott disparó repetidas veces, hasta que el revólver se quedó vacío. Aquello parecía haber retrocedido, por la reducción de sus dimensiones en la tela del carromato. Scott, que lo único que quería era largarse de allí, le dijo a Evelyn que necesitaban coger los caballos del árbol en el que estaban atados, y para eso se requería una distracción. Entonces su hermana, tras recuperar en gran parte su capacidad auditiva, le dio uno de los revólveres que seguían cargados, y le dijo lo que harían a continuación. 


La tormenta era más intensa que la noche anterior, y eso fue lo primero que Evelyn pensó mientras salía disparada del carromato en la dirección opuesta en la que estaban los caballos. Sujetando un revólver en una mano, y un farol en la otra, paró en seco cuando alcanzó una distancia prudente. Entonces, en perfecta sincronía con una tanda de truenos, se dio la vuelta, y, a la luz de los posteriores relámpagos, vio acercarse hacia ella a la gran sombra, que ahora era perfectamente visible a sus ojos. Partiendo de unas piernas que hacían pensar en un conejo gigante, poseía un enorme cuerpo desproporcionado cuyo exterior parecía la piel de un bisonte. Tenía varios brazos similares a las patas de un caballo, pero coronadas con garras propias de un león. De su espalda sobresalían unas enormes alas de murciélago. La cabeza tenía un remoto parecido a la de un oso, mientras que los dientes eran tantos y tan afilados como los de un cocodrilo. Una auténtica aberración multiforme.

 

Poco a poco se acercaba aquella deformidad hacia Evelyn, que esperaba impaciente a la señal de su hermano. Apenas se interponían un par de metros entre el monstruo y Evelyn, cuando ella escuchó a su hermano disparando al aire varias veces. Entonces lanzó su farol hacia la criatura, mientras ella también disparaba su revólver. Varias de las balas dieron de lleno en el blanco, provocando que una pequeña llamarada sorprendiera a su objetivo, que volvió a emitir sonidos de ultratumba mientras comenzaba a quemarse por efecto del queroseno vertido sobre su pelaje. Evelyn aprovechó aquello para salir disparada hacia el carromato, donde ya le esperaba su hermano con los caballos al frente para la huida.

 

Con un enérgico tirón de las riendas y varias voces, Scott logró que los caballos comenzaran a trotar, sacando el carromato de aquella zona. Evelyn aprovechó la circunstancia para cargar los revólveres con la munición que le quedaba en el cinto, no sin dedicar miradas hacia atrás, intentando atisbar si aquello les seguía. Pronto descubrió que sí, cuando una bola de fuego comenzó a acercarse hacia ellos, casi como si volara. Evelyn pensó con horror en aquellas enormes alas de murciélago, pero también en las patas de conejo, extremidades que por tierra o aire le permitirían avanzar a gran rapidez cuando la situación lo requiriese. Y para su pesimismo, aquel era uno de esos momentos en los que el monstruo hacía gala de su útil anatomía, mientras recortaba distancia continuamente. Evelyn le ordenó a Scott que avanzara más deprisa, al tiempo que ella comenzaba a disparar hacia la bola de fuego. La lluvia no tardaría en ir extinguiendo aquellas llamas, así que debía disparar y aprovechar mientras pudiera ver el objetivo. 


Aquella escena de huida y persecución se prolongó durante lo que parecieron segundos eternos. Cuando casi se había extinguido la bola de fuego y Evelyn cargaba sus últimas balas en el revólver, el carromato encaró lo que parecía la recta final del bosque, por la cada vez menor presencia de árboles a ambos lados del camino. Scott, que seguía totalmente concentrado en la travesía, sin despegar la vista del frente, observó unas extrañas rocas que había a izquierda y derecha del siguiente tramo a recorrer. Apenas llegó a distinguir unos dibujos tallados en la superficie de ambas rocas. Evelyn ni siquiera pudo ver aquello, concentrada como seguía en disparar a su perseguidor. Pero poco después, cuando el carromato salió del bosque, la bola de fuego no les siguió, quedándose cada vez más lejos, hasta que solo fue un punto luminoso en la lejanía. Evelyn le ordenó a Scott que detuviera la marcha, y éste tardó en obedecer, pero fue reduciendo la velocidad gradualmente, hasta que se pararon por completo.

