17 de enero de 2016

Un encuentro casual VII

- Será un placer dar ese paso contigo y acompañarte a la entrega de ese premio, pero lo haré con una condición.
- ¿Una condición?- en ese momento Natalia sentía tanto alegría por la respuesta de Gabriel, como cierta duda por la condición que impondría él-.
- Sí. Verás Natalia, desde que nos conocemos mi vida emocional está cotizando constantemente al alza. Alimentas mi corazón y mis pensamientos con tanta fuerza, que me es imposible no sentirme en una nube cuando estamos juntos. No deseo hacerte jamás ningún daño, y por eso vas a prometerme algo- y Gabriel se puso muy serio para decir las siguientes palabras-. Si en algún momento la reacción de alguien de tu círculo te hace daño, o hay miradas mezquinas o de desaprobación hacia mí, me iré de allí de un modo discreto. La idea de acompañarte me hace mucha ilusión, pero verte mal entre tu gente y por mi culpa me haría daño, por eso te impongo esa condición, que es innegociable.
- ¿Del todo innegociable?
- Del todo, ni con un millón de tus besos más pasionales me echaré atrás al respecto- y cambiando el semblante serio que había puesto instantes antes, Gabriel le guiñó un ojo para añadir algo-, claro que eso no quita que me puedas dar ese millón de besos. No me hará cambiar de opinión, pero tu sabor recorrerá mis venas una buena temporada.
- Está bien- dijo resignada Natalia-, acepto tu condición- le devolvió el guiño a Gabriel-, y acepto el reto de besarte un millón de veces aunque no te haga cambiar de opinión.
- Sé que mi respuesta no te complace demasiado, pero soy realista, vivimos en una sociedad con demasiados tabúes sociales sobre la edad, y no me sorprendería que al vernos juntos alguien piense o manifieste que soy tu mantenido y juguete sexual. Tampoco me gustaría que alguien de mi entorno pensara que tú eres un trofeo o una conquista sexual. Si yo hubiera sido otro tipo de persona o se hubiesen dado otras circunstancias, a lo mejor ese habría sido mi rol, pero siento cosas por ti, y mi corazón vibra de alegría cada vez que compruebo que es recíproco.
- Tienes razón Gabriel, eso me hace pensar.
- ¿Qué te hace pensar?
- Que si estando juntos alguien de mi entorno nos mira mal o me dice algo inapropiado, no te marcharás sólo, porque pienso irme contigo, y eso también es innegociable.
- Vaya, ¿ni un millón de caricias cambiará eso?
- Ni uno, pero las recibiré encantada- y ambos se echaron a reír con alegría-.
- Sabes Natalia, vamos a terminar las bebidas, voy a pagar la cuenta, y vas a ser mi postre durante toda la tarde, hablar de millones de besos y caricias me ha abierto el apetito sexual por todo tu ser.
- Una gran idea- y Natalia bebió media bebida de un solo trago, dejando a Gabriel sorprendido-. Ya estamos tardando en irnos.

Gabriel también terminó su bebida de un trago, pagó la cuenta, y los dos se marcharon al piso de Natalia. Aunque se reservaban para el momento de darse el atracón, desde que salieron del bar hasta que llegaron a su destino, se fueron dando besos con frecuencia, alterando la temperatura de cada calle en la que dejaban muestras de su pasión. Una vez en el piso de Natalia, empezaron a desnudarse con frenetismo, sin dejar por ello de buscar los labios de cada uno o de conectar sus miradas, cargadas ellas de lujuria.

Cuando se quedaron completamente desnudos, Gabriel tumbó a Natalia en el sofá del salón, y con un impresionante autocontrol de su deseo sexual, le ordenó no moverse de aquel sofá ni mirar lo que hacía, mientras él iba a la cocina a buscar algo. Ella se sentía incapaz de quedarse quieta teniendo a Gabriel desnudo a poca distancia, pero intentó obedecerle. Como estaba tumbada de espaldas a la cocina, no podía ver nada de lo que allí ocurría, así que cerró los ojos, y se dejó guiar por los sonidos que llegaban a sus oídos. Primero escuchó la nevera al ser abierta y posteriormente cerrada, después uno de los estantes, del que dedujo que Gabriel había sacado una taza por el sonido que hizo al ser depositada en la encimera. Natalia había pensado que él sacaría la nata de la nevera, pero el sonido de la taza la despistó. Y escuchar finalmente el sonido del microondas la desorientó totalmente. Eran muy fuertes sus esfuerzos por controlarse ante el enorme deseo de ver qué pasaba a sus espaldas. Cuando el microondas emitió el pitido final, Gabriel le pidió que cerrara los ojos, prometiendo que si ella los abría antes de tiempo, no la besaría en toda la tarde. Qué cruel había sido esa promesa pensó ella. Pero puso todo de su parte para no privarse aquella tarde de esos labios que tanto deseaba.

