26 de marzo de 2016

Los primeros trabajos de Windor el mago

Nota introductoria: Aunque este texto puede leerse de manera independiente, la primera aparición de Windor, en la que cuento sus primeros años de vida hasta acabar la universidad, tuvo lugar en el microrrelato "El secreto para ser mago" (para leerlo, clickad en el título). 

Este texto que podéis leer a continuación, retoma la historia de Windor desde que se licencia como mago en la universidad mágica...


Los primeros trabajos de Windor el mago

Aunque Windor nació con un talento para la magia similar al de un taxidermista para proteger la vida de los animales, sí que poseía una fuerza de voluntad incansable. Esa cualidad le hacía inmune a todo fracaso en su intento por adquirir habilidades mágicas. Y gracias a ello, una vez que entró en la universidad mágica, se licenció como mago. No siempre le salían los hechizos, pero tuvo la inmensa suerte de hacer de un modo aceptable los que se necesitaban para aprobar los exámenes.

Windor vestía una túnica sumamente ofensiva a la vista por su fealdad, pero la había confeccionado él mismo, junto con un sombrero que no se pondría nadie en su sano juicio. Pero a pesar de su esperpéntico aspecto, era todo un mago, con un pergamino oficial de la universidad mágica que lo atestiguaba, y una varita de segunda mano que había adquirido a buen precio.

Eso sí, no siempre le salían los hechizos con la varita. Una de las primeras cosas que hizo cuando se licenció, fue aceptar un trabajo temporal como animador de fiestas de cumpleaños. Su puesta en escena era fabulosa, pero le fallaba un pequeño detalle: la ejecución. Cuando tenía a todos los asistentes del cumpleaños reunidos ante él, se quitaba el sombrero, lo sostenía en el aire, y decía algunas palabras mágicas mientras agitaba su varita. Pero cuando le daba la vuelta al sombrero para dejar caer lo que debía aparecer, no caía nada, salvo algo de pelusa con suerte. Por eso no duró más de un mes en aquel trabajo, a pesar de que sus gatillazos mágicos no le impedían cobrar el precio pactado por cada cumpleaños.

Realmente Windor había deseado desde pequeño ganarse la vida como consejero y mago de algún rey. Pero claro, para poder aspirar a tal trabajo, era consciente de la necesidad de condimentar su currículum. Aunque antes de entrar en la universidad había sido aprendiz de un modisto, ni eso ni su experiencia como animador de festejos le servían de mucho. Por eso su mente no dejaba de idear posibles trabajos a desempeñar. Y entonces entró en el mundo de la música.

Invirtiendo parte del dinero que tenía, adquirió algunos instrumentos musicales, y tras alquilar una habitación en una pensión cerca de la universidad, dedicó algunas semanas a practicar su número musical, que esperaba que resultara tan exitoso como original. Aunque no terminaba de lograr el efecto que buscaba con los instrumentos, se decidió a organizar una exhibición en la calle. Así fue como, en una de las plazas de la ciudad, colocó encima de varias sillas unos bongos, un laúd, una flauta, una bandurria, y unos platillos. Hizo un llamamiento a toda persona que pasaba por allí, y cuando reunió un considerable público, explicó lo que iba a hacer.

La idea era ejercer de director de orquesta con su varita mágica, sin músicos. La magia haría que los instrumentos se elevaran de las sillas, se sostuvieran en el aire, y sonaran correctamente. Esa explicación captó toda la atención de los allí presentes. Entonces Windor se colocó frente a los instrumentos, movió su varita mientras decía algunas palabras, y la música empezó a sonar.

Si pudiera definirse con una frase la actuación musical de Windor, esa frase sería: la intención es lo que cuenta. Es cierto que los instrumentos sonaron, pero no del modo correcto. Los bongos sonaban como unas maracas, el laúd como la flauta, la flauta como una guitarra, la bandurria como una armónica, y los platillos como un gato rabioso. Sin embargo, Windor no se desanimó por su fracaso, ya que al menos había logrado hacer reír a unas cuantas personas, que le dieron algunas monedas por su actuación.

No volvería a dar más conciertos, pero a diferencia de su anterior trabajo, al menos en éste había logrado hacer magia. No la que él quería, pero iba puliendo su destreza. Y además, ya podía añadir algo más a su experiencia laboral. Tras su paso por los terrenos de la moda, las fiestas de cumpleaños, y la música, Windor ya se sentía más preparado para aspirar a su anhelado trabajo como mano derecha de un rey. Con ese ánimo renovado, un día fue al tablón de anuncios de la ciudad, y encontró justo lo que buscaba.

Para ser más precisos no era exactamente lo que quería, pero se le parecía un poco, lo mismo que un guisante a un melocotón. El anuncio decía lo siguiente:

“Se busca mago que ejerza de consejero del rey de Trascania. El mago ha de tener tolerancia suficiente para aceptar que sus consejos nunca sean seguidos, así como una cabeza dura para soportar que el rey le use como diana tirándole objetos. Se ofrece una remuneración por debajo del salario mínimo.”

La primera sensación de Windor tras leer aquel texto, fue pensar que más que una mano derecha para el rey, iba a ser la mano izquierda, tan tenido en cuenta como un grano de arena en el desierto. Puede que hasta un tapiz del salón real fuera más tenido en cuenta que él. Pero podía ser la oportunidad de oro para alcanzar su sueño. Y con el mismo ánimo alegre de un ludópata antes de entrar a un casino, metió todas sus pertenencias en un baúl, y compró un pasaje en barco para ir hasta el reino de Trascania. 

Continuará...


Para leer la continuación, clickad aquí.