  

Ninguno de los hermanos sabía por qué el monstruo había dejado de perseguirles, pero aquello no importaba, pues se fundieron en un abrazo que no hacía sino reafirmar su alegría interior por haber escapado de aquello. Cuando reanudaron su marcha, a ritmo muy tranquilo para no agotar más a los ya exhaustos caballos, Scott conectó mentalmente el hecho de ver aquellas raras piedras con la forma en que aquello había detenido su carrera tras ellos. No alcanzaba a entender de qué manera habían funcionado, pero estaba tan agotado que poco le importó, y procuró alejar de su mente aquellos días de pesadilla en el bosque. Evelyn intentaba hacer lo mismo, aunque ella relacionaba las tormentas con la presencia de aquel ser que había podido observar perfectamente, y que jamás olvidaría del todo. 


Quizás si ambos hermanos hubiesen compartido sus apreciaciones, habrían sacado conclusiones sobre lo acontecido en el bosque. Pero lo único que no necesitaban comentar, era el hecho de que, estuvieran a salvo o no de forma indefinida o momentánea, jamás querían volver a pisar un bosque. Y aunque no era necesario, Evelyn no dejó de mirar hacia atrás de vez en cuando, por si volvía a encontrarse a aquel ser. Así transcurrieron las horas, mientras la tormenta fue cediendo ante la aparición de la primera luz del día, que jamás había lucido tan salvadora y reconfortante como en esos momentos.  

10 de julio de 2021

Tormenta en el bosque (Parte 1 de 2)

Lo que había comenzado como una tenue llovizna, pronto se tornó en una tormenta de las grandes. Era ya de noche en el bosque, y Evelyn y su hermano Scott, quienes hacía poco habían montado su improvisado campamento en un claro junto a un riachuelo, tuvieron que correr hacia el carromato en busca de refugio, procurando armar antes un improvisado tenderete en el lugar donde estaban atados sus caballos, quienes relinchaban un tanto nerviosos por la tormenta.  

Ya en el interior del carromato, y resguardados por el techo abovedado de tela que envolvía parte del vehículo, se sintieron algo mejor, aunque quizás influyera la lámpara de queroseno que tenían encendida y evitaba que estuviesen a oscuras. Ambos tenían frío, pues, cuando su pequeña hoguera comenzaba a arder con más intensidad, lo había hecho al mismo tiempo la caída de la lluvia. Al menos Scott logró llevarse consigo el cazo donde estaban calentando un poco de sopa, y, en aquellos instantes, cuando un espectacular relámpago decoraba el cielo, él y su hermana sorbían con cuidado aquel líquido caliente que sus cuerpos acogían con agrado. 

Era algo paradójica la situación, ya que hacía apenas un día que ambos habían abandonado el pueblo donde vivían, un lugar perdido en medio de las llanuras en el cual muchos pistoleros hacían gala del salvajismo del oeste, alimentando al monstruo de la violencia a diario, entre borrachera y desenfreno. Y tras haber logrado escapar de aquel lugar, ahora se estaban enfrentando a la ferocidad de la madre naturaleza.  

La hoguera del campamento se había extinguido por completo y los relámpagos se alternaban con imponentes truenos, de esos que sonaban como si fueran a romperse los cielos. Cuando se acabó la sopa, Scott rebuscó entre las cosas a su alrededor, cogiendo dos gruesas mantas y los almohadones que usarían para hacer una cama improvisada. Evelyn abrió una pequeña caja de madera, y extrajo de la misma un revólver, asegurándose de cargarlo por si necesitaban usarlo. Aunque Scott logró dormirse con rapidez, Evelyn tenía dificultades para conciliar el sueño. La tela que cubría el techo del carromato había comenzado a filtrar el agua de lluvia, y, aunque Evelyn había colocado un cubo bajo la gotera, el repetitivo sonido del goteo la tenía nerviosa.  

Nuevos relámpagos iluminaron el cielo, y en esta ocasión los truenos vinieron acompañados de un sonido aterrador... un grito desgarrador proveniente de alguna parte del bosque. Evelyn zarandeó nerviosa a su hermano hasta despertarle, y cuando éste iba a soltar un improperio de desaprobación, un nuevo grito retumbó en el aire. Aquel sonido provocó que el chico buscase algún objeto a su alrededor para blandir como arma. Se tuvo que conformar con una pala, mientras que su hermana quitaba el seguro del revólver. Fuera, los caballos se agitaban nerviosos, sabedores de que estaba pasando algo anómalo. A la luz de la lámpara, era fácil ver el temblor que recorría el cuerpo de cada uno de los hermanos, hecho que no se debía exclusivamente a la fría temperatura.  

Un nuevo grito, más prolongado y desgarrador que los anteriores, provocó que Evelyn disparase accidentalmente el revólver. La bala acabó en el exterior del carromato, pero el olor a pólvora quedó impregnado en el interior. Scott rompió el tenso silencio de aquellos momentos: 

- Deberíamos salir afuera, parecía un grito humano- intentó mostrar una valentía que difícilmente podía parecer auténtica dadas las circunstancias, pero siguió-. ¿Y si alguien está en peligro? 

- Scott, estamos en medio del bosque, durante una tormenta que parece un presagio del día del juicio final- Evelyn dijo eso último blandiendo con torpeza el revólver sobre su cabeza-, ¿y quieres averiguar de dónde viene ese grito? Deberíamos quedarnos aquí. Estoy segura de que realmente tú tampoco quieres salir. 

- Es cierto, pero... no sé, deberíamos hacer algo. Aunque sea salir para calmar a los caballos. 

- Tal como yo lo veo- y Evelyn se puso una de las mantas sobre la espalda, para intentar entrar en calor-, lo más recomendable es que permanezcamos despiertos, por si hay que defenderse. 

- ¿Defenderse de qué exactamente? 

- No lo sé, de lo que quiera que haya por ahí fuera- en otras circunstancias, habría resultado cómica la forma en que Evelyn apuntaba con el revólver hacia el exterior, presa de un notorio temblor en su mano-.  

- Está bien- convino Scott-, no iré a ninguna parte... salvo al árbol donde tenemos atados a los caballos- y viendo la mirada desaprobatoria de su hermana, intentó cambiar su opinión-, y tú me cubrirás desde aquí con el revólver, ¿de acuerdo? 

- No sé Scott, me preocupa más tu seguridad que la de los animales.  

- Pues deberías preocuparte por ambas cosas- atajó su hermano, instantes antes de que otro relámpago iluminara el cielo-, sin caballos no podremos salir del bosque fácilmente... ¿eso quieres? 

- Está bien- Evelyn se encogió instintivamente con otra andanada de truenos, y luego intentó recomponerse-, sal ya y acabemos con esto, te vigilaré desde aquí.  

Scott rebuscó en el interior del carromato hasta dar con otra lámpara. Una vez que la encendió, y sosteniéndola bien alto, salió del vehículo, y Evelyn le pasó la pala. Si dentro tenía la sensación de estar resguardado de un temporal, ahora que sus pies iban de un charco de barro a otro, Scott se sentía indefenso y totalmente expuesto a la merced de los elementos. No le costó llegar hasta los caballos, que se agitaban nerviosos hasta que él pudo acariciarlos. El tenderete bajo el cual estaban no les protegía totalmente de la lluvia, pero era mejor que nada. Otro grito se sobrepuso a la sinfonía de la lluvia, y Scott lo sintió muy cercano, como si estuviese a la misma distancia que su hermana. Seguido al grito, pudo discernir un sonido espeluznante, que le hizo recordar al acto de partirle el cuello a un pollo. Sin embargo, esto no era igual, parecía más bien como... romper algo y luego desprenderlo de cuajo.