Natalia obedeció y escuchó los pasos de Gabriel al acercarse. Temblaba de nervios, se sentía como una chica antes de perder su virginidad. Era increíble la gama de sensaciones que sentía por una sola persona desde su encuentro casual. Se sentía joven, deseada, apoyada, valorada, afortunada, y algunas emociones más que se sumaban a una creciente lista. A punto estuvo de abrir los ojos de golpe cuando Gabriel le sopló en una de sus orejas, besándola segundos después con dulzura. Luego ella sintió como un líquido espeso iba siendo derramado desde su ombligo hasta sus pechos, que quedaron bien cubiertos de aquella sustancia. Ella no paraba de temblar a causa de la excitación, y Gabriel le acarició una de las mejillas, pidiéndole que se relajara. El maldito estaba enloqueciéndola y ahora le pedía relajación, habría sido más fácil lograr la paz mundial que aquello otro. Y para colmo, cuando Natalia empezaba a calmarse un poco, sintió la lengua de él sobre su ombligo. Maldito.

Gabriel se sentía extraño, habían entrado en el piso presos de una excitación tan palpable que había deseado hacerle el amor con furia a Natalia. En cualquier otro momento así lo habría hecho. Pero al desnudarse ambos y tumbarla en el sofá, decidió que la furia y las penetraciones salvajes ya tendrían lugar a lo largo de la tarde, y que deseaba paladear cada centímetro del cuerpo de Natalia. Y para disfrutar al máximo de ello, debía controlarse un poco, lo cual le hizo sentir extraño por el excelente e inesperado autodominio que mostró. De hecho, al mismo tiempo que su lengua ascendía por el cuerpo de ella, controlaba sus ganas de dejar inacabada la tarea para penetrarla. Pero ella merecía mucho más, y siguió saboreando el chocolate que había fundido antes, y que había derramado sobre medio cuerpo de ella.

Natalia sentía ahora la lengua de Gabriel sobre uno de sus pechos. Eso estaba siendo demasiado. Notaba como su entrepierna expresaba la satisfacción generalizada, mojando la tela del sofá. Y eso que aquello no era nada en comparación al momento en el que él empezó a mordisquearle el pezón, lanzando oleadas de placer a cada rincón de su cuerpo. No eran mordiscos exagerados o sin tacto, sino suaves y continuados, lo que hacía de aquello algo delicioso. Cada vez que intentaba mover una de sus manos, Gabriel la inmovilizaba diciendo que aún no. De un pezón Gabriel pasó al otro, y para entonces Natalia apretaba sus párpados con tanta fuerza que sólo se veían las pestañas.

Gabriel era consciente del placer que estaba causándole a Natalia, bastaba un vistazo a la entrepierna de ella, donde sin haberla acariciado siquiera, la imagen hablaba por sí sola. Pero no era el único baremo que delataba el placer, también había subido la temperatura corporal, la frecuencia de los suspiros y gemidos, y la fuerza con la que ella apretaba los párpados. Estaba aguantando el tipo realmente bien, y se merecía ver el resto del espectáculo. Así que, cuando Gabriel hubo hecho desaparecer el poco chocolate que quedaba en el busto de ella, le pidió que abriera los ojos, y ella reaccionó con una malévola sonrisa y mirándole con un brillo cegador en sus ojos. Entonces él decidió usar el poco chocolate que quedaba en otro lugar, y desde la taza lo derramó en los labios de ella, besándolos posteriormente. Dejó la taza en la mesa y Natalia le rodeó con los brazos, sus cuerpos se estrecharon, y añadieron el beso con sabor a chocolate en su colección conjunta de sabores y sensaciones.

Natalia introdujo el pene de Gabriel en su interior, y al tiempo que seguían abrazados, él la hacía suya. Se hicieron el amor lentamente, como el experto catador de vinos que sabe que el truco está en no beber inmediatamente de la copa, sino en saborear cada detalle previo. No parpadearon en ningún momento, se miraban de manera perpetua e infinita en el tiempo. Fueron cambiando de posturas, comprobando que un sofá es tan buen sitio para pecar carnalmente como cualquier otro. Se fundieron en un solo ser, alcanzando el momento cumbre al mismo tiempo, y eso se estaba convirtiendo en una sana costumbre entre ellos. Cuando Gabriel se recuperó para el siguiente asalto, la intensidad entre ellos aumentó varios grados.

Había llegado el momento de la furia, de la pasión más desbocada y extrema, y con esa premisa Gabriel cogió a Natalia en el aire, y la penetró un largo rato. Sus músculos se resentirían de aquello, pero escuchar cada embestida en el aire mientras Natalia decía tacos, era algo que no tenía precio. Antes de ceder al agotamiento, la apoyó contra una de las paredes, bajándola con suavidad a su misma altura. Entonces ella levantó una de sus piernas, apoyándola sobre uno de los hombros de Gabriel, y el acoplamiento entre ambos fue memorable. Natalia susurraba palabras malsonantes al oído de Gabriel, y éste se sentía más animado que nunca a seguir así, notando que cada expresión era una reafirmación de lo bien que lo hacía. Cuando alcanzaron el segundo orgasmo conjunto de la tarde, se quedaron un rato de pie en la pared, sin dejar de besarse. Luego Natalia llevó a Gabriel hasta la ducha, y allí siguieron con su tarde de postres.


Continuará...

Para leer la continuación, clickad aquí.

Para leer el capítulo anterior, clickad aquí.