Nota introductoria: Aunque este texto puede leerse de manera independiente, la anterior aparición de Windor, en la que cuento su primer paseo por los terrenos de Trascania, una vez que ya es consejero real, así como el primer "no" consejo que le da al rey Berinio, tiene lugar en "Aprendiendo a desaconsejar" (para leerlo, clickad en el título).
Este texto que podéis leer a continuación, retoma la historia de Windor desde que aconseja por primera vez al rey, y empieza a potenciar su habilidad en tal arte.
Este texto que podéis leer a continuación, retoma la historia de Windor desde que aconseja por primera vez al rey, y empieza a potenciar su habilidad en tal arte.
Un
encargo importante
Con el paso de las semanas, el arte de Windor a la
hora de desaconsejar se había ido perfeccionando. Estaba en racha, o como diría
un comentarista del “burro-cesto” (deporte donde unos tipos subidos en burros
intentaban encestar un balón dentro de un tonel lleno de cerveza, bebiendo un
trago por cada tanto anotado), estaba empezando a “calentar la muñeca y el
gaznate”. Porque sí, poco a poco Windor había ido logrando que se produjeran pequeñas
mejoras dentro del castillo de Trascania.
Su primera victoria ante Berinio había tenido por
premio la contratación de una bibliotecaria. Es cierto que era una mujer
octogenaria, y que tardaba lo que no estaba en los escritos en localizar algún
libro que se le pedía, pero era mejor que no tener a nadie en aquel lugar. Y
por increíble que pareciera, Windor había logrado convencer a su vez al rey de
que era necesario contratar a alguien que mantuviera limpia la biblioteca. A
fin de cuentas, no daba buena impresión para un visitante el notar que el polvo
acumulado en cada estantería, tenía más pátina que la propia bibliotecaria.
Por otra parte, se habían ido mejorando algunos
otros aspectos dentro del castillo. Windor ya disponía en su torreón de un
mobiliario en mejor estado que el que había cuando entró la primera vez. Podía
conciliar el sueño sin miedo de que las patas de la cama se rompieran por su
mal estado, o sin temor de que lloviera y la falta de techo le provocara un
despertar húmedo diferente al más conocido. Sin olvidarse del hecho importante
de que se podía pasear dentro de la habitación sin meter el pie en algún
agujero del suelo. La cosa iba mejorando poco a poco.
Sí es cierto que había otras cuestiones negativas que,
lejos de mejorar, seguían multiplicándose, como los intentos del ayudante de
cámara para que Windor cayera en alguna de sus trampas. Habiendo aprendido la
lección de que con perros rabiosos es mejor no jugar, el ayudante optaba por
diferentes maneras para hacerle imposible la vida al mago. Y una cosa era
cierta, a pesar de sus fracasos, aquel tipo tenía unas ideas de lo más
originales.
Había intentado sorprender al mago en el torreón, metiéndose
en el interior del baúl de éste, pero su plan había terminado con el pobre
ayudante aporreando la madera porque se quedaba sin aire, provocando que Windor
se asustara sí, pero por miedo a que el tipo la espichara de aquella forma en
sus dependencias. También había probado a esconderse en el interior de una
armadura mientras otro empleado del castillo hacía lo mismo con otra, con la
intención de que el último hiciera de señuelo ante el mago. Aquello había fracasado
porque aquel empleado era alérgico al polvo de la armadura, y sus continuos
estornudos alertaron a Windor. Por último, y en un claro intento de
desesperación, el ayudante de cámara había recurrido a…¡¡¡la paloma jugadora de
póker!!!
Tras convencerla de que recibiría un buen pago por
cagarse en la ropa de Windor cada vez que éste saliese del castillo, el plan
falló por una sencilla razón: Windor había averiguado lo que el ayudante de
cámara tramaba (¿no es sospechoso que una persona se tape la boca mientras le
susurra propuestas indecentes a una paloma?), y siempre que salía del castillo usaba
un parasol. Originariamente el color de la tela del utensilio había sido negra,
pero con la cantidad de cagadas de paloma que había recibido, los puntos de
negro que quedaban eran tan escasos, que parecía una chirimoya una vez abierta.
Otra de las cosas que Windor añadió a su lista de
quehaceres, fue visitar los bosques circundantes del castillo. A fin de
cuentas, sus paseos diarios se limitaban a ir desde la puerta del castillo
hasta los muelles, y siempre lo hacía por el mismo camino, pasando por la “Posada
del inepto”, en lugar de optar por otras rutas. Es por ello que algunas partes
del reino le eran desconocidas, y se había propuesto remediar tal
circunstancia. Ya se sabe, la información no solamente es poder, sino que
contribuye a estar mejor preparado ante cualquier eventualidad.
Y con tal fin, y aprovechando un magnífico y soleado
día, Windor se dirigió a uno de los bosques de Trascania. Para familiarizarse
con la zona, optó por empezar con el más cercano al castillo, ya que había
bastantes en el reino. Era de agradecer que no abundaran los leñadores en aquel
lugar, ya que una de las cosas que más entristecía a Windor era ver bosques
talados. Aceptaba que el uso de la madera formaba parte necesaria de la vida
humana, pero eso no restaba un ápice a la desolación que sentía cuando la tala
era excesiva más allá de las necesidades humanas. Por desgracia la magia no
podía hacer que un árbol creciera rápidamente una vez talado, pero puede que
algún día alguien descubriera un hechizo con ese efecto.