La irrupción de una nueva tanda de relámpagos provocó que Scott mirase nervioso a su alrededor. Entonces creyó ver algo, en una zona elevada del bosque. Parecían dos sombras, una mucho mayor que la otra. La más grande, cuya altura parecía alcanzar cuatro o cinco metros, sostenía en el aire a la otra, la cual se asemejaba al tamaño que podría tener un hombre adulto, y era como si... se la estuviera comiendo. Con el fogonazo de un nuevo relámpago, y el horror de una visión infausta, Scott creyó ver cómo de la gran sombra sobresalían varias extremidades que ondeaban al viento, y que habían atraído hacia el cuerpo grande a la sombra pequeña.  

Casi sin pensarlo, y deseando que su imaginación estuviese jugándole una mala pasada y todo fuera producto de una sugestión, Scott dejó caer la lámpara y la pala en el suelo y se alejó corriendo de allí hasta el carromato. En su huida, no logró escuchar el impacto de algo pesado cayendo al riachuelo, algunos metros por encima del lugar donde estaba el campamento, en el cual había visto aquellas sombras. Evelyn preguntó si había visto algo tras el último grito, y él dijo que no, recostándose sobre una almohada, y temblando sin parar hasta que el sueño pudo con él.  

Evelyn no logró calmarse, sabía que su hermano sí que había debido ver algo. Pero no quiso molestarle en aquel estado de inquietud. A fin de cuentas, ella estaba más asustada que nunca. Así que se quedó vigilante con el revólver dispuesto para ser usado, y al final ella también se quedó dormida al cabo de un rato. Los caballos volvieron a inquietarse durante un buen rato, pero progresivamente se resignaron a su suerte, mientras la tormenta mantenía su intensidad. Y como suele suceder con todas las cosas, nada es eterno, y la tormenta y la noche dieron paso a un nuevo día. 

Scott fue el primero en despertarse. Lo hizo un tanto asustado, por si lo que había creído ver horas antes, era tan real como la vida misma. No obstante, de momento no encontraba motivos para inquietarse. Comprobó con agrado que no había más ruido a su alrededor que los sonidos propios del bosque, y que la tormenta ya era un suceso pasado. Cercano y espeluznante por lo que pasó, pero acontecido horas atrás. Pero por si acaso, cogió el revólver que su hermana había dejado caer al suelo al quedarse dormida. Lo sostuvo en alto, y asomó la cabeza fuera de la tela del carromato, observando en todas direcciones.  

Aunque la mañana estaba nublada y el aire olía a humedad, era agradable tener algo de luz natural para observar todo con detalle. Los caballos estaban tranquilos, lamiendo agua de un gran charco que había bajo sus patas. Más confiado, Scott salió de un salto del carromato, no sin dejar de sostener el revólver. Extrajo de un tonel algo de comida para los animales, y se acercó a ellos, ofreciéndoles su desayuno. En esas estaba él cuando, tras mirar en la dirección del riachuelo, lo vio. Todo su ser sintió una oleada de terror, haciendo que los recuerdos de la noche pasada aflorasen a su mente. Y gritó. Lo hizo con una fuerza y una desesperación tan notorios que Evelyn salió disparada del vehículo, a pesar de que tenía los ojos medio cerrados. Entonces ella siguió la dirección en la que miraba su hermano, y también lo vio: un cuerpo decapitado, atrapado entre rocas en una porción del riachuelo.

(Podéis leer aquí la continuación)

24 de abril de 2021

Vida y muerte en el espacio

Un ligero temblor en la nave fue la señal de que estaban abandonando el planeta Morback, conocido desde hace dos años como el “Vergel de los Muertos Vivientes”. La capitana Bricia Cranston, tras comprobar que salían sin problemas del campo gravitatorio del planeta, dejó que su co-piloto Sherby Wondal se ocupase del resto de la maniobra para volver al espacio. Sería entonces, una vez en órbita, cuando ella tendría que encargarse personalmente de manejar la nave, ya que Morback estaba fuertemente vigilado por la Federación de Planetas Unidos, y la única opción viable de entrar y salir sin ser vistos, escapando a los escáneres de las naves de la Federación, requería poner en práctica la pericia que Bricia, como ex-piloto de cazas de combate, tenía en su haber.

Mientras Sherby se ocupaba de todo, Bricia usó su intercomunicador para hablar con Jelko, Parek y Krestic, sus hombres de armas, que en aquellos momentos estaban vigilando el cargamento de la nave. Por el momento los muertos vivientes no daban demasiados problemas, pero era lo lógico, teniendo en cuenta que hasta una veintena de aquellos comecerebros estaban atrapados en un tanque metálico que emitía descargas eléctricas a quien tocara sus paredes. Con cargas como aquellas, no había que andarse con tonterías.

Bricia no había estado muy convencida ni antes ni después de aceptar aquel encargo, y únicamente su necesidad de conseguir una buena suma de dinero había decantado su decisión. Pero claro, eso no implicaba sentirse bien consigo misma. A fin de cuentas, desconocía las razones por las que el millonario que le había encomendado aquella misión, podría necesitar un pequeño grupo de zombies, pero su instinto le decía que no serían para nada bueno.

Y era lógico, ya que, desde que un grupo de mineros reventó en las minas de Morback una bolsa de gas venenoso, aquel planeta había sufrido lo indecible, viendo casi exterminada su población por la conversión de los mineros en zombies a raíz de inhalar aquel gas, y la posterior infección que transmitieron a cuantos habitantes pillaban a su paso, fueran humanos o alienígenas. La cosa se desmadró tanto que, para cuando la Federación entró en acción y logró evacuar a lo que quedaba de población sana, declaró el planeta en cuarentena, estacionando allí un contingente de vigilancia para no dejar entrar o salir a nadie, quedando los zombies atrapados. Claro que, como en todas las cosas, siempre hay una manera de llegar a donde uno quiere. Y nadie sabía qué motivó el hecho de que dejaran a los muertos vivientes vagando por el planeta en lugar de extinguirlos, pero así se habían sucedido las cosas.

Bricia no era ni mucho menos la primera persona que iba a capturar zombies allí, y precisamente por las experiencias de otros pilotos, ella ya sabía cómo debía manejar la nave para evitar los escáneres y el control de la Federación. Y pensando en eso, llegó el momento en el que la capitana debía ocuparse de manejar su nave. Tras darle las órdenes pertinentes a Sherby, Bricia agarró bien los controles, y dio el aviso a la tripulación para que se agarrasen a lo que tuvieran a mano, pues el viaje iba a ser movidito hasta salir de la zona. Y vaya si lo fue, mucho más que para acceder a Morback. De hecho, Knighter, el mecánico, tuvo que trabajar bajo mucha presión para conseguir toda la potencia extra que la nave necesitó para salir del control de la Federación.

***

Cuando la nave de Bricia aterrizó en el planeta Treniac, su anfitrión, el magnate Prendal, tenía todo preparado para sacar la carga con seguridad, y un numeroso ejército de soldados supervisó el traslado de los zombies a las dependencias asignadas para mantenerles encerrados. Jelko y Parek los acompañaron, y Krestic se quedó vigilando a su capitana. Mientras tanto, y sintiéndose muy complacido, Prendal felicitó a Bricia por su labor y dio inicio a una conversación:

- Me habían hablado maravillas de ti, y me alegra comprobar que no eran alabanzas sin fundamento.
- En una profesión como la mía, señor Prendal, la reputación lo es todo- respondió con firmeza Bricia, que seguía sin fiarse de aquel hombre-. Y procuro llevar a término todos los encargos que acepto.
- Esto lo demuestra, sin duda- Prendal señaló con una de sus manos hacia el lugar donde se dirigían sus soldados con los zombies-. Y pienso darles buen uso.
- Lo único que le aconsejo, si me permite el atrevimiento, es que controle la forma en la que los utiliza. No olvide que esas criaturas extinguieron casi toda la vida de un planeta.
- Lo sé, precisamente me interesan por eso- y en el rostro de Prendal se dibujó una sonrisa que heló la sangre de Bricia-. Tengo algunos problemas entre manos, y esas aberraciones serán un arma poderosa para apoyar mis argumentos.
- Bueno, a partir de ahora la responsabilidad del uso que se les dé, es suya.
- Me alegra que lo vea así, ahí están sus honorarios- y Prendel señaló hacia una mesa que había cerca de ellos, sobre la cual se encontraba un cofre metálico-. Me he tomado la libertad de incluir un extra para que usted y su tripulación guarden silencio sobre este encargo. ¿Me comprende?
- Sí, sin ningún problema- Bricia se acercó al cofre y lo abrió para comprobar que todo estaba en orden-.
- Pues entonces, ya no hay nada más que tratar. Les deseo un buen vuelo.
- Gracias- cuando Jelko y Parek regresaron, Bricia les indicó con un gesto de cabeza que cogieran el cofre-. Y recuerde, tenga cuidado con esas criaturas.
- Lo tendré- Prendel esperó a que sus visitantes estuvieran entrando en su nave-. Y aunque no lo tenga, ¿quién va a detenerme ahora?

Bricia no pudo escuchar la malévola risa de Prendel, pero de todas formas ella seguía sin estar del todo tranquila con aquello. Una vez estuvieron tanto ella como el resto de sus hombres dentro de la nave, comenzó a pulular por su cabeza una inquietante preocupación... ¿habría hecho lo correcto aceptando aquel encargo? Jamás en su vida había visto tanto dinero como el que estaba a buen recaudo dentro del cofre, pero... ¿en serio iba a dejar en manos de aquel tipo un ejército de zombies? Sherby le habló y la sacó de sus pensamientos. Ella respondió de forma automática, ordenándole salir del planeta. Mientras la nave ascendía por los cielos... su cabeza no dejaba de darle vueltas a lo mismo. ¿Por qué se había quitado de forma tan liviana su responsabilidad al dejarle claro a Prendel que, en adelante, él sería responsable del uso que le diera a su nueva adquisición?

***

Pasaron un par meses, y Bricia se enteró del terrible uso que Prendel le había dado a los zombies. La información la había obtenido en “Wallander’s”, la taberna más popular del pequeño planeta Trinium, donde solían reunirse mercenarios, cazarrecompensas y demás buscavidas de la galaxia. Bricia ni siquiera estaba en aquel lugar para averiguar aquello, sino para disfrutar junto a su tripulación de una buena comilona tras otro trabajo reciente culminado con éxito. Pero entre las muchas conversaciones que tenían lugar allí, la capitana captó parte de una que abarcó toda su atención, provocando que abandonara la mesa donde estaba sentada para escuchar más atentamente. Un alienígena mercante le estaba relatando a un pirata una tragedia acontecida en Treniac.


Por lo visto, una horda de zombies había aparecido en aquel planeta, causando muerte y destrucción en una región poblada por ganaderos. Prácticamente la mitad de la población de allí había sido asesinada, y la otra mitad convertida en muertos vivientes. Tras algunas semanas, la horda zombie había sido aniquilada gracias a la aparición de los ejércitos de la Federación, que habían colaborado con diferentes milicias de Treniac formadas para la ocasión. Bricia sintió una punzada en el corazón, y tuvo el presentimiento de que Prendel seguramente estuvo tras alguna de esas milicias. Por descontado estaba el hecho de que hubiera dado aquel uso a los zombies, pero la pregunta pertinente entonces era... ¿por qué habría atacado esa región ganadera? Él debía ser de los tipos más ricos del planeta, y hasta donde Bricia sabía, la ganadería no era precisamente uno de los negocios más rentables por aquel sistema solar. ¿Qué motivo habría tras aquella tragedia? ¿Se trataría de alguna sangrienta artimaña de Prendal para apropiarse con el tiempo de aquella región? ¿O simplemente estaría enfrentado con esa gente? Una cosa era segura, y es que Bricia quería averiguar más al respecto, por eso puso al día a su tripulación, y viendo que todos se sintieron abatidos por la noticia, les propuso volver a Treniac. Debían hacer algo, a fin de cuentas, fue su responsabilidad llevar aquella carga tan peligrosa allí.