Los sonidos del bosque insuflaban de un mejor aire
los pulmones y el ánimo de Windor. Es cierto que oír los ronquidos del rey
Berinio le hacía sentirse a uno en el interior de una piara de cerdos, y que tipos
como Letrinus no distaban mucho de las mofetas y las comadrejas, pero eso no
era lo mismo. Pasear entre árboles, animales libres y riachuelos, eso sí que
era de un valor incalculable.
Cuando Windor llegó a una cabaña en medio de un
claro del bosque, sintió algo inexplicable. No tenía nada que ver con un
leñador que había roncando en el exterior de la cabaña, apoyado sobre una de
las paredes. Ni siquiera con el torrente de saliva que manaba de la boca de
aquel tipo. No. La razón era animal: una yegua. Una preciosa yegua, del color
del marfil. Se encontraba bebiendo agua de un pequeño riachuelo que rodeaba la
cabaña. Aquel animal le hacía sentir a Windor empequeñecido, como si estuviese
ante un ser de un poder inimaginable.
Una vez que la yegua dejó de beber agua y dirigió su
mirada a Windor, éste tuvo una extraña percepción. No sabía explicar el por
qué, pero tenía la certeza de que la yegua se llamaba Aloe. Windor se acercó a
Aloe, y sintió la necesidad imperiosa de acariciar su lomo. Entonces, una vez
que lo hacía, notó una intensa vibración que le obligó a retirar su mano del
animal. Otra nueva percepción se apoderó de él, y supo que Aloe llevaba en su
interior a Orus, la piedra de la transformación. Las explicaciones a estos
interrogantes pertenecían a otro universo y otro narrador, y quizás eso
justificara el hecho de que, una vez que Aloe emprendió la marcha del lugar,
Windor sintiera que un fragmento de su memoria a corto plazo había sido
borrado, preguntándose cómo había llegado a aquel claro del bosque.
Mientras Windor vivía aquella extraña situación en
el bosque, un acontecimiento importante iba a tener lugar en los muelles de
Trascania. De acuerdo, dos. En primer lugar, uno de los gigolós de la zona
estaba totalmente aburrido por la falta de mujeres requiriendo sus servicios, y
eso ya era una noticia de gran impacto debido a la ingente cantidad de clientas
potenciales que se peleaban por estos trabajadores del placer.
Aunque el suceso más importante tenía que ver con un
barco llamado “Naweb”, capitaneado por un hombre barbudo y con anteojos, y que
acababa de atracar en uno de los embarcaderos. De su interior salió una figura
encapuchada, pero cuyo busto no dejaba lugar a dudas sobre su naturaleza
femenina. La figura encapuchada se dirigió hacia un lugar concreto de los
muelles: la freiduría “Sin aceite refrito yo no soy nada”. No era el mejor
sitio para quedarse (ni desde luego para comer si uno quería vivir muchos
años), pero era ideal para encontrarse con quien la había citado allí. Esa
persona no era ni más ni menos que Letrinus, que salía del interior de la freiduría
con un cucurucho de papel lleno de pescado.
- La identidad de tu víctima está aquí dentro, así
como los datos que necesitas saber- dijo Letrinus a la encapuchada, mientras le
pasaba el cucurucho-.
- ¿Y mis honorarios?- preguntó la encapuchada-.
- Qué desconfiada es la gente eh, ser asesor laboral
ya no es lo que era- y acto seguido, Letrinus dejó caer al suelo una bolsa con
monedas-. Quiero que sufra. Y por encima de todo, cumple tu cometido de forma
que nadie pueda relacionarme con ello.
- Por eso mismo recurrió a mí, soy la mejor en mi
trabajo.
- Haga honor a su fama- y tras estas palabras,
Letrinus se marchó-.
La encapuchada se agachó para recoger la bolsa de
monedas, y sin ningún entusiasmo, metió una de las manos en el cucurucho de
papel. El olor que llegaba a sus fosas nasales delataba no un refrito, sino una
infinidad entera de ellos. Alguien debería matar al cocinero de aquel antro por
simple caridad para la población. Pero la encapuchada no estaba allí para
ayudar a nadie, sino para cumplir un encargo. Así que cuando su mano encontró
un pergamino dentro del cucurucho, lo sacó y se deshizo del pescado.
Cuando desenrolló el pergamino, lo primero que leyó
fue el nombre de su víctima: Windor. Aunque era curioso, porque el nombre
estaba tachado con un par de líneas. La encapuchada comprendió que esa era la
víctima equivocada, y prestó toda su atención al siguiente nombre de la lista,
que esta vez no estaba tachado: Berinio.
Así que le habían encomendado asesinar al rey de Trascania. Un gran reto. No era de extrañar que hubiesen recurrido a Tribonia, la mejor asesina en varios reinos. Que Windor (es decir Berinio) se preparase para sufrir…
Continuará...
Así que le habían encomendado asesinar al rey de Trascania. Un gran reto. No era de extrañar que hubiesen recurrido a Tribonia, la mejor asesina en varios reinos. Que Windor (es decir Berinio) se preparase para sufrir…
Continuará...