***

Bricia se sentía totalmente desolada cuando logró hablar con algunos supervivientes de la masacre de Treniac. Era irónico, habían sobrevivido menos personas que zombies había dejado ella en manos de Prendal. De boca de una de las personas que salvaron la vida de milagro, supo que Prendal llevaba mucho tiempo intentando comprar los terrenos de aquella zona de ganaderos. Ante la persistente negativa de éstos, el ricachón fue probando diferentes sistemas de extorsión con ellos, que iban desde sabotear sus cosechas y robar algunas de sus reses, a dar palizas a personas. Pero los ganaderos, y Bricia se sintió extrañamente orgullosa, no se dejaron amedrentar, manteniéndose firmes en su negativa a vender. Prendel era muy rico, pero en Treniac no se podía comprar a todo el entramado de autoridades locales para intentar ninguna triquiñuela por esa vía, así que, sin tener el respaldo de la ley, ni la seguridad de que le apoyarían en cualquier contienda con los ganaderos, Prendal había ido demasiado lejos con la adquisición de los zombies que dejó a su libre albedrío en aquellos terrenos que tanto se les resistían. El resto... era fácil de imaginar. Ahora que los supervivientes habían iniciado su peregrinación para marcharse de allí, él había ganado.

Cuando terminó de hablar con los ganaderos supervivientes, Bricia y su tripulación se dirigieron a la hacienda de Prendal. Aquella sabandija recibió con una enorme sonrisa a la mujer que le había ayudado involuntariamente a masacrar a sus enemigos. De no ser por Knighter y Sherby, que la agarraron fuertemente, la capitana habría saltado a la yugular de Prendal. De haberlo hecho, los mercenarios que había en los alrededores la habrían matado, tanto a ella como al resto de su tripulación. Jelko, Parek y Krestic no paraban de mover sus armas apuntando en todas direcciones, nerviosos por sentirse ampliamente superados.

- ¿Viene a felicitarme por el uso que le di a los zombies?- dijo Prendal con tono de satisfacción-.
- Maldito desgraciado, si llego a saber lo que iba a hacer...
- ¿Qué, no habría aceptado el encargo? Por favor, usted y su banda de andrajosos personajes no son más que muertos de hambre que necesitan de gente como yo para subsistir. Le ofrecí una gran cantidad y usted aceptó, así de simple.
- ¿Así de simple? - Bricia casi consigue soltarse de los brazos de Knighter y Sherby-. ¡Ha matado a gente! ¡Criminal!
- ¿Qué yo he matado a alguien? Han sido esos zombies los que han asesinado y convertido a esos ganaderos.
- Manejados por usted, canalla.
- Ja, ja, ja. ¿Cuándo me dejó la carga qué se pensaba, que iba a jugar a las casitas con ellos?
- Lo que no pensé es que masacraría a parte de este planeta. ¡Y además se sentiría orgulloso Prendal!
- Bueno, si quiere hacer algo de justicia para sentirse mejor, vaya a los tribunales y denúncieme- en aquel momento, Prendal señaló a Bricia con una de sus manos-. Pero no obvie el hecho de que usted me facilitó el cargamento de zombies, extraído de una zona vigilada por la Federación. Adelante, denúncieme a las autoridades.
- Esto no quedará así, ¿me oye?
- Si quisiera, podría matarla aquí mismo- y Prendal señaló en todas las direcciones donde sus hombres estaban posicionados y apuntando con sus armas a Bricia y los demás-. Lárguese de mi propiedad, y no se le ocurra volver, sabandija espacial.
- Vámonos Bricia- Sherby apretó uno de los hombros de su capitana-, no merece la pena.
- Está bien, nos largamos de esta cloaca.
- Que tengan buen viaje- Prendal dedicó una última sonrisa a sus huéspedes, que ya iniciaban la retirada hacia su nave.

Bricia no logró calmarse ni siquiera cuando su nave salía del planeta. Aquello no podía quedar así. No debía. Pero... ¿qué iba a hacer? Cuando pensaba que estaba superada por la situación, una idea sobrevino a su mente. La expuso al resto de su tripulación, y viendo que nadie ponía objeciones al respecto, pusieron rumbo a Morback.

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Por segunda vez en pocos meses, Bricia había vuelto a Morback para atrapar un nuevo cargamento de zombies. La diferencia es que esta vez lo había hecho gratis, con la única finalidad de usarlos contra Prendal. Gracias a Jelko, Parek y Krestic, se le había implantado un pequeño explosivo a cada una de las capturas. Bricia no quería provocar otra tragedia en Treniac, por lo que iba a limitar el radio de acción de sus nuevos amigos. Su plan era soltarlos sobre los dominios de Prendal, y dejar que camparan a sus anchas por allí, mientras que Bricia se mantendría sobrevolando la zona, para disfrutar así del espectáculo. ¿Era un mal plan? Posiblemente. ¿Era inmoral? Era cuestionable. ¿Le apetecía llevarlo a cabo? Sin lugar a dudas.

Cuando la nave regresó a Treniac, Bricia y Sherby aterrizaron en una zona algo alejada de los terrenos de Prendal. La idea era contar con el mayor porcentaje posible de factor sorpresa, para lo cual transportarían a los zombies, que seguían atrapados en un contenedor, en un vehículo de carga, dirigiéndose toda la tripulación de la nave hacia una zona idónea para abrir el contenedor. Cuando alcanzaron una porción de terreno fuera de la vigilancia de los sistemas de seguridad de Prendal, Jelko y Krestic abrieron el contenedor, azuzando con pistolas eléctricas a los zombies para ponerles en la senda que terminaría llevándolos a la casa principal del ricachón. Era un momento arriesgado del plan, pues existía la posibilidad de que los muertos vivientes se dispersaran por todas partes, pero Sherby había aportado una idea a ese respecto. No dejaba de ser alocada, pero... ¿acaso no lo era todo aquello?

Así que, armado con una pistola de bengalas, Sherby, que sostenía que los zombies se sentían atraídos entre otras cosas por los objetos brillantes, disparó varias bengalas en dirección hacia el edificio principal donde habían tenido sus anteriores encuentros con Prendal. Y los zombies siguieron la estela de humo, intentando encontrar el punto donde la bengala comenzaba su descenso en el cielo. Al cabo de un rato, Bricia y los demás escucharon unas pequeñas alarmas ubicadas en distintas partes de los terrenos de Prendal, y supieron que la cosa iba bien. Era el momento de regresar a la nave para disfrutar del espectáculo.


Por primera vez desde que había comenzado todo aquel asunto, Bricia y sus chicos se sentían felices, aunque la culpa de ese sentimiento la tuviese el placer sádico que experimentaban observando a los zombies acabar con los hombres de Prendal. Éste, que se había ido escudando en diferentes mercenarios para mantenerse a salvo de los atacantes, se estaba quedando sin lugares para protegerse. Presa de un terror palpable desde la distancia, había terminado metiéndose en el interior de su casa. Bricia desconocía si allí tendría algo parecido a una habitación blindada, pero poco importaba viendo que los zombies que todavía seguían en pie, se habían dirigido hacia ese mismo edificio tras acabar con el resto de mercenarios.

Ahora solamente quedaba una cosa por hacer, y la capitana apretó con satisfacción el botón que accionaba los explosivos insertados en el cuerpo de los muertos vivientes. La explosión hizo arder hasta los cimientos toda la zona, alcanzando el fuego varios kilómetros a la redonda. Para curarse en salud, no habían querido usar cargas explosivas pequeñas, y era una decisión de la que Bricia se alegraba. Así no habría lugar posible para salir indemne de aquello.

Cuando fue seguro bajar a inspeccionar, Bricia y sus tres hombres de armas se aseguraron de que no quedara nadie ni nada con vida en los terrenos de Prendal. Se acercaron hasta donde el fuego les permitía, pero les bastó para comprobar que allí no quedaba más vida presente que la suya. El edificio principal estaba totalmente derruido, y la capitana dudaba de que Prendal siguiera vivito y coleando. Poco después emprendieron el regreso a la nave, para marcharse de aquel planeta al que, en la medida de lo posible, Bricia no esperaba volver jamás. Y aunque no dejaría de aceptar trabajos en el futuro, sí que esperaba cambiar dos cosas: el juzgar mejor a sus próximos clientes, y no ver nunca a más muertos vivientes